martes, 21 de abril de 2026

LAS FUGAS, PEQUEÑAS VICTORIAS EN LOS CENTROS CLANDESTINOS

                                                                                                   Patricia Rodríguez

Los centros clandestinos de la dictadura fueron concebidos como una máquina de exterminio. Pretendían sustentar el poder omnipotente  de adueñarse no sólo de la vida de los cautivos, sino también de la muerte. El mecanismo de aniquilamiento que empleaban  intentaba succionar  la humanidad del detenido, despojarlo de su identidad, convertirlos en  “cuerpos sin identidad, cadáveres sin nombre” según analiza Pilar Calveiro en su libro “Poder y desaparición”. Sin embargo, a pesar de estas pretensiones del poder desaparecedor, la autora señala que se fueron dando pequeñas  resistencias, pequeños puntos de fuga que lograron restituir algo de la humanidad arrebatada. En este sentido, la autora destaca que la risa, el engaño, la simulación de colaboración, el hecho de no “cantar” durante la tortura o de dar información inútil y la fuga, constituyeron formas en las que los detenidos lograron quebrar  el poder desaparecedor.

La fuga de los centros clandestinos representó la ruptura de la relación poder-obediencia. Eran pequeñas victorias llevadas a cabo por los detenidos desaparecidos y el fracaso del poder represor y su sistema de dominación. Por consiguiente, luego de ocurrida la fuga, cerraban el centro clandestino, como el caso de automotores Orletti, desmantelado luego de la fuga de Graciela Vidaillac y José Ramón Morales. Ambos militantes de las Fuerzas Armadas de Liberación de Argentina, secuestrados el  2 de noviembre de 1976, por la patota de Aníbal Gordon y trasladados al centro clandestino Automotores Orletti. José llegó herido y lo recluyeron en una habitación contigua a Graciela que quedó colgada de las muñecas luego de la brutal tortura. Había amanecido cuando Graciela percibió que los torturadores dormían y decidió soltarse las ataduras para ir en busca de José.  Se produjo una balacera entre la patota y la pareja en la que Graciela resultó herida en el hombro. Corrieron hacia la calle hasta dar con las vías del ferrocarril Sarmiento y cruzar  antes de que pasara el tren. Ya exiliados, llegaron a Nicaragua donde José muere en una emboscada del dictador Somoza.

También,  tras la fuga de cuatro detenidos  desaparecidos, desarticularon e incendiaron el centro clandestino “Mansión Seré”, con el fin de borrar las marcas de su uso represivo. El día 24 de marzo de 1978, Claudio Tamburrini, Daniel Rusomano, Guillermo Fernández y Carlos García se escaparon, utilizando varias frazadas atadas en una de las ventanas del primer piso de la casa. Esposados y desnudos eludieron a la custodia. Pero, cuando se produjo el cambio de guardia, notaron el escape y  enviaron helicópteros que sobrevolaron el lugar por poco tiempo, porque la lluvia torrencial dificultaba el vuelo.  En plena noche corrieron hasta dar con una casa, donde Guillermo tocó  timbre, mientras el resto permanecía oculto. Una señora lo atendió, le permitió hacer una llamada telefónica y le ofreció ropa y dinero para el colectivo. Guillermo salió en busca de ayuda y a las horas, el padre de García, en su auto, rescataba al resto del grupo. 

La  fuga de Sergio Bufano permitió el cierre del centro clandestino Casa Franklin, en Caballito, dependiente de la Fuerza Aérea, y  vinculado a "Virrey Cevallos". El 8 de julio de 1976, Sergio Bufano y Guillermina Elsa Santamaría Woods, militantes de la Organización Comunista Poder Obrero fueron llevados a  Casa Franklin. Primero comenzaron torturando a Guillermina quien al informar sobre una dirección falsa, permitió que la patota abandonara el inmueble. En Franklin 943 quedaron solamente Sergio, Guillermina y dos guardias. Bufano inventó un padecimiento cardíaco y mintió sobre su filiación con el periodista del diario La Razón, Alfredo Bufano. Golpeado, vomitado y perdiendo sangre, logró que los militares le quitaran las esposas y, mientras el guardia entraba y salía del lugar, aprovechó para levantarse la capucha y mirar alrededor. Vio una escalera y un hueco que lo comunicaba al garaje donde había un Fiat 600. Buscó sin éxito algún arma, pero pudo notar que la puerta del lugar estaba cerrada con un destornillador. Logró abrirla y comenzó a correr. Ensangrentado y todo vomitado subió a un colectivo, se justificó ante el chofer, diciendo que había tenido un accidente. Apenas recuperado, buscó a sus compañeros y esa misma noche volvieron armados a Franklin 943 con la intención de liberar a Guillermina, pero el centro clandestino había sido abandonado por los militares. Bufano, en el exilio denunció ante los medios los secuestros y desaparición de personas en Argentina

La quinta de Funes en Santa Fe, se cerró en enero de 1978, luego de la fuga de Edgar “Tucho” Tulio Valenzuela. A principios de enero, Tucho,  su esposa Raquel Negro y el hijo de ella fueron secuestrados en Mar del Plata y trasladados a La Quinta de Funes. Tucho simuló estar quebrado, por lo tanto, los militares ponen en marcha la Operación México, que consistía en infiltrar a Valenzuela en la reunión que realizaría Montoneros en México y atentar contra los dirigentes de la organización. Para ello, junto a Tulio  viajaron un montonero "quebrado" (Carlos Laluf) y tres militares. Como garantía de que Valenzuela no se fugará, el Ejército retuvo como rehenes a su mujer e hijo. Raquel decidió su propio sacrificio y aceptó todas sus posibles consecuencias. Tulio logro fugarse de México y denunciarlos allí y en Europa generando un escándalo internacional. Al poco tiempo, Tulio regresó a la Argentina en el marco de la Primera Contraofensiva y, al verse cercado por integrantes de un grupo de tareas de la ESMA, se suicidó ingiriendo una pastilla de cianuro.

La otra pequeña victoria, encarnada por Víctor Hugo “Beto” Díaz, militante de la JP Montoneros, ocurrió  en febrero de 1977, cuando lo trasladaron al Regimiento 3 de Infantería de La Tablada, en el baúl de un auto. Luego de la tortura sufrió un desmayo, pero igual seguía escuchando. Atado, vendado en un catre logró liberarse de las ataduras con los dientes cuando escuchó los ronquidos del guardia. Le sacó el arma, le dio un golpe en la cabeza y le preguntó dónde estaba. Se puso la camisa del represor y corrió hasta un alambrado que trepó, mientras un centinela daba aviso al resto. En la calle siguió corriendo hasta dar con un empleado de la Serenísima que le indicó el camino. Cerca de unos monoblocks habló con un portero quien le dio su camisa y dinero para el colectivo. A los meses de escaparse, Beto continuó militando y en un operativo del Ejército, en la vía pública, junto a otros compañeros recibió varios disparos de bala en su espalda y en  el resto de su cuerpo. Herido y ensangrentando logró huir nuevamente y se exilió en Méjico para retornar con la contraofensiva. 

Cacho Scarpati, militante Montonero, detenido el 2 abril de 1977, recibió 9 balazos al intentar resistirse. Lo llevaron a Campo de Mayo donde intentaron salvarlo para sacarle información. Intentó suicidarse, sin éxito,  dos veces como una forma de liberación. Igual lo torturaron con picana eléctrica y fue “interrogado” por Inteligencia del Ejército y por Inteligencia Naval. El 17 de septiembre de 1977 cuando ya llevaba cinco meses secuestrado, lo trasladaron al campo de concentración que llamaban “El Sheraton”. Allí le dijeron que Clemente, militante montonero, había declarado bajo tortura que posiblemente Scarpati, conociera una casa de La Plata donde funcionaba una emisora de Radio Liberación. Entonces, los  llevaron para que reconocieran el lugar. Clemente y Scarpati, estaban en el asiento de atrás de uno de los autos, mientras el otro coche que los acompañaba  debió desviarse hacia otro operativo por órdenes de sus superiores. Clemente y dos miembros de la patota bajaron para identificar la casa, mientras Cacho le arrebata el arma y reducía al que había quedado en el auto. Corrió y a punta de pistola se fugó en un auto. Antes de entrar en la Capital Federal lo abandonó y robó otro, pero en Constitución comenzó a perseguirlo un patrullero con quienes se tiroteó. Seguidamente fue hasta la casa de unos amigos para reencontrarse con su hijita. Scarpati se encargó de denunciar las violaciones a los derechos humanos, los nombres de represores y planos de  Campo de Mayo, en el exterior y en los juicios.

“Hay que ganarles la batalla” “Va a haber un Nuremberg para todos ustedes, asesinos” decía Horacio Maggio, militante Montonero, quien  logró fugarse de la ESMA, en abril de 1978. Secuestrado el 15 de febrero de 1977 había sido incluido en el “proceso de recuperación”, designación dada por los represores a quienes obligaban a realizar trabajo forzado en el sector de la Pecera, una parte del Casino de Oficiales. El 17 de abril fue enviado fuera de la ESMA a comprar bolígrafos y papel. Buscó un negocio que tuviera puertas que dieran a dos calles. Dejó al soldado que lo vigilaba en una puerta, y se escapó por la otra. Pudo reencontrarse con su familia. Redactó un documento denunciando y describiendo con detalles el funcionamiento del centro clandestino, las mecánicas de tortura, cautiverio y desaparición, los vuelos de la muerte. Dibujó planos e identificó a secuestrados y represores.  Fue entrevistado por Associated Press reiterando sus denuncias. La entrevista fue publicada en los principales diarios del mundo. El 4 de octubre de 1978 fue fusilado por el Ejército y su cuerpo exhibido como “trofeo” ante los secuestrados de la ESMA.

Suicidarse o fugarse fueron las opciones de Osvaldo Antonio López, mecánico de aviación de la Fuerza Aérea y militante del PRT cuando en  julio de 1977 lo secuestraron y lo trasladaron al Centro clandestino Virrey Ceballos. Luego de una semana de torturas logró zafarse de unas  esposas en mal estado y de un grillete que cerraba con alambre. Con un cañito para la luz que sobresalía del piso hizo palanca hasta hacer saltar la cerradura de la puerta y a través de un caño de agua trepó hasta el techo, luego saltó hacia la calle. Ya en libertad, se conectó con su familia quienes le relataron que habían sufrido allanamientos y hostigamientos. Su padre le aconsejó entregarse a la justicia. De este modo, Osvaldo acudió a presentarse y, sorpresivamente, el juez actuó con las garantías pertinentes. Se convierte en un preso legalizado por el PEN (Poder Ejecutivo Nacional) en la cárcel de Devoto. La condena del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, con fecha 23 de noviembre de 1978, fue de 24 años de prisión y penas accesorias de inhabilitación absoluta y degradación. Pese a la vuelta de la democracia en 1983, permaneció preso hasta noviembre de 1987.

