viernes, 27 de marzo de 2026

RELÁMPAGOS DE LA MEMORIA

 

                                                                                                                             Jorge Montero

“Cada compañero tenía un pedazo de sol” / Juan Gelman

VENTANUCO DE HIERRO

Graciela se trepa a la cama cucheta. La celda tiene una pequeña ventana que da a la calle Bermúdez. Sus ojos miran con avidez las viviendas bajas y los patios de la cuadra de enfrente, en el tranquilo barrio que rodea el penal de Villa Devoto. Sus oídos siempre atentos a los ruidos del pabellón. Sabe que si un guardiacárcel la sorprende será sancionada con semanas de calabozo.

Ella no quiere perderse detalle de la vida del bebé que juega con su mamá en uno de los patios de esas casas. Lo bautiza Juanito, ve como toma la teta y se ríe, o escucha apenas sus berreos cuando se enoja o seguro que tiene hambre.

Así pasa muchas mañanas y algunas tardes, trepada a la cama cucheta, mientras Juanito crece y con los años cambia sus rutinas y sus juegos.

Graciela soporta durante largo tiempo los cambios de celda, y varias veces pierde de vista a Juanito.   Echa de menos el olor a lluvia, a café, el cielo, el sol, la luz del día. Le faltan sobre todo los besos de su compañero, las largas charlas, la música, los libros, el dulce de leche… y extraña a Juanito.

Espera ansiosa otra mudanza que la devuelva a su lugar de “tía”. Y un día Juanito va al colegio, y otro lleva el guardapolvo blanco y la mochila; y otras tardes de otros años ve como Juanito festeja su cumpleaños con amiguitos del barrio y la escuela. Todo eso mira Graciela desde la pequeña ventana de su celda.

Hasta que en noviembre de 1983 un guardia grita su nombre y sale en libertad. Pasaron casi diez años desde su detención y nueve desde que nació Juanito. Compañeras y compañeros la esperan en la calle, familiares, y hay muchos abrazos que la asfixian. Cuando consigue desprenderse de tanto afecto, sin decirle nada a nadie, cruza la calle y toca el timbre de la casa de Juanito. Le cuenta todo a su mamá, que tiene casi su misma edad, que también la abraza fuerte cuando termina su relato.

Juanito es Nicolás, y sigue festejando su cumpleaños en la casa de la calle Bermúdez, ahora abrazado a la “tía” Graciela, que se encarga siempre de hacerle la torta y le ayuda a apagar las velitas.

 

                                                                                                                                 

 

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