Jorge Montero
“Cada compañero tenía un pedazo de sol” / Juan Gelman
VENTANUCO
DE HIERRO
Graciela
se trepa a la cama cucheta. La celda tiene una pequeña ventana que da a la
calle Bermúdez. Sus ojos miran con avidez las viviendas bajas y los patios de
la cuadra de enfrente, en el tranquilo barrio que rodea el penal de Villa
Devoto. Sus oídos siempre atentos a los ruidos del pabellón. Sabe que si un
guardiacárcel la sorprende será sancionada con semanas de calabozo.
Ella no
quiere perderse detalle de la vida del bebé que juega con su mamá en uno de los
patios de esas casas. Lo bautiza Juanito, ve como toma la teta y se ríe, o
escucha apenas sus berreos cuando se enoja o seguro que tiene hambre.
Así
pasa muchas mañanas y algunas tardes, trepada a la cama cucheta, mientras
Juanito crece y con los años cambia sus rutinas y sus juegos.
Graciela
soporta durante largo tiempo los cambios de celda, y varias veces pierde de
vista a Juanito. Echa de menos el olor
a lluvia, a café, el cielo, el sol, la luz del día. Le faltan sobre todo los
besos de su compañero, las largas charlas, la música, los libros, el dulce de
leche… y extraña a Juanito.
Espera
ansiosa otra mudanza que la devuelva a su lugar de “tía”. Y un día Juanito va
al colegio, y otro lleva el guardapolvo blanco y la mochila; y otras tardes de
otros años ve como Juanito festeja su cumpleaños con amiguitos del barrio y la
escuela. Todo eso mira Graciela desde la pequeña ventana de su celda.
Hasta
que en noviembre de 1983 un guardia grita su nombre y sale en libertad. Pasaron
casi diez años desde su detención y nueve desde que nació Juanito. Compañeras y
compañeros la esperan en la calle, familiares, y hay muchos abrazos que la
asfixian. Cuando consigue desprenderse de tanto afecto, sin decirle nada a
nadie, cruza la calle y toca el timbre de la casa de Juanito. Le cuenta todo a
su mamá, que tiene casi su misma edad, que también la abraza fuerte cuando
termina su relato.
Juanito
es Nicolás, y sigue festejando su cumpleaños en la casa de la calle Bermúdez,
ahora abrazado a la “tía” Graciela, que se encarga siempre de hacerle la torta
y le ayuda a apagar las velitas.
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