El 15 de diciembre de 1977, Jaime Dri, militante Montonero, ex diputado provincial por el Chaco fue secuestrado a fines de 1977 en Montevideo y trasladado a la ESMA. Después de unos meses en la ESMA fue llevado al centro clandestino  que funcionaba en la Quinta de Funes, Rosario, luego devuelto a la ESMA. Transcurría el mes de julio de 1978 cuando la Marina ideó un operativo para capturar subversivos en la frontera con Paraguay y llevó a Jaime hasta un puesto en Puerto Pilcomayo donde convenció a un oficial de 18 años de cruzar la frontera en balsa para comprar cigarrillos más baratos. En un descuido, ya en tierra firme, Jaime se escapó por las calles paraguayas. Días después con ayuda del gobierno panameño llegó a Brasil y después a Panamá. Ya en el exterior, denunció todo lo vivido, alertando sobre el genocidio que se estaba implementando en la Argentina.     

Alfredo Ayala, dirigente villero de Montoneros, fue secuestrado en septiembre de 1977 y trasladado a la ESMA. Formó parte de  “La Perrada”, trabajos forzados que los militares obligaban hacer a los detenidos como el trabajo esclavo que realizaba en el taller de un tío del represor Jorge Radice. Allí lo dejaban a las 6 de la mañana y lo pasaban a buscar a las 6 de la tarde. Una tarde decidió regresar a la villa, pero fue recapturado semanas después. Finalmente, lo llevan a trabajar a las islas del Tigre donde los marinos comercializaban la madera de la zona. Permaneció varios días en el lugar, sin custodia, hasta que un lanchero lo trasladó al continente, previo pedido de Alfredo.

Si bien, durante la oscura noche de la dictadura se  fueron tejiendo pequeñas resistencias, pequeños triunfos, la tarea aún continúa. La lucha por sostener nuestra memoria colectiva, recuperando las  identidades de los 30.000, la lucha por instalar la verdad, la lucha por la justicia de ayer y de hoy, donde la igualdad de condiciones y posibilidades sea equitativa para todos es el nuevo desafío de nuestro tiempo.

sábado, 18 de abril de 2026

Alfredo Astiz lector de El Eternauta

 

Extraído del libro:

Esquema de una interpretación de El Eternauta.

De: Miguel Mazzeo, Buenos Aires, Colihue, 2026.

 

Alfredo Astiz lector de El Eternauta


...cabría decir que por el mundo postraumático deambulan, sin ser “propiedad” de ningún individuo ni de ningún grupo, los fantasmas del pasado, aparecidos sintomáticos que no hallan paz porque hay una perturbación en el orden simbólico, un déficit en el proceso ritual o una muerte tan atroz por injustificable y trasgresora que, en cierto modo, excede los mecanismos de duelo existentes (y quizá, cualquier otro posible). Si rondan una casa (una nación, un grupo) trastornan a todos los que viven en ella y, quizá, los atraviesan.  

 

Dominck LaCapra, Escribir la historia, escribir el trauma.

(LaCapra, 2005: 217).

 


 En el año 2006, el escritor Jorge Boccanera formaba parte de un grupo que trabajaba en el lanzamiento de la revista Nómada de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). El primer número estaba dedicado a Oesterheld. Toda una declaración de principios. En ese contexto recordó que en el libro Ese infierno. Conversaciones de cinco mujeres sobrevivientes de la ESMA, de 2001, figuraba un párrafo en el que Adriana Marcus afirmaba que el genocida-perpetrador Alfredo Ignacio Astiz le había alcanzado un ejemplar de El Eternauta en ese centro clandestino de detención, tortura y exterminio. Marcus también era una sobreviviente de la Escuela de Mecánica de la Armada. Esta médica, radicada en la Patagonia argentina, había realizado su aporte al libro, aunque no es una de las cinco mujeres sobrevivientes mencionadas en la tapa. (Actis, Aldini, Gardella, Lewin, Tokar, 2001). 

 

Boccanera contactó a Marcus a los fines de conseguir una versión de primera mano de su testimonio e incluirlo en la revista. Citamos a Marcus en extenso: “Caí en la ESMA el 26 de agosto de 1978. Cuando llevaba cinco meses allí, Astiz me trajo un libro. Yo estaba en un ‘camarote’ ocupando la cucheta del medio –eran tres superpuestas– con otras dos compañeras, y apareció él con un libro ¿para que me distrajera? Ya me había acercado uno de Jean Larteguy [1920-2011], para que comprendiera de qué se trataba el proceso de ‘recuperación’ de los subversivos, que se supone éramos todos los que estábamos allí ‘alojados’. El libro hablaba sobre la experiencia de Argelia y la experiencia de los franceses en Vietnam. Pero esta vez traía otro, un volumen de historieta. Me dijo ‘esto te va gustar’ y me dejó El Eternauta. Yo no lo conocía. Había visto los dibujos en una revista Scorpio [sic], que los compañeros leían habitualmente. Cuando lo leí me impresionó el paralelismo con lo que estábamos viviendo ahí; cerca de la ESMA estaba el lugar donde habían llegado los invasores; los que sobrevivieron pudieron construir una resistencia grupal basada en la solidaridad; los ‘ellos’ eran invisibles y manejaban como marionetistas [sic] a quienes realmente habían realizado la invasión. Yo no sabía que el autor estaba desaparecido, como sus hijas y sus yernos…” (Marcus, apud: Boccanera, 2025: 2).

 

El cruce entre Astiz y El Eternauta es demasiado inquietante como para pasarlo por alto. Es un cruce que provoca una agitación en el plano individual y social. Astiz, además de recomendar la lectura de El Eternauta, reconocía en Oesterheld a uno de los grandes escritores de Argentina.

 

Se ha caracterizado al represor-perpetrador como un “lector culto”, ilustrado, aficionado a la música clásica, a la pintura hipersensible de Vincent van Gogh (1853-1890); como un gentelman que no desconocía, ni el cine de Margarethe von Trotta, ni la literatura de Cortázar. Pero no es descabellado sostener que solo era poseedor de una cultura módica, aunque suficiente para destacarse intelectualmente en medio de los parvos entornos en los que se desenvolvía. De todos modos, ese carácter relativamente cultivado no hace más que acentuar un rasgo sádico. Por su parte, Uki Goñi, en su libro El infiltrado. Astiz, las madres y Herald, señaló la “intensa curiosidad por saber cómo era la vida de los militantes” que Astiz solía demostrar. (Goñi, 2018:73). Un interés seguramente fundado en el motivo profesional de conocer al enemigo, pero no exclusivamente. 

 

¿Por qué el integrante del Grupo de Tareas 3.3.2 de la Armada; el admirador del régimen de Pretoria en Sudáfrica; el asesino de la joven sueco-argentina Dagmar Hagelin (1959-1977); el infiltrado en el grupo inicial de Madres de plaza de Mayo; el criminal que después sería condenado por la justicia argentina por secuestrar, torturar, desaparecer y matar a personas indefensas[1]; el militar que se rindió a las tropas británicas sin oponer resistencia armada en las islas Georgias, podía reconocer el valor de una obra como El Eternauta sostenida en una visión del mundo y de la vida que era absolutamente antagónica a la suya? ¿Estamos frente a un caso de disociación?

 

Todo productor cultural carece del control del sentido de sus obras. Todas las lecturas son bastardas, lo que nos interesa es el sentido de la bastardía.  Chartier decía que el lector no está necesariamente sometido al mensaje ideológico, que está lejos de someterse al autor y que, respecto de la obra, le caben muchas posibilidades: la reapropiación, el desvío, la desconfianza... (Chartier, 1995: 68). Un poco de cada cosa –conjeturamos– pueden hallarse en la lectura que Astiz hizo de El Eternauta.

 

No tiene misterio la lectura que Marcus, la victima, hace de El Eternauta en el campo de concentración, desde una conciencia política vinculada a un proyecto de liberación-emancipación que no ha sido alterada a pesar de su condición de detenida-desaparecida, de las torturas y vejaciones. ¿Cómo podía descifrar Astiz, el verdugo, una obra como El Eternauta? ¿Desde qué universo fenomenológico? ¿Cuál era su código de lectura? La clave contrainsurgente resulta insoslayable tratándose de un oficial formado en la matriz narrativa paranoica y en los fundamentos inhumanos de la Doctrina de la Seguridad Nacional (DSN), identificado con conceptos tales como: fronteras ideológicas, guerra interior, enemigo interno, invasión subversiva, conspiración mundial comunista, guerra contrarrevolucionaria, civilización occidental y cristiana, etcétera.

 

In primis, la contrainsurgencia como ideología impuesta por el imperialismo norteamericano, asumida y “enriquecida” por diversos actores locales, jugaba una función justificadora del orden represivo. In secundis, mediaba en las relaciones sociales, ocultando los antagonismos sustantivos o, en su defecto, deformándolos. El propio peronismo, una de las víctimas principales de la contrainsurgencia, se identificó con esta ideología y reprodujo expresiones propias de la DSN; por ejemplo, cuando algunos de sus principales referentes hablaban de “ideologías extrañas a la vida nacional” y se dedicaron a denunciar a grupos dizque comunistas (en especial a los del peronismo de izquierda, de la izquierda peronista y del peronismo revolucionario) por mancillar la supuesta inocencia del proletariado argentino.

 

Al mismo tiempo, la contrainsurgencia como ideología carecía de toda capacidad para representar la realidad del la otra/el otro/el otre, por lo tanto, no podía representar la realidad como un todo. (Adoue, 2011: 98). Finalmente, la contrainsurgencia servía para cebar a las bestias. Conviene recordar que en El Eternauta la “zona de seguridad” (la mencionada “área libre de nevada”) es una trampa de los invasores para acabar con las y los sobrevivientes, o para hacer de ellas y ellos mujeres-robot y hombres-robot. Se ha trazado la analogía entre esta zona y las “zonas liberadas” que, durante la última dictadura militar, las fuerzas armadas y de seguridad le garantizaban a los “grupos de tareas” para que estos desplegaran sin obstáculos su accionar ilícito.

 

De este modo, en torno a la DSN, en Argentina, se fue construyendo una “normalidad” que sentó sus reales en el imaginario de las clases dominantes, de las fuerzas armadas y de una parte de la sociedad. Esa normalidad sirvió para relativizar el desquicio y el fundamentalismo. Esa normalidad es exactamente la misma que torna insustanciales algunas distinciones: entre burócratas y sádicos, entre autómatas y perversos, entre racionales y fanáticos, entre tecnócratas y políticos, entre oportunistas y convictos, entre observantes y trasgresores, entre  cómplices y negadores, entre el acto de torturar y el de silenciar, entre el objetivo de derrotar a las organizaciones revolucionarias armadas y el de someter al conjunto de la sociedad civil popular argentina. Así, los genocidas-perpetradores fueron aterradoramente normales en su brutalidad y en su regocijo frente al sufrimiento ajeno. De ningún modo fueron seres “crepusculares”, y solo excepcionalmente habitaron alguna zona ambigua.

 

Por obra de la DSN, el “sentimiento patriótico” de las fuerzas armadas (un modo de pensar que no lograba discernir entre fuerzas armadas, patria, nación y tradición), malgastaba los escasos resquicios de desinterés y quedaba absolutamente contaminado por el sentimiento de poder y riqueza de las clases dominantes. Para Astiz, las fuerzas armadas trascendían a la sociedad y expresaban una síntesis de la nacionalidad, eran las mejores intérpretes del bien común y un deshecho de desinterés, un reservorio de moral, etc. El elitismo, las aspiraciones aristocráticas, la autopercepción como minoría selecta y otros hábitos propios de la Armada acentuaban esta percepción. En los hechos, las fuerzas armadas no eran más que la expresión de intereses contingentes y egoístas.

 

Si bien la DSN asignaba a las organizaciones revolucionarias y a las organizaciones populares en general un carácter extranjerizante y socialmente disolvente, lo cierto era que estas organizaciones eran las únicas en proponer proyectos de país con contenidos autónomos y soberanos. Mientras que el carácter extranjerizante y socialmente disolvente fue el signo más representativo de las dictaduras del cono sur, inspiradas en la DSN, durante décadas de 1960 y 1970. 

 

Astiz se formó en el marco de una institución totalmente adscripta a los valores de las clases dominantes: jerarquía, orden, propiedad privada. Pero, además, se formó en un contexto histórico donde esta institución (y el conjunto de las fuerzas armadas) se desligaban de la función que justificaba su existencia: la defensa de la soberanía nacional. A lo que cabría agregar: la adhesión a la rancia tradición liberal-conservadora argentina, una reivindicación del país blanco y “civilizado”, el hondo desprecio a los cabecitas negras (a las y a los marrones), el antiperonismo esencial de algunas fracciones de la clase dominante argentina. Valores, valga la aclaración, antagónicos a los de Juan Salvo/El Eternauta.

 

Astiz veía a la sociedad como una prolongación de la naturaleza, o aspiraba a convertirla en eso, lo deseaba fervientemente. El genocida-perpetrador estaba inmerso en una mitología reaccionaria y en el lenguaje corrompido promovido por la DSN, se regía por un sistema moral en el marco de un orden hegemónico. Sus ideas eran invulnerables a las razones. Imposible captar las injusticias estructurales desde ese emplazamiento. Ese orden era el que determinaba el bien y el mal. De este modo, en entornos de fetichismo e idolatría, el genocida-perpetrador fue construido como un ser bestial, incapaz de reconocer el mal (auto-reconocerse). Si además consideramos las recomendaciones de lecturas del genocida-perpetrador previas a El Eternauta (Larteguy), no caben dudas respecto de su clave de decodificación de El Eternauta. 

 

En 1962 el Círculo Militar había publicado el libro Guerra revolucionaria comunista, del general Osiris Villegas (1916-1998). Era el volumen 525 de la Biblioteca del Oficial. Un año después sería reeditado, para el público en general, por el sello Pleamar. No fue literatura de nicho. Varias generaciones de militares argentinos se formaron con este texto contrainsurgente. Pero también abrevaron en él varias generaciones de empresarios, dirigentes políticos y sindicales, periodistas, etc. El libro convocaba a las y a los civiles a asumir el protagonismo en una guerra de alcance universal y dejaba en claro que nadie iba a poder sustraerse de ella.

 

Astiz se movía en un mundo de abstracciones que le ratificaba una creencia y una auto-percepción: ellos, los militares argentinos, eran la encarnación de valores esenciales. De este modo se totalizaban: se creían dioses y afirmaban su señorío sobre las demás personas. Cuando los seres humanos se creen dioses, pasan a estar en disponibilidad para el mal absoluto y terminan arrogándose el derecho de destruir, arrasar, matar. Quien ejerce el mal absoluto ama el mal, se regodea en lo atroz que le confiere una felicidad que no es secreta sino pública; por eso promueve abiertamente las creencias y emociones más perversas de las personas, agita sus peores prejuicios, reivindica sus costados más mezquinos, crueles, impiadosos, da rienda suelta a la brutalidad y la sumisión. Ese ha sido, es (está a la vista) y seguramente será un procedimiento definitorio del fascismo.

 

Al mismo tiempo, los militares argentinos sustentaban una idea “ganadera” (típicamente argentina) del control social: estaban absolutamente convencidos de que solo podrían obtener “respeto” a través de la brutalidad. Implacables con el “enemigo interno”, incluso con el “enemigo” derrotado, caído y prisionero, los genocidas-perpetradores (Astiz en particular) fueron humillados por el enemigo exterior.

 

¿Entonces Astiz leyó “mal” a El Eternauta? Mejor preguntarse: ¿Desde dónde lo leyó? Lo leyó de una comunidad de genocidas-perpetradores. Lo leyó como cruzado e inquisidor. De esta manera, podría decirse que su condición lo inhibía para captar lo fundamental de El Eternauta: la clave resistente. En todo caso, de captar esa clave, no podía hacer otra cosa que repudiarla. ¿Cuál puede ser la clave de lectura de El Eternauta de las personas que explotan, oprimen, dominan, esclavizan y humillan a otras? Esa clave requiere que se le asigne a la víctima un carácter bárbaro, que se la deshumanice y, un elemento decisivo, que se sobredimensione su poder de agresión. La historia abunda en estas estrategias.     

 

Probablemente Astriz haya leído El Eternauta como una metáfora de la agresión de la “subversión” a la nación. Él consideraba que a “los subversivos” les habían lavado el cerebro con el “verso” de la justicia social.[2] Si en la obra de Oesterheld el agresor externo va adquiriendo los rasgos del imperialismo (rasgos que, como vimos, se acentúan en la segunda versión de la primera parte y en la segunda parte) seguramente el genocida-perpetrador haya decodificado al agresor externo en sentido inverso, esto es: como el “comunismo”, atribuyéndoles a las organizaciones revolucionarias de la Argentina (y a las organizaciones populares en general) un “comando” extranjero: Unión Soviética, China, Cuba, etc.. Sabemos que fue exactamente al revés. El genocida-perpetrador, va de suyo, difícilmente haya podido discernir entre solidaridad internacional e injerencia extranjera. La “agresión comunista”, el “peligro comunista” era una ficción paranoica; en cambio, el vínculo de las clases dominantes con el capital monopólico trasnacional (especialmente norteamericano en las décadas de 1960 y 1970), la intervención de Estados Unidos a través de sus embajadas y sus diversas “oficinas”, eran (y son) cosas bien concretas. Se trata de magnitudes y de efectos incomparables. 

 

Como decíamos unas páginas atrás, repeler una agresión no necesariamente implica un acto de resistencia. Por lo general, no resiste quien detenta el poder, quien cuenta con una desproporcionada superioridad de medios y recursos. “Pacificar” no es resistir, es exactamente lo contrario. Si hay matanza no hay combate. Formado en la tradición del colonialismo interno de los “héroes del desierto” y alejado del sentido épico de la praxis sanmartiniana, asumiendo como punto partida la defensa e idealización de los engranajes que trituran la soberanía de la nación y la dignidad de buena parte de sus habitantes, un genocida-perpetrador argentino corre con desventaja a la hora de comprender la naturaleza de un acto heroico, verdaderamente heroico, es decir, colectivo. Esa tradición es contraria a toda épica.

 

Cuando la historia confrontó a Astiz con un enemigo poderoso, cuando tuvo la posibilidad de medirse frente a un auténtico invasor, en Puerto Leith, en las islas Georgias, durante la guerra de Malvinas, el represor cometió una nueva infamia: a bordo del buque británico Plymouth, entre whisky y whisky, optó por firmar la rendición ante Her Britannic Majestys Royal Navy en la persona Nicholas John Barker (1933-1997), capitán del HBS Endurance, un 26 de abril de 1982. El cobarde podría haber concluido su trayectoria con un acto valeroso. No lo hizo.

 

Se rindió sin disparar un solo tiro, violando el artículo 751 del código militar que establece condenas para el militar que capitule ante un enemigo extranjero sin haber agotado las municiones o sin haber perdido dos tercios de los efectivos a sus órdenes. Era forma más coherente de coronar la que Tina Rosenberg en su libro Astiz. La estirpe de Caín definió como “una carrera militar basada en la victoria sobre los que no tenían defensa”. (Rosenberg, 1998: 68). Además, los ingleses representaban todo lo que él admiraba. Seguramente es de las personas que consideran que Waterloo fue una victoria. De todos modos, no hay nada computable como victoria en su biografía, dado que Astiz también fue derrotado por las Madres. 

 

Con la guerra de Malvinas, Astiz tuvo a mano la posibilidad de releer El Eternauta en otra clave, pero no estaba en condiciones de aprovecharla. Los frentes bélicos abiertos se presentaban como escollos inabordables para militares que se habían formado en un tipo de guerra que consistía en secuestrar, torturar y hacer desaparecer a enemigos civiles en situación de inferioridad o directamente indefensos. Un tipo de guerra que era una práctica asimilable al homicidio agravado.

 

¿Acaso Astiz desarrolló la conciencia de ser un mero instrumento en manos de otro poder superior, al modo de un Mano? No parece ser el caso. No estaba sometido a someter. Hizo lo que hizo con convencimiento y con entusiasta perversidad. Así lo demuestra su tendencia a la  exacerbación de la muerte, la opción por las formas de hacerla infame a fuerza de humillaciones y torturas, a fuerza de planificación y rutina. La condición de verdugo no respondía en él ni al azar ni al destino. Era absolutamente incapaz de convertirse en mártir o en héroe. Solo podía ser verdugo. Peor que un inquisidor. No fue un mero instrumento, fue (es) la cara visible del mal absoluto y del odio cósmico. No fue una víctima de un sistema de control. Fue parte fundamental del grupo que lo impone.

 

El Mano, cuando se le activa la “glándula del terror”, consciente de su final, pierde el miedo y aflora su bondad. Dice: —“Ellos son el odio cósmico. Ellos nos obligan a matar y a destruir a nosotros, los Manos, que solo vivimos pensando en lo bello”. (Oesterheld/Solano López, 2000: 176). En ese estado, ya fuera de combate y libre del sometimiento a los Ellos, el Mano se abre a la contemplación gozosa, percibe la belleza de los objetos de uso corriente, el costado artístico de una cafetera (“una escultura”), y cuando el final está cerca, entona un extraño y dulce canto de muerte: “mimnio....athesa... eioioio... mimnio”. (Oesterheld/Solano López, 2000: 174, 177).

 

El genocida-perpetrador nunca dejó de identificarse con el poder superior, por lo cual no cabe considerarlo un ser originalmente inteligente y sensible que fue degradado y convertido en agente del mal. El genocida-perpetrador, deshumanizado y deshumanizador del prójimo, cosificador de las otras/otros/otres, tiene un sentido de la justicia trastocado.

 

A diferencia del Sargento Kirk (que se sentía más cerca de los Pieles-rojas que de los Cara-pálidas), el genocida-perpetrador nunca tuvo cargos de conciencia por la matanza perpetrada. Todo indica que ningún dilema interno lo atravesó, que ningún trauma le provocó su experiencia, que jamás lo rozó algún destello de virtud. Todo esto confirma la inviabilidad de cualquier tipo de reconciliación entre las víctimas y los genocidas-perpetradores; asimismo, ratifica la incompatibilidad radical entre las identidades generadas por la empatía con las victimas y quienes, de un modo u otro, expresan continuidades con los agentes o beneficiarios indirectos del genocidio.  

 

La sociedad de Oesterheld con Pratt (recordemos: Ernie Pike, Ticonderoga, etc.) resultó tan productiva, entre otras cosas, porque ambos compartían lo que Masotta denominaba “un verdadero humanismo antropológico”, la adscripción a “un mundo rousseauniano”. (Masotta, 1982: 149). Ese humanismo genera un deber moral que es prioritario respecto de toda ley e implica una responsabilidad para con las otras personas, consideradas merecedoras de respeto y atención. Cabe señalar que el “mundo rousseauniano” de Oesterheld era incompatible con el “mundo hobbesiano” de Astiz y los genocidas-perpetradores. Oesterheld y sus personajes estaban abiertos al descubrimiento de hondas identidades humanas. Una disposición ajena a un militar contrainsurgente. Astiz y los genocidas-perpetradores seguían a pie juntillas el manual de la caza de brujas.    

 

En los entornos más violentos, en el fragor de los combates más encarnizados, los diversos personajes de Oesterheld siempre encuentran un instante para reflexionar sobre la humanidad del “enemigo”. Son personajes capaces de descubrir la humanidad del otro. Tienen compasión. La conciencia ética se impone a toda moral ascética, a la moral de la dominación que considera que el cuerpo de las otras/los otres/les otres, carece de valor. Ese gesto, tan básico, también resultó inaccesible para Astiz y los genocidas-perpetradores, insertos en un orden institucional, ideológico y discursivo que les impedía desarrollar este tipo de sentimientos. Por eso, para estos últimos, la insensibilidad fue la única respuesta frente a la sensibilidad ajena.

 

Reproductor de Auschwitz en la ESMA, el represor tampoco estaba en condiciones de captar el horror frente a las masacres burocratizadas que subyace en El Eternauta. Es más factible que, al modo de un “nazi refinado”, haya compuesto (y comprendido) sus infamias bajo el criterio de lo “sublime negativo” o la “sacralización desplazada”, con su “fascinación por el exceso y la trasgresión sin precedentes”. (LaCapra, 2005: 47, 112). Se aproxima bastante al personaje de Hans Landa, ese oficial de las SS inteligente, ilustrado, políglota, y despiadado hasta lo indecible, interpretado brillantemente por el actor Christoph Waltz en la película Inglourius basters (Bastardos sin gloria) del director Quentin Tarantino, del año 2009.  

 

Una hipótesis a modo de cierre de este capítulo. En el reconocimiento de Astiz hacia El Eternauta y hacia Oesterheld puede verse también el grado de fascinación que la víctima le generaba al victimario. La fascinación entendida aquí como atracción morbosa que, de ningún modo puede confundirse con empatía, dado que esta implica una relación afectiva y el respeto por la otra/el otro/le otre. Esa fascinación se activaba preferentemente cuando la víctima era de clase media o alta, blanca e ilustrada; o sea, “cercana”, en algunos aspectos “objetivos”; estéticamente afín a sus concepciones racistas y clasistas de la “integridad” y de la “belleza moral”. Con las y los cabecitas negras, con las y los marrones, incluso con las judías o los judíos, la fascinación del teniente alto, rubio de ojos celestes, solía disminuir, dado que se trataba de figuras alejadas de su imagen de lo sublime.

 

En síntesis: el victimario no podía dejar de reconocer el valor de lo que objetivaba y suprimía, la potencia de aquello que la víctima atesoraba, la riqueza de su mundo material, social y simbólico. De este modo, el genocida-perpetrador era plenamente conciente de lo que estaba destruyendo y, en su omnipotencia, creía que con esa destrucción no hacía más que corroborar un destino. Concebía a la destrucción como una mera acción demostrativa. El “triunfo”, su “triunfo”, se concretaba en el castigo sobre el cuerpo de la víctima. Resulta evidente la dimensión monstruosa de los genocidas-perpetradores. Oesterheld había creado personajes donde el bien y el mal aparecían relativizados. Los buenos tenían dobleces, los malos alguna emotividad. Pero los genocidas-perpetradores encarnaron el mal absoluto y el odio cósmico.

 

 

Bibliografía citada

 

Actis, Munú; Aldini, Cristiana; Gardella, Liliana, Lewin, Miriam y Tokar, Elisa, Ese infierno. Conversaciones de cinco mujeres sobrevivientes de la ESMA, Buenos Aires, Sudamericana, 2001.

Adoue, Silvia Beatriz, Walsh, el criptógrafo. Escritura y acción política en la obra de Rodolfo Walsh, Buenos Aires, Dialektik, 2011.

Boccanera, Jorge: “¿Alfredo Astiz leyó El Eternauta?”. Disponible en: La tecl@ Eñe Revista, 2025: https://share.google/db7zaLXvYhzsu9i7 [Chequeado el 29 de julio de 2025].   

Chartier, Roger, El mundo como representación: historia cultural, entre práctica y representación, Barcelona, Gedisa, 1995.

Goñi, Uki, El infiltrado. Astiz, las Madres y El Herald, Buenos Aires, Ariel, 2018.

LaCapra, Dominick, Escribir la historia, escribir el trauma, Buenos Aires, Nueva Visión, 2005.

Masotta, Oscar, La historieta en el mundo moderno, Barcelona, Ediciones Paidós, 1982.

Oesterheld, Héctor, Germán y Solano López, Francisco, El Eternauta, Barcelona, La Biblioteca Argentina, Serie Clásicos, Diario Clarín, 2000. Colección dirigida por Ricardo Piglia y Osvaldo Tcherkaski.   

Rosenberg, Tina, Astiz. La estirpe de Caín, Buenos Aires, Documentos Página/12, 1998. 

                                                                                                                                           Miguel Mazzeo

Profesor de Historia y Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires. Docente de la UBA y la UNLA. Autor de libros, ensayos y artículos en publicaciones nacionales y extranjeras sobre diversos pensadores y problemáticas latinoamericanas. Entre sus principales libros se cuentan: Marx populi (2018), El socialismo enraizado (2013), Poder popular y nación. Notas sobre el bicentenario de la Revolución de Mayo (2011), Invitación al descubrimiento: José Carlos Mariátegui y el socialismo de Nuestra América (2009), El Sueño de una cosa. Introducción al poder popular (2007), ¿Qué (no) hacer? Apuntes para una crítica de los regímenes emancipatorios (2005).



[1] Astiz fue condenado “a la pena de prisión perpetua por el delito de homicidio calificado reiterado en doce oportunidades; en perjuicio de Alice Domon, Ángela Auad, Esther Ballestrino de Careaga, Raquel Bulit, Gabriel Horane, Patricia Oviedo, María Eugenia Ponce de Bianco, Remo Berardo, José Julio Fondovila, Horacio Elbert, Azucena Villaflor de De Vincenti y Léoni Duquet. (Sentencia Causa Esma, 28 de diciembre del 2011, apud, Goñi: 2018: 218).   

[2] En 2026, a cincuenta años del golpe de Estado de 1976, en Argentina, tanto en el Estado como la sociedad, proliferan una serie de discursos y de relatos que denigran la idea de la justicia social. 

CHARLAS SOBRE LOS 50 AÑOS DEL GOLPE DE ESTADO

El viernes 20 de marzo se llevó adelante las charlas de un panel con protagonistas del los años ´70. Fueron militantes de las organizaciones PRT ERP, PST y de Montoneros. Nos contaron sus experiencias, sobre las tareas políticas que llevaron adelante y sus balances históricos y del por qué terminamos gobernados por un gobierno que reivindica el terrorismo de estado de la última dictadura.

Desde ya, son testimonios y voces que nos ayudan a entender aquellos años y buscar respuestas para el presente.

JORGE MONTERO, ex militante del PRT ERP y en la actualidad participa de la Asamblea barrial de Cláypole.



ALBERTO ZAPATA, ex militante del PST y en la actualidad participa de la Asamblea barrial de Cláypole.


RAMONA ALBORNOZ, ex militante del PRT ERP, actualmente participa del movimiento feminista.



JORGE FALCONE, ex militante de Montoneros y hermano de Claudia Falcone, desaparecida en la Noche de los Lápices, actualmente participa de la Asamblea barrial de La Plata norte.


INTERVENCIONES VARIAS Y CIERRE MUSICAL DE LA CHARLA CON EL DUO FERNANDEZ - ARCE







EL TERRORISMO DE ESTADO EN CLÁYPOLE

 




 Héber Osmar Coitiño Cebey

El Terrorismo de Estado fue la característica principal de la última dictadura en Argentina. ¿Por qué lo afirmamos con tanta seguridad? Es que ese modus operandis fue lo que ratificó la justicia en los juicios contra las juntas militares que condenaron a cadena perpetua a los máximos responsables.

Todo estaba bajo la práctica criminal, no se podía denunciar ningún hecho delictivo, secuestro u homicidio, todos los estamentos del estado estaban comandados para aplicar el terror. Si ibas a la comisaría te podías encontrar a quienes llevaron adelante el delito, si lo hacías en algún tribunal te cajoneaban la demanda y si algún jurista tomaba el caso y actuaba como corresponde, lo más probable era que pague con su integridad física.

El pueblo argentino estaba ajeno a la dimensión que conllevaba el plan siniestro de la dictadura, pero conocía algunos casos que les tocaban más o menos cerca, como para ser atrapado por el miedo que pretendían imponer con el fin de paralizar a toda la sociedad.

Puedo recordar siendo un niño de 6 o 7 años los gritos de la madrugada que me despertaron cuando se llevaban a un vecino, que varios años después me enteré era delegado de la fábrica de vidrios Cristalux en Gerli, puedo recordar que en la guardería que concurría ingresaron varias veces a robar, ésta estaba a cargo de un sacerdote rebelde a los ojos de quienes gobernaban el país, el padre Vicente Re.

Estos hechos que recuerdo en mi experiencia personal, acompañada del temor que tenía mi madre hasta que mi hermano mayor, aun adolescente, no llegaba de trabajar de la pizzería a la madrugada, solo es una pequeña muestra de lo que ocurría en un Cláypole, más parecido a un pueblo que a una ciudad.

Barrio El Trébol



En ese Cláypole paseaban los tanques militares por los barrios o transitaban frecuentemente en caravanas con camiones verde oliva por la ruta 4. Uno de los barrios más visitados por estas incursiones fue “El Trébol”, era un barrio muy humilde y montonero. Allí la organización político militar tenía desarrollado el trabajo territorial, realizaban peñas, jornadas festivas por el día de la niñez o conseguían “donaciones” de los camiones asaltados a las grandes empresas. Todavía se recuerda cuando hacían cola para llevarse latas de dulce de batata y otros productos que repartían para el barrio.

Tenemos la información chequeada que de ese barrio fueron desaparecidas varias personas, el “loco” Orlando Bastarrica, Miguel Ángel Romero, Julio Godoy (16 años) y Julio Arena (18 años).

El tucumano Bastarrica tenía 31 años y fue asesinado en el arroyo San Francisco al intentar huir cuando cayó un allanamiento de militares e integrantes de la comisaría 6ta de Cláypole, su cuerpo fue enterrado como NN en el cementerio municipal del distrito de Alte. Brown.

Romero y Godoy eran primos, Ana Romero, hermana del primero cuenta que su casa fue requisada en varias oportunidades buscando a su hermano que estaba en la clandestinidad; ella apenas adolescente fue abusada y el resto golpeados en esas incursiones. Miguel Ángel y Julio permanecen desaparecidos.

Una noche mientras esperaba en la parada del colectivo 160 a su madre que llegase de trabajar de empleada doméstica, Julio Arena fue secuestrado y desaparecido hasta que pasado el mes fue encontrado asesinado en un descampado de San Vicente.

En el Barrio se recuerda, como lo cuentan en las entrevistas de familiares y vecinos, la denodada participación en la búsqueda de solución de las necesidades vecinales. Copa de leche, festivales para recaudar fondos, campeonatos de fútbol, construcción de puentes sobre el arroyo San Francisco, veredas, etc. 

El Trébol es un barrio que surgió de un loteo en la década de 1950, habitado principalmente con migración interna y de países limítrofes. Familias trabajadoras que buscaban una mejor calidad de vida y se organizaban para ello.

Barrio Don Orione

Sobre la ruta 4, la Monteverde, a la altura de la curva una supuesta fábrica de tornillos encubría la construcción de un túnel que conectaba a la red de túneles que recorren el distrito, una experiencia que implementaron a partir de la suma de tupamaros que se escaparon de la dictadura uruguaya que se inició en 1973.

En el túnel armaron un polígono, antes de llegar al descender por la escalerita, había un descanso en el cual un pequeño escritorio con una silla, estaba acompañado de una estrella con las siglas del ERP sobre la pared. Podemos suponer que esta “tatutera” era, además de ser utilizada para la práctica de tiro, una vía de escape ante un posible allanamiento.

El lugar fue destruido el 9 de diciembre 1975 por las fuerzas militares, reducido a escombros, se llevaron a les militantes que encontraron, pero no poseemos información de cuántos eran, ni sus nombres.

                                                                                                                                          

                                                                                                                                          Verónica Ríos

Barrio Mariano Moreno

Cerca de allí, a diez cuadras, enfrente del Camping Los Gráficos, vivían Humberto Pedregosa y su compañera Andrea Justina Carrizo Zelarrayan, alias Tina; ambos oriundos de Tucumán, Tina era de Tafi Viejo. Se conocieron militando en el PRT ERP.

Ella era ama de casa y trabajaba como empleada doméstica en la casa de una familia vinculada a altos mandos militares, cumpliendo un rol fundamental como informante. Humberto se encontraba en Tucumán, en la compañía de monte cuando en febrero de 1976 será secuestrada en su casa.

Fue vista en el centro clandestino de detención Miguel de Azcuénaga en la provincia de Tucumán, sus restos fueron hallados en julio de 2013 en la fosa común “Pozo de Vargas”.

https://www.blogger.com/profile/00558317847442264389 BLOG "CON NOMBRE Y MILITANCIA", más información sobre estos casos.

La casa de la calle Alcorta

El 20 de abril de 1978 a las dos de la mañana el ejército irrumpe violentamente en una casa de la calle Alcorta,  allí vivían Marta Beatriz Severo Barreto junto a su marido Hugo Martínez, su hija Verónica, que entonces tenía 45 días de nacida, y el hermano de Marta, Carlos de 16 años, en el momento del ataque se encontraba de visita Rosa Álvarez, tía de Marta.

 Estuvieron dos horas en la casa destruyendo todo lo que podían, una mujer que formaba parte del grupo de tareas  le prepara la mamadera a la beba.

Se los llevan a todos encapuchados. Verónica es dejada en la casa de una vecina, quien avisa a la madre de Marta lo sucedido, y va en busca de su nieta, la rapidez con que llegó a buscarla evito, que al otro día la niña fuera secuestrada, ya que volvieron por ella.

Rosa es liberada después de 23 días de haber estado detenida desaparecida en el  CCD pozo de Quilmes.

La familia Severo Barreto - Martínez era oriunda de Uruguay, de Bella Unión, allí los Severo Barreto eran parte de una numerosa familia de cañeros que participaban activamente en las luchas sindicales, denunciando la explotación a la que eran sometidos los trabajadores rurales.

Marta Beatriz creció en un clima de lucha y aprendió de pequeña a aborrecer la injusticia. Era una muchacha alegre, siempre estaba riendo, cuenta su hermana Matilde.

Su hermano Ari Severo será apresado a los 15 años,  allí en la cárcel conoce a Hugo Martínez, un joven estudiante de agronomía  que militaba en Tupamaros, encarcelado por repartir volantes. En la cárcel Marta que iba acompañando a su madre a visitar a su hermano conoce a Hugo.

La situación en Uruguay era complicada para los militantes, por eso deciden venir a la Argentina en enero de 1974, aquí entran en contacto con el ERP.

Aquí el brazo de la dictadura finalmente los alcanzaría en la localidad de Cláypole cuatro años después.

El 24 de abril de 1978 también será secuestrado Ari Barreto.

Se cree que la familia  fue trasladada en el tercer vuelo de la muerte el 20 de mayo de 1978.

Barrio Horizonte

En el Barrio Horizonte, detrás de la Secundaria 8, hay una casa señalizada. De esa casa fueron secuestrados y desaparecidos Lucia del Valle Lozada Giménez, Lucinda Delfina Juárez Robles con su hijo Ariel Sebastián Juárez  de 3 años y el matrimonio compuesto por Sara Ayala y Pedro Morel junto a su hija Viviana de tan solo un año y 1 mes.

Lucia del Valle Lozada era una médica tucumana de 22 años, militante del PRT - ERP, fue parte de la Compañía de Monte donde conoció a Humberto Pedregosa, quien había perdido a su compañera en manos de la triple A.

En noviembre de 1975 alquila una casa en Cláypole para resguardarse de la persecución estatal.

A esa misma casa llegarán Lucinda Delfina Juárez Robles con su pequeño hijo.

Lucinda, también militante del PRT, vivía en Córdoba con su compañero Carlos con quién tenían un niño.

Carlos es secuestrado en 1977 por las fuerzas represivas  en Pergamino provincia de Buenos Aires, Lucinda huye con su pequeño a la casa de Barrio Horizonte.

Los Morel Ayala eran oriundos de Formosa, tuvieron que huir de allí porque eran buscados por el ejército. Pedro era secretario general del gremio de judiciales y ambos militaban en el PRT pasaron a Goya donde formaron parte de las Ligas Agrarias.

 El 12 de mayo de 1977 finalmente llegan a  la casa del Barrio Horizonte en Cláypole, como se hizo tarde se quedaron a dormir.

En la madrugada del 13 de mayo de 1977, aproximadamente a las tres de la mañana un grupo del ejército con uniformes verdes oliva ametrallan  el frente de la casa e irrumpen violentamente destrozando todo lo que podían.

Lucinda descansaba junto a su hijo; en la habitación contigua estaban Sara, Pedro y su beba.

Los pequeños Sebastián y Viviana serán dejados en la casa de unos vecinos.

Durante horas se escuchó en el barrio como Lucia, Lucinda, Sara y Pedro fueron torturados, hasta que los sacaron en bolsas y cargados en un camión del ejército.

Lucinda fue vista en  el Regimiento 9 de Infantería de Corrientes, y en el Regimiento 29 de Infantería de Monte de la provincia de Formosa.

Aún continúa desaparecida.

Ariel Sebastián Juárez y Mabel Viviana Morel son entregados al juzgado  de la reaccionaria doctora  Marta Delia Pons, jueza de menores de Lomas de Zamora. Viviana fue restituida a su abuela materna en diciembre de 1977 gracias a la ayuda de los vecinos que la habían cuidado y la insistencia de sus abuelos. Ariel tuvo que esperar 7 años para reencontrarse con su familia a pesar de que llevaba una medallita con sus datos. La jueza Pons hizo todo lo que pudo para evitar que los niños vuelvan con sus familias, a pesar de conocer su verdadera identidad.

Lucia tenía 27 años cuando fue secuestrada, y llevaba en su vientre un embarazo de dos o tres meses, un bebé buscado según su compañero. Su hijo debió nacer entre noviembre y diciembre de 1977.

Luego del operativo en el que secuestraron a Lucia no se supo nada ni de ella ni de su bebé.

Pedro y Sara fueron vistos por última vez en la Brigada de investigaciones de Resistencia.

El trato que recibió  Sara Ayala fue tan brutal, que su caso fue testigo para declarar los ataques sexuales como forma de tortura.

Sara cursaba 5 meses de embarazo cuando fue secuestrada.


Nieto 133: Daniel Santucho Navajas
A metros de la intersección de las calles Trípodi y Alsina, el hijo nacido en cautiverio de Cristina Navajas y Julio Santucho, vivió con la familia que lo apropió cuyo supuesto padre era policía. 
Nació el 10 de enero de 1977, sin embargo le trucharon la partida de nacimiento con fecha de nacimiento el 24 de marzo. 
En el año 2023 recibió la noticia de su verdadera identidad y en la actualidad se dedica a dar testimonio de su vida, sobre todo en las escuelas.
en su juventud jugaba al fútbol en la canchita ubicada frente a la primaria 42, ahí él atando cabos recuerda cómo sus amigos y supuestos primos con quienes formaba el equipo, cuando jugaban contra el equipo del apropiador, ellos le tiraban indirectas sobre su complicidad con la dictadura y las mentiras que rodeaban a la apropiación de Daniel.
Estudió en la primaria 63 y la secundaria 9. Con la verdad conseguida sobre su familia biológica, entendió el por qué de una relación áspera con su apropiador, sobre todo lo que no le cerraba, como que su supuesta hermana le llevara tantos años y que su supuesta madre lo haya tenido con casi 50 años de edad. 
Su abuela materna integraba las Abuelas de Plaza de Mayo, Nélida falleció en 2012 sin poder conocer a su nieto. El lugar de su abuela lo ocupó su hermano Miguél "Tano" Santucho, siguiendo la búsqueda que finalmente lo consiguió.   

 

viernes, 27 de marzo de 2026

EL OLVIDO ESTÁ LLENO DE MEMORIA

 

                                                                                                                              Jorge Montero

“En una semana se termina todo esto, porque formo una fuerza suficiente, lo voy a buscar a usted y lo mato, como hacen ellos”. “Nosotros vamos a proceder de acuerdo con la necesidad, cualesquiera sean los medios. Si no hay ley, fuera de la ley también lo vamos a hacer y lo vamos a hacer violentamente.”  - Juan Domingo Perón, 21 de enero de 1974.

 “Estas fuerzas armadas son las mejores que he visto en mi vida” – Ricardo Balbín, principal dirigente de la UCR, declaraciones al diario ‘La Prensa’, 16 de marzo de 1976.

 

pintura de Eduardo Kingman

1* A MODO DE INTRODUCCIÓN

Sin duda el terrorismo de Estado no fue un rayo en el cielo sereno. Se fue gestando lentamente en consonancia con la irrupción del movimiento obrero en un nuevo ciclo de luchas y organización, que cuestionó seriamente el sistema de explotación, visualizando los límites de la lucha sindical, mientras debatía la necesidad de una construcción política para los trabajadores.

Desde el “Cordobazo” de 1969; pasando por el Movimiento Sindical de Base -donde el desafío a enfrentar el Pacto Social y su política de conciliación de clases, ya fue planteado por Agustín Tosco, el histórico dirigente de Luz y Fuerza, en el Congreso fundacional del 8 de julio-; la Mesa de Gremios en Lucha nacida en Córdoba durante 1974, a partir de las conducciones de SMATA, Perkins , Luz y Fuerza y otros sindicatos, Comisiones Internas y agrupaciones de oposición a directivas burocráticas; hasta la irrupción de las Coordinadoras Interfabriles en junio y julio de 1975 gestoras de la huelga general traducida como el “Rodrigazo”. La democracia de base, la organización y la combatividad fueron el fundamento de una amplia unidad que permitió un salto en la acción consciente de la clase obrera. “Si los patrones coordinan para explotar, los trabajadores coordinamos para erradicar la explotación”.

La demanda de las clases dominantes era perentoria: había que liquidar la “guerrilla fabril”. No alcanzaba ya con contener y disciplinar uno de los procesos de movilización obrera más significativos a nivel regional. Había que devastar y borrar la memoria colectiva.

 

2* LOS DESCONOCIDOS DE SIEMPRE

“El mejor enemigo, es el enemigo muerto.” – Publicación ‘El Caudillo’, vocero de la Triple A.

En diciembre de 1975, el general René Otto Paladino, uno de los fundadores de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA), fue designado por el gobierno peronista al frente de la SIDE. Inmediatamente se decidió crear una base para que la banda de un connotado integrante del Servicio de informaciones, Aníbal Gordon, pudiera operar con tranquilidad. Su prontuario marcaba el paso por la Alianza Libertadora Nacionalista, por la Concentración Nacionalista Universitaria (CNU), y como integrante de la custodia del presidente Juan Domingo Perón.
El coronel Rubén Visuara, jefe de la base Billinghurst -inmueble emblemático del espionaje argentino-fue quien encargó al agente Eduardo Ruffo buscar una “cueva” desde donde la patota pudiera hacer sus operativos. Así nació “Automotores Orletti”, que se transformó en el centro de operaciones regional en el marco del llamado “Plan Cóndor”, donde la banda de Gordon coordinó tareas con represores de Chile, Paraguay, Brasil, Bolivia y Uruguay, actuando conjuntamente con agentes de inteligencia militar del Batallón 601. Allí fueron secuestradas, torturadas, extorsionadas más de 300 personas, muchas de ellas asesinadas, para quedar desaparecidas.

Gordon y su banda –su hijo Marcelo, Osvaldo “Paqui” Forese, Jorge “Polaco” Dubchak, César “Pino” Enciso, Ernesto “Guzmán” Lorenzo y Carlos “Indio” Castillo, entre otros- llegaron a la Unión Obrera Metalúrgica, que contaba con su propia caterva de matones, de la mano del secretario general de la CGT José Ignacio Rucci. Ambas patotas comenzaron a actuar conjuntamente, con apoyo de la oficina de “operaciones tácticas” de la SIDE. 

La sociedad criminal Gordon-UOM tuvo un rol destacado en marzo de 1975 en el operativo represivo desplegado sobre Villa Constitución contra los obreros enfrentados a la conducción burocrática del sindicato metalúrgico. El operativo contó con presencia de 500 matones de la Triple A y personal de las fuerzas represivas estatales, que sumaban más de 4.000 efectivos.

En los dormitorios de solteros de la planta de Acindar, se montó el primer campo de concentración, para detener, torturar y eventualmente asesinar a obreros de las acerías, en un adelanto de lo que haría luego la dictadura a partir de 1976.  Más de treinta muertos, 300 encarcelados, miles de despedidos, fue el saldo del accionar fascista. Las órdenes eran claras: ahogar en sangre y fuego a trabajadores y activistas.

Para las cúpulas empresarias era imprescindible segar de raíz el proceso combativo que se había producido en el “cinturón rojo del Paraná”. Desde Alfredo Martínez de Hoz, presidente del directorio de la acerera Acindar, al principal dirigente de la oposición política Ricardo Balbín, la demanda sobre el gobierno peronista era perentoria, liquidar la “guerrilla fabril”.

La patota de Gordon fue responsable directa del secuestro de una veintena de activistas y dirigentes obreros durante la “Operación Serpiente Roja”. No pasó mucho tiempo para que se produjera una disputa sangrienta entre los miembros de la banda y los matones de la UOM, con varios muertos. Alguno de ellos, como “el Polaco” Dubchak, fue asesinado, descuartizado y quemado en el horno de los sótanos de la sede central de la Unión Obrera Metalúrgica.

Sin dudas Aníbal Gordon y su banda encontraron su piedra filosofal al hacer pasar por políticas las más pavorosas actividades criminales. Algunos de sus más destacados miembros, como Ernesto “mayor Guzmán” Lorenzo, se especializaron en sonados robos y secuestros extorsivos. El fracaso en el cobro del rescate por el rapto de un agente de la Bolsa de Comercio, llevó a la increpación de Gordon: “Vos sos un panqueque, te das vuelta en el aire según tu conveniencia”. De esa ocurrencia, el grupo ideó la denominación de “Brigada Panqueque”, cuando se dedicaban a cometer todo tipo de tropelías.

Sus relaciones con los hombres del ejército tampoco fueron un lecho de rosas. El hilo se cortó definitivamente en 1981 cuando el segundo jefe de inteligencia del ejército, general Jorge Ezequiel Suárez Nelson, descubrió que él mismo se había convertido en objetivo de la patota que planificaba asesinarlo -negocios son negocios-. Suárez Nelson comenzó la persecución de la banda que terminó fugándose al Uruguay. A su regreso a la Argentina y meses antes de las elecciones del ’83 tuvieron otra mala ocurrencia: secuestraron a Guillermo Patricio Kelly. Cuando Ruffo se disponía a matar al hombre de la Alianza Libertadora Nacionalista, el llamado telefónico del presidente Reynaldo Bignone suspendió la ejecución. Su argumento fue contundente: “Si no obedecen, no doy cinco guitas por ustedes”.

Concluida la dictadura, la SIDE –como el resto de los organismos del Estado- se encargó de proteger toda información que pudiera dejar al descubierto las actividades represivas de sus agentes. La mayoría de sus miembros, entre ellos un joven Jaime Stiuso, fueron reciclados y siguieron activos en el plantel de la Secretaría durante los gobiernos constitucionales que se sucedieron. 

Raúl Alfonsín está vestido con traje y corbata oscura. Atrás se ven periodistas y entre ellos un hombre, también de traje y corbata, con la cabeza ladeada. Es uno de los custodios del presidente, Raúl Guglielminetti. Antes de esa foto, no mucho antes, en las mazmorras del centro clandestino “Automotores Orletti”, se hacía llamar “mayor Guastavino”. En 1985, estalló el escándalo. Un agente del Batallón 601 durante la dictadura, custodiaba a Raúl Alfonsín. El descubrimiento se transformó en contumacia cuando se supo de su pertenencia al Grupo Alem. Connotados integrantes de la banda de Aníbal Gordon, autoproclamándose defensores del gobierno democrático, reportaban directamente al ministerio de Defensa, haciendo inteligencia paralela para el gobierno radical. Pero la cabra tira al monte y el grupo se disolvió al hacerse pública su participación en el secuestro extorsivo de los empresarios Emilio Naum y Enrique Menotti Pescarmona.

El sinuoso contexto político, entre las asonadas de los “carapintadas” y el copamiento de La Tablada; las leyes de Obediencia Debida y Punto Final; los paros de la CGT y la hiperinflación. Plagado de cimbronazos como el secuestro y asesinato de Osvaldo Sivak a manos de la “banda de los comisarios” de vínculos estrechos con la SIDE; signó el convulso período político.

 

3* EL AIRE HUELE A HUMO

“El Ejército accionará selectivamente sobre los establecimientos industriales y empresas del Estado, en coordinación con los organismos estatales relacionados con el ámbito, para promover y neutralizar las situaciones conflictivas de origen laboral, provocadas o que pueden ser explotadas por la subversión, a fin de impedir la agitación y acción insurreccional de masas y contribuir al eficiente funcionamiento del aparato productivo del país.” - Decreto secreto 504/77 ‘Continuación de la Ofensiva contra la Subversión’.

La empresa automotriz Mercedes Benz, hoy Daimler Chrysler, una de las mayores empresas industriales europeas, fue fundada en Alemania en 1890. La fábrica de Argentina, la primera filial de la empresa en el exterior, se estableció en González Catán en 1951. El análisis de la historia de la empresa sitúa sus acciones durante la dictadura en perspectiva, a la luz de su relación con el nazismo a partir de la década de 1930 y los beneficios que esta asociación le reportó en la expansión de su producción y sus ganancias.

De la utilización de mano de obra compuesta por prisioneros de guerra reducidos a relaciones de trabajo equivalentes a la servidumbre, al empleo ofrecido en Argentina a Adolf Eichmann, criminal de guerra y encargado de la logística del transporte masivo de judíos hacia los campos de exterminio. La política represiva de Mercedes Benz presenta una línea de continuidad bastante predecible.

La situación en la fábrica comenzó a alterarse significativamente entre fines de 1975 y comienzos de 1976. Las relaciones se estrecharon entre el gobierno, particularmente el ministro de Trabajo Carlos Ruckauf -quien el 6 de octubre de 1975 promovió un decreto de aniquilamiento de la subversión en los centros industriales, asimilando toda lucha obrera a un proceso de guerrilla industrial-, la dirigencia sindical burocrática, y las cúpulas patronales.

Las empresas automotrices firmaron un convenio, que entró en vigencia en Mercedes Benz en julio de 1975, estableciendo que el 1% del precio de venta de cada vehículo se dedicaría a la formación de un fondo extraordinario para la “erradicación de elementos negativos” de la fábrica. Este capital sería administrado por la dirección del SMATA sin auditoria alguna, a cambio que ella misma se encargara de garantizar la represión efectiva sobre los trabajadores. Luego del golpe militar se sucedieron secuestros de obreros y activistas de la planta. De los diecisiete trabajadores ‘chupados’ en Mercedes Benz Argentina, sólo tres volvieron a aparecer.

Rubén Luis Lavallén estuvo a cargo durante los primeros años de la dictadura del comando de la Brigada de Investigaciones de San Justo, sede de un centro clandestino de detención, secuestrador del obrero de Mercedes Benz Alberto Gigena, quien nunca volvió a aparecer. Con tan intachable foja de servicios, fue contratado por la empresa automotriz como encargado de la seguridad y vigilancia de su planta de González Catán, en 1978. Veinte años después fue condenado a cuatro años de prisión por la apropiación de Paula Logares, hija de una pareja de uruguayos detenidos-desaparecidos.

Durante los años de oro de la dictadura, Mercedes Benz se encontraba entre las veinte empresas de mayor facturación en el país, tenía como principal cliente al ejército argentino, quien compraba a la firma los camiones Unimog. La empresa donó, como parte de sus gestos altruistas para con las fuerzas armadas, equipamiento obstétrico para ser utilizado en las dependencias de Campo de Mayo, y así llevar a cabo los partos clandestinos de mujeres desaparecidas.

El obrero Héctor Aníbal Ratto (detenido en la fábrica en agosto de 1977 por un grupo armado del ejército, permaneció en cautiverio clandestino y torturado en la comisaría de Ramos Mejía y en Campo de Mayo, recuperando su libertad en marzo de 1979), estuvo presente cuando el jefe de producción de la planta de González Catán, Juan Tasselkraut, informó a las fuerzas de seguridad la dirección de su compañero Diego Núñez, quien fue secuestrado ese mismo día y permanece desaparecido. El mismo Tasselkraut dio cuenta de los efectos que la represión tuvo en el funcionamiento interno de la empresa, cuando en el marco de los juicios por la Verdad en los tribunales platenses, se le preguntó si consideraba que existía alguna relación entre la disminución del conflicto en la fábrica, el aumento de la productividad y la desaparición de obreros y militantes. Su respuesta fue elocuente: “Y…milagros no hay”.

 

4* INFIERNO SOBRE RUEDAS

“...respecto de la subversión en el ámbito fabril, sabemos que ella intenta desarrollar una intensa y activa campaña de terrorismo e intimidación a nivel del sector laboral. Es necesario conocer el modo de actuar de la subversión fabril, para combatirla y destruirla. Ello se manifiesta por alguno de los procedimientos siguientes: el adoctrinamiento individual y de grupo para la conquista de las clases obreras, colocándose a la cabeza de falsas reivindicaciones de ese sector. La creación de conflictos artificiales para lograr el enfrentamiento con los dirigentes empresarios y el desprestigio de los auténticos dirigentes obreros. Frente a ello, el gobierno y las fuerzas armadas han comprometido sus medios y su máximo esfuerzo para garantizar la libertad de trabajo, la seguridad familiar e individual de empresarios y trabajadores y el aniquilamiento de ese enemigo de todos. Pero cabe la reflexión de aquellos que se apartan del normal desarrollo del «Proceso» buscando el beneficio individual o de sector, se convierten en cómplices de esa subversión que debemos destruir; lo mismo que a quienes no se atrevan a asumir las responsabilidades que esta situación impone”. Ministro de Trabajo, general Horacio Tomás Liendo, ‘La Nación’, 12-11-77

Ford Motors instaló su primera filial en Argentina en el año 1913, primero en Barracas y luego en La Boca, mientras que la actual planta de General Pacheco, fue inaugurada en 1961.

Entre marzo y mayo de 1976, hubo 25 delegados secuestrados. Todos pertenecían a la comisión gremial interna, que se encontraba conformada por 200 representantes, en una planta con alrededor de 5.000 obreros.

Los 25 trabajadores estuvieron desaparecidos entre 30 y 60 días. La mitad de ellos fue secuestrada en sus casas y llevada a la comisaría de Tigre, dispuesta como centro clandestino, mientras que la otra mitad fue detenida directamente en la planta de General Pacheco. Las capturas se efectuaron en camionetas F100 que eran proporcionadas a las fuerzas represivas por Ford. “Acá están todos los nombres que nos dio la empresa con los trabajadores que querían que chupáramos”, le dijo el oficial del ejército Molinari a la esposa de uno de los secuestrados, Arcelia Luján de Portillo, “sacó del cajón de su escritorio una lista en un papel tipo oficio con el logotipo de Ford”.

Las fuerzas militares instalaron en el campo de deportes de la planta de Pacheco una dependencia militar adonde funcionó un centro clandestino de detención. En el mismo fueron recluidos algunos delegados gremiales secuestrados dentro de la fábrica por ciertos períodos de tiempo. El obrero Juan Carlos Conti, delegado de planta, que trabajaba en Ford desde 1965, fue secuestrado en el interior de la fábrica el 14 de abril de 1976. Conducido en una F100 hasta el quincho, en el propio predio de la planta, con sus manos atadas con alambres. Luego de su secuestro, la empresa intimó a Conti por “abandono de tareas”, y cuando su esposa responde relatando lo sucedido, lo despide “con causa”.

El detenido Francisco Guillermo Perrotta, uno de los 2.500 empleados administrativos de la fábrica, quien tenía acceso a información clave sobre las cuestiones internas de Ford desde su puesto en la oficina de Análisis de Costo, Material e Inventario, reconoció al jefe de Seguridad de la planta de General Pacheco, Héctor Francisco Sibilla, como uno de sus verdugos durante los interrogatorios. Este tortuoso personaje era miembro de las fuerzas armadas y fue ascendido el 26 de julio de 1978, luego de los secuestros de obreros, al rango de teniente coronel, como premio al disciplinamiento obtenido en Ford. Sibilla continuó con su brillante carrera. Fue contratado posteriormente por la embajada de Estados Unidos como personal de seguridad de la sede diplomática, en un cargo que ocupó hasta 2004.

Cuentan trabajadores sobrevivientes, que el gerente de Relaciones Industriales de Ford, Guillermo Galarraga, meses antes de la caída de “Isabel” Perón, tuvo una acalorada discusión con la Comisión Interna de la planta de Pacheco, y los conminó textualmente: “Yo con ustedes no discuto más, y a partir de ahora denle mis saludos a Camps”.

Los trabajadores, acostumbrados a los desplantes del gerente, esta vez salieron de la reunión un poco más confundidos. Ninguno de ellos sabía quién era el tal Camps.

 

5* RECURSOS HUMANOS

“Los empresarios forman uno de los primeros sectores que constituyen la nación día a día. Acaso por eso fueron uno de los blancos predilectos de la agresión criminal de las hordas marxistas. Por eso la responsabilidad moral es la otra gran vertiente de esta eminente función social, y comienza dentro de la misma empresa. Allí los derechos ceden su lugar a los deberes. Defender la empresa y la propiedad privada contra agresores de toda índole es el primer deber” - General Ramón Genaro Díaz Bessone, ministro de Planeamiento en la Federación Gremial de la Industria y Comercio de Rosario, en octubre de 1977.

La empresa Dálmine Siderca, propiedad del grupo económico Techint y hoy integrante de la alianza comercial Tenaris-Siderca, se estableció en la localidad de Campana en 1954. Constituye uno de los casos menos conocidos de participación patronal en el proceso represivo. Las direcciones de la empresa y del grupo Techint urdieron una fuerte campaña tendiente a deslindar responsabilidades por las desapariciones y asesinatos de sus trabajadores, atribuyendo la responsabilidad exclusivamente a las fuerzas militares. Algo que no era nuevo ya que su fundador Agostino Rocca había utilizado la misma estratagema cuando cayó Mussolini en Italia, del que había sido principal consejero industrial. Por otro lado, el enorme peso de la empresa en la ciudad de Campana en términos económicos, comunitarios y sociales, fue un poderoso factor de disuasión tanto para los trabajadores de la fábrica, como para los familiares de las víctimas y los vecinos en general que fueron testigos de la connivencia de militares y empresarios.

En Dálmine Siderca se repite la presencia de personal del ejército en la puerta de la fábrica con listados de personas “marcadas”, la contratación a partir del golpe militar de supuestos nuevos obreros que eran en realidad agentes de las fuerzas represivas, y la detención de trabajadores en la misma planta. Suman más de 50 los detenidos-desaparecidos de la planta de Campana.

Aún, bajo estas condiciones represivas, la falta de pago de premios en 1979 determinó que los trabajadores de Dálmine se movilizaran en planta y convocaran una reunión dentro de fábrica, frente a las oficinas de personal. A pesar de la presencia militar en plena asamblea, los trabajadores resolvieron reclamar por el pago adeudado, reivindicación que, aunque parcialmente, se logró a regañadientes de la empresa y de la directiva gremial de ese momento, que había intentado impedir la asamblea por todos los medios. El coronel Zapata, del área militar 400, en otro intento por disuadir a los obreros, citó a varios trabajadores: “…se acabó. Es la última vez que lo mando llamar. La próxima vez lo mando a buscar…”, tratando de amedrentar a los revoltosos.

Uno de los más grandes centros clandestinos de detención en la zona, el Tiro Federal de Campana, se encontraba lindante a la fábrica, y hasta existe una puerta que comunica ambossitios. El predio de la Ruta 12, que hasta el 24 de marzo de 1976 funcionó como polígono de tiro civil, fue ocupado por el ejército en la madrugada del 25 y transformado en un campo de concentración adonde se torturó, desapareció y asesinó a cientos de personas, entre ellos algunos trabajadores de Dálmine Siderca. La cercanía de la fábrica era tal que los detenidos escuchaban claramente los ruidos de las máquinas trabajando.

Sobrevivientes relatan que, a pesar de las presiones, los trabajadores impulsaron el conflicto en una asamblea con voto a mano alzada. “El conflicto fue durísimo. La primera asamblea no fue presidida por los delegados, sino por un grupo de oficiales del ejército con ametralladoras y bayonetas. Los militares concedían el uso de la palabra. Y algunos activistas trataban de hacer equilibrio entre lo que debían reclamar y el cuidado de la propia vida. Pocos cometieron el pecado de apasionarse demasiado. Uno de ellos se llamaba Juan José “Colorado” Torrente. A otro lo conocía como Pascual Gordillo. La primera asamblea pasó, luego vinieron las reuniones de los activistas en el vestuario de la acería. Eran encuentros atípicos, de no más de 30 empleados. Acudían, si se animaban, dos por cada sector. Antes de entrar, los paraba un subteniente para pedirles los nombres, los documentos e interrogarlos convenientemente. Protagonizaron tres días de huelga general, y las reivindicaciones fueron obtenidas. Cuando terminó la segunda jornada de paro, Torrente salió de la planta junto a dos de sus compañeros, cruzó la avenida Mitre, enfiló para su casa, en el centro del barrio Siderca, dejó al último operario en su domicilio y…nunca se lo volvió a ver en este mundo. A Gordillo le pasó exactamente lo mismo, sólo que unos días después”.

 

6* EL HOMBRE DE ACERO

“Quédense tranquilos, todos los activistas gremiales de Villa Constitución ya están bajo tierra”. Guillermo Walter Klein, Secretario de Programación y Coordinación económica bajo el ministerio de Martínez de Hoz, en la embajada de Estados Unidos.

El 26 de abril de 2015, a los 93 años, fallecía impune el general Alcides López Aufranc quien fuera director de la empresa Acindar entre 1976 y 1992.

La empresa Acindar Industria Argentina de Aceros S.R.L. se fundó en el año 1942 en la ciudad de Rosario, ante la necesidad de acero en un contexto de restricciones para la importación, por la Segunda Guerra Mundial. En 1951 Acindar realizó su primera ampliación, instalando en Villa Constitución la llamada “Planta 2”.

López Aufranc se convirtió, desde joven, en admirador de los militares franceses y sus métodos de tortura y exterminio durante las guerras coloniales en Indochina y Argelia. El general organizó en Buenos Aires el Primer Curso Interamericano de Guerra Contrarrevolucionaria, del que participaron catorce países. Métodos de interrogatorio, secuestros, desapariciones, asesinatos, para alumnos aventajados del hemisferio.                                                                “Con la sangre se aprenden muchas cosas”, era una de las frases de cabecera de este ‘intelectual’ de la represión.

Con la llegada de López Aufranc al directorio de Acindar en 1976, para suceder nada menos que a José Alfredo Martínez de Hoz, se militarizó la planta de Villa Constitución, dejando en la calle a más de 2.000 operarios, archivó convenios laborales, prohibió cualquier actividad sindical y monopolizó la producción nacional de acero. Todo, por supuesto, con la bendición de los Acevedo, dueños de la empresa. Quienes además tenían una fuerte participación en el Banco Francés y en la cementera Loma Negra, ampliamente beneficiada en los años por venir con las “obras públicas” del mundial ’78. Martínez de Hoz, por su parte desde el ministerio de Economía, articulaba los intereses de Acindar con otros grupos económicos monopólicos.

Mientras sus camaradas de armas sembraban de cadáveres el territorio, López Aufranc integraba el Consejo Empresario Argentino y el Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales. Además fue consejero de FIEL (Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas), director del Instituto para el Desarrollo de Empresarios en la Argentina IDEA) y presidente de la Cámara Argentina de Comercio.

Si en 1978 inauguró la Planta Integrada, terminando con el monopolio de Somisa en la producción de acero a partir de mineral de hierro, si luego en 1981 absorbe a Gurmendi (que por entonces controlaba a su vez a Santa Rosa y Genaro Grasso) desprendiéndose de cuatro mil seiscientos trabajadores. De 12.795 asalariados que tenían las cuatro empresas en el 1979 pasó a 4.300 en 1992. Acindar se va a beneficiar de todo tipo de exenciones impositivas, avales para créditos, estatización de deuda privada externa, tarifas subvencionadas de gas y de energía eléctrica. Con la flexibilización laboral impuesta en 1991 -tras 40 días de conflicto-  que cerraría el ciclo iniciado con la “operación serpiente roja” de marzo de 1975.

El balance de 1992 informa a los accionistas la reducción de 2.000 operarios en Villa Constitución, quedando una dotación de 2.300 trabajadores con mantenimiento de los niveles de producción anteriores al conflicto del ’91 y una reducción de gastos del orden del 10%. La flexibilización impuesta terminó con el convenio colectivo e impuso la polifuncionalidad de los trabajadores quedando estos a disposición discrecional de la empresa para la tarea, el modo y tiempo de efectuarla que ésta desee abriendo paso a nuevos niveles de superexplotación generando reubicaciones y despidos masivos. Lo que en su momento se disciplinó a fuerza de tanquetas, falcón verde y gendarmería, ahora se impondría por medio de la extorsión más brutal: “aceptación o despido”.

Recién en 1995, el gobierno de Carlos Menem conseguiría aprobar en el Parlamento la ley de flexibilización laboral para concretar en todos lados lo que Acindar había conseguido desde 1991 en sus plantas industriales.

Como responsable del directorio de la acerera, Alcides López Aufranc firmó de puño y letra una carta fechada en 1977 y dirigida al grupo de accionistas. “…A partir del 24 de marzo de 1976, en que las Fuerzas Armadas, interpretando adecuadamente la gravedad de la situación, asumieron la responsabilidad histórica de tomar el poder para reordenar el país, se opera un cambio sustancial. Se restablece la disciplina laboral, se combate la subversión con toda intensidad y se encaran medidas económicas que permiten afrontar los compromisos de la deuda externa y reducir la inflación. Se limita el gasto público y se aumenta la recaudación impositiva…es evidente que en la República se respira otro aire, y que la capacidad y decisión de quienes han asumido la responsabilidad histórica de recuperar el país, permite ser optimista sobre el futuro. Cuando se hayan roto esas trabas al progreso y desaparezca la subversión, la Argentina iniciará un despegue acelerado, alcanzado en pocos años niveles de progreso y bienestar tales, que harán difícil recordar lo que fue nuestro pasado reciente…

No deseo terminar esta carta a los accionistas sin rendir un homenaje a los hombres que han dado su vida en la lucha contra la subversión y en defensa de nuestro tradicional estilo de vida, y a todos aquellos que han abandonado su tranquilidad e intereses personales para entregarse de lleno a la noble tarea de reorganizar y recuperar nuestra querida patria”.

Alcides López Aufranc murió sin haber sido juzgado por su rol durante la dictadura.

 

7* EL PIBE DE LOS ASTILLEROS

“Nosotros liquidamos la subversión, derrotamos al movimiento sindical y desarticulamos a la clase obrera. Todo lo que vino después fue posible por nuestra labor”- Juan Alemann, Secretario de Hacienda en el ministerio de Martínez de Hoz, al diario ‘La Nación’, 9-4-1987.

Las primeras instalaciones del astillero y establecimiento metalúrgico se establecieron en el Tigre durante la década de 1920, aunque la empresa se constituyó como sociedad anónima bajo el nombre de Astilleros Argentinos Río de la Plata S.A. (Astarsa) en los años ’40, teniendo como accionistas mayoritarios a la Sociedad Importadora y Exportadora de la Patagonia, propiedad de la familia Braun Menéndez, y Estrabou y Cía.

La empresa empleaba a mediados de la década del ’70 alrededor de 1.500 obreros, de los cuales 800 eran trabajadores metalúrgicos y 700 eran navales. Aunque los salarios pagados en la empresa eran relativamente altos, dado que la mayoría de los obreros realizaban tareas calificadas, el trabajo se desarrollaba en pésimas condiciones de salubridad: “El golpeteo incesante sobre metales y chapas poblaba el aire de ruidos sordos. Las emanaciones tóxicas de pinturas y material de soldadura producían afecciones pulmonares de distinto grado de complejidad. Los casos de esterilidad y accidentes de trabajo con las soldaduras autógenas eran frecuentes”, cuenta un trabajador.

Entre 1973 y 1975 la agrupación “José María Alessio” (el nombre de uno de los obreros muertos en uno de los “accidentes” en la fábrica), consiguió un impresionante avance en la representación de los trabajadores, y muchas conquistas sindicales, entre las que se destacó la creación de una Comisión Obrera de Higiene y Seguridad, que se relacionó rápidamente con el Instituto de Medicina del Trabajo, la Universidad Tecnológica Nacional, y vínculos estrechos con otras agrupaciones gremiales de fábricas de la zona norte.

“Queremos un astillero, no un matadero” era la consigna de los trabajadores.

Resultado de su accionar, y de su militancia en la Juventud Trabajadora Peronista (JTP), en 1975 varios de los obreros fueron secuestrados por grupos militares y salvajemente torturados, aunque la intensa movilización de trabajadores de las fábricas del Tigre y de vecinos logró su liberación.

En enero de 1976 continuaron los secuestros, y en febrero tres militantes aparecieron muertos, totalmente desfigurados. El día del golpe militar, el 24 de marzo, fuerzas del ejército al mando del coronel Molinari, quien se desempeñaba en la Escuela de Ingenieros de Campo de Mayo, acordonaron la entrada de los astilleros Astarsa, Mestrina y Forte, con tanques de guerra, carros de asalto y helicópteros, en un operativo que se extendió hasta el día siguiente. Con la anuencia de la empresa, que colaboró en las identificaciones, detuvieron a alrededor de 60 obreros, a quienes condujeron a la comisaría 1ª de Tigre. Además de los secuestrados, torturados y asesinados, son 16 los trabajadores y delegados que continúan desaparecidos hasta la actualidad.

El caso de Jorge Rampoldi sirve para ilustrar las relaciones entre la empresa, la burocracia sindical y las fuerzas militares. Rampoldi, hombre del peronismo integrante de la organización fascista CNU (Concentración Nacional Universitaria), se desempeñaba en un cargo administrativo de la oficina de personal de Astarsa -donde se lo conocía con el tétrico apodo de “capucha”-, a lo que sumó luego su rol como asesor letrado del Sindicato de Obreros de la Industria Naval (SOIN), para terminar formando parte de la intervención al sindicato, efectuada por la marina. 

Era este siniestro personaje quien recibía los familiares de los desaparecidos de los astilleros Astarsa y Mestrina, para decirles, cuando llevaban los telegramas de “abandono de trabajo”, que no podía hacer nada porque los despidos eran ‘con causa’.

Los trabajadores cuentan que el 16 de marzo de 1976, luego de que la esposa de uno de los obreros fuera secuestrada, un grupo de ellos se dirigió a la oficina de personal de Astarsa para notificar a la empresa de lo sucedido y requerir su colaboración para localizarla, Rampoldi les salió al cruce: “Ustedes no existen, ¿no se dan cuenta? Ahora cuando nosotros queremos los cagamos a tiros”.

Siguió en ese cargo hasta 1983, cuando fue elegido senador del Partido Justicialista y nombrado vicepresidente del Senado de la provincia de Buenos Aires. En 1987 es elegido diputado provincial por el peronismo y más tarde subsecretario de Trabajo de Duhalde, desde allí colaboró con el ascenso sindical del mafioso de la UOCRA platense, Juan Pablo “Pata” Medina. En el 2003 cuando el gobierno de Kirchner lo quiere designar director de Migraciones, un grupo de trabajadores sobrevivientes de Astarsa lo denuncian ante la Comisión de Derechos Humanos, impidiendo el nombramiento. Sin hesitarse continuó sus patrióticas tareas desempeñándose como asesor letrado de Hugo Moyano.

Uno de los obreros de Astarsa sobreviviente de la represión, Héctor González, que continuó trabajando algunos años más, cuenta sobre el día a día en el astillero: “no hablaba con nadie…De los muchachos no quedaba nadie, de los chicos con los que jugaba al fútbol, nos juntábamos para Navidad, para Año Nuevo, no quedaba nadie…Después me entró a pasar algo cuando iba a laburar a Astarsa…cuando ya no estaban los muchachos…cruzaba la barrera para adentro y me entraba a doler la cabeza…todos los días”.

 

8* A MODO DE EPÍLOGO

Ya no hay huelga en las fábricas, ni manifestaciones en las calles, ni pintadas en los muros. Los mejores compañeros están desaparecidos. Cada fábrica funciona como un campo de concentración…”. Sin embargo, el trabajador piensa, mientras monta una válvula, “…yo estoy aquí, con mi miedo y mi angustia, y sobre todo con mi rabia silenciosa… resisto”.

                                                                                                                             

 

 

 

 

 

 

 

LAS FUGAS, PEQUEÑAS VICTORIAS EN LOS CENTROS CLANDESTINOS

                                                                                                   Patricia Rodríguez Los centros clandestin...