Jorge Montero
“La noche, afuera, era un vuelo oscuro”. Líber Falco
Volvían de su macabra misión. Regresaban y siempre había un cura esperando para consolarlos, para apaciguar toda posible tormenta espiritual. Los cadáveres quedaban en el río. En el Río de la Plata. En el río de la ciudad portuaria, el río de los porteños, que ya jamás -como tantas otras cosas- volvería a ser el mismo.
Muchos cuerpos
fueron devueltos por la correntada. En las fotografías se observan manos y
piernas fuertemente amarradas con sogas de enrollar cortinas o alambres
gruesos. En algún caso, las manos indefensas aparecen en un último atisbo de
rebeldía con los puños crispados ante la certeza de la muerte. En otro los pies
de una joven mujer, con tobillos amarrados y las uñas pintadas de rojo. Esas
cinco uñas del pie de una muchacha arrojada al río por militares argentinos, a
un río de locura que alguna vez algún conquistador alucinado surcó con sus
naves en la creencia que lo llevaría al país de la plata y por eso lo bautizó
con ese nombre. Ese pie pintado es un signo inequívoco del terrorismo de
estado, pero también es un símbolo de aquella ilusión con que, por última vez,
esa muchacha se pintó las uñas desde las sombras, dentro de las ventanas
tapiadas, del otro lado de los alambres de púas. Para quienes queramos mirar
una visión sobrecogedora, imborrable.
Que nadie
olvide que nuestro río turbio, amarronado, se tiñó del color de la sangre y que
el río más ancho del mundo lo fue para recibir compañeras y compañeros desde
los aviones navales.
El Río de la
Plata perdió para siempre su inocencia. O su más potente significado, que era
el de haber sido un camino no tan generoso para el arribo de muchos de nuestros
abuelos y abuelas a este país. Ahora, el mismo río, se tragaba su descendencia.
Ocurre que éste
es un país con una fuerte predisposición a devorar a sus mejores hijos.
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