lunes, 9 de marzo de 2026

Florencio Varela a 50 años de la dictadura

                                                                                         Pablo Carrera y Néstor Denza

 


   Los 50 años transcurridos desde el último golpe de Estado brindan una buena oportunidad para hablar de nuestro pasado reciente. La importancia que le solemos dar a los aniversarios “redondos” se acrecienta por la indiferencia hacia el pasado que vivimos en estos tiempos y que nos obliga a reflexionar sobre la misma. Esta tarea resulta especialmente necesesaria para quienes trabajamos y reivindicamos a la Historia como una referencia ineludible a la hora de entender el presente. Lo primero que queremos decir es que la dictadura cívico militar no fue la aventura de un puñado de militares y civiles malvados, sino la puesta en marcha de un plan de exterminio y de reajuste económico cuyas consecuencias perviven en la actualidad.

   El Plan Cóndor convirtió al cono sur del continente en un escenario donde el proyecto neoliberal se abrió paso a sangre y fuego, y en el cual se impuso por la fuerza sobre los distintos proyectos que las izquierdas habían esbozado para sus países, con sus particularidades, con sus diferencias y hasta con sus contradicciones. Por ejemplo, habían surgido alternativas que pusiseron en jaque la dominación capitalista tradicional. En este contexto mundial y continental de profunda crisis, con revoluciones triunfantes o en ciernes, la confianza popular se depositó mayoritariamente en aquellos procesos que enfrentaban a los poderes locales en pos de la construcción de sociedades más justas. Esta coyuntura enfrentaba directamente los intereses de los grupos de poder y del Imperio, quienes no dudaron en ajustar su control elaborando un plan continental de dominación y exterminio. Las dictaduras militares y civiles fueron parte de ese plan impulsado por los EEUU, que contó con el apoyo y la complicidad de las oligarquías locales. Las dictaduras gobernaron en el cono sur. En Chile, Uruguay, Brasil, Paraguay y Bolivia se instalaron como forma de gobierno y llevaron adelante un plan económico basado en el endeudamiento y la desindustrialización. El capital financiero imponía un reacomodamiento de los patrones de acumulación y necesitaba de la violencia para hacerlo. Los militares que tomaron el poder respondían a los condicionamientos que el imperio ejercía en ese momento. Las dictaduras latinoamericanas mostraron, una vez más, la cara más cruel del poder. En el sur de nuestro continente, la persecución y la muerte planificadas desde el Estado marcaron una época en la que el gran capital disciplinó a la sociedad mediante la represión y el miedo.

   

   En nuestro país, la violencia desatada contra los sectores populares no puede entenderse sin considerar el temor que les generó a las clases dominantes el avance y el consenso que los proyectos contrahegemónicos lograron consolidar hacia finales de la década de 1960 y principios del 1970. Si bien la actitud represiva del Estado hacia los sectores populares no fue una novedad, lo que diferenció ese momento histórico fue la magnitud y la crueldad planificada que ejecutaron las FFAA como fuerza de choque de la oligarquía. La represión estatal, en mayor o menor medida, había estado presente a lo largo del s. XX, pero desde el Cordobazo en adelante (momento álgido de la lucha de clases en nuestro país) se inauguraron nuevos métodos represivos cuyas marcas siguen presentes: la desaparición de personas y el robo de bebés. La violencia, el terror, la mentira y las campañas sucias inundaron el país, dejando su marca en toda la sociedad. En algunas provincias y zonas puntuales esta represión se sintió de manera mucho más vívida. Algunos municipios, por características particulares de sus desarrollos económicos y poblacionales, tuvieron un accionar represivo mayor: ese fue el caso de Florencio Varela. Ubicado al sur del cono sur, el municipio de Florencio Varela también tuvo su historia durante la dictadura, una historia que vale la pena revisitar, una historia que nos interesa rescatar porque pervive en la memoria colectiva e individual y, especialmente, en la otra historia, no la de los dueños de todas las cosas, sino la nuestra.

    

Documental "Los Pibes del Santa".

    Al achicar la escala de observación y centrarnos localmente en Florencio Varela vemos que este distrito del sur es sustancialmente representativo de lo que sucedió en nuestro país. En Florencio Varela hubo hombres y mujeres trabajadores que, con compromiso político, se organizaron, lucharon y proyectaron una sociedad mejor. La contracara de esto fueron los secuestros, las desapariciones,  los robos de bebés, las muertes y la infame colaboración de vecinos “ilustres” con el poder represivo. Cuando en 1985 se conoció el Nunca Más, uno de los datos que graficaba el libro era que más del 50% de las víctimas de la dictadura habían sido estudiantes y trabajadores. Florencio Varela reafirma este dato. No sorprende que la mayoría de las víctimas del terrorismo de Estado se hayan concentrado en el pueblo trabajador. La publicación en 2005 del libro Los que no están. Desaparecidos y dictadura cívico militar en Florencio Varela (1976-1983) reconstruyó esas historias de vida y dio cuenta de ello.

En la larga lista de víctimas del distrito predominan los y las trabajadoras; muchos y muchas delegados/as sindicales y/o militantes políticos, tanto en el distrito como en sus alrededores. Trabajadores fabriles, ferroviarios, municipales, docentes y profesionales de la salud fueron afectados por el terrorismo estatal, pero la represión se ejerció con mayor despliegue en el ámbito fabril. Si la dictadura quería terminar con la organización obrera, debía también desterrar las condiciones de posibilidad que generaban esta organización. Las fábricas se convirtieron en el foco represivo más intenso junto con la destrucción del aparato productivo y el fin de la industria nacional. Las mismas fueron condiciones necesarias para obturar los vínculos que los/as trabajadores tenían en sus lugares de trabajo.

     Represión fabril y desindustrialización fueron objetivos que la dictadura persiguió en su proyecto político y económico. La cantidad de desaparecidos/as y desocupados/as en Florencio Varela demuestra que ese plan, sumado a la proliferación del miedo al “no te metás”, cambió radicalmente los vínculos comunitarios una vez acabada la dictadura. Pero la Historia no terminó ahí. A pesar de esta desarticulación social, existe actualmente una insistencia incansable de los sectores populares para rebelarse frente a las desigualdades socio-económicas y ante el poder que las genera. Es nuestro trabajo y el de las generaciones venideras ejercitar la memoria, reivindicar la lucha y el compromiso con la Historia, para que la misma no se fosilice en el pasado, sino que perdure en el presente y por qué no en el futuro.

 

Represión estudiantil

 

  La trama de secuestro, tortura, desaparición y muerte que asoló nuestro país durante la dictadura cívico militar tuvo también su capítulo represivo dentro de las escuelas varelenses. A pesar de que Varela era, por aquel entonces, todavía un pequeño pueblo, el discurso y las prácticas autoritarias penetraron profundo en el andamiaje educativo.

   En el mes de octubre de 1977, el Ministerio de Cultura y Educación emitió el decreto N. 538 que hizo obligatoria la lectura del folleto titulado “Subversión en el ámbito educativo: conozcamos a nuestro enemigo”. El documento constituía un llamado claro y lineal a la labor de inteligencia militar dentro de las escuelas e invitaba a los educadores y educadoras a reconocer dentro del alumnado y del personal docente la infiltración marxista, para arrancarla de raíz. La circulación de este líbelo en la comunidad varelense empoderó a las autoridades educativas que compartían el imaginario represivo de la dictadura.

   Los numerosos testimonios de estudiantes de la época que se recogen en el libro Los pibes del Santa. Represión estudiantil en Florencio Varela (1976-1983), aseguran que a los pocos meses de perpetrado el golpe de Estado comenzó a extenderse un discurso autoritario que se sirvió de las amonestaciones, de las inspecciones sobre la vestimenta y el corte de pelo, de un riguroso control de los diálogos y las formas de comportamiento que no fueran las “indicadas”, para imponer, a través del aparato educativo, el disciplinamiento social. Esta instalación de un modelo educativo basado en el terror se hizo extensiva al marcaje del indisciplinado, es decir, de aquel que por algún motivo se negaba a adaptarse a las formas de pensar, actuar y vestir del discurso dominante. El mismo quedaba marcado como el indaptado o, como se decía en la época, el subversivo.

   En nuestro distrito, el caso emblemático de la represión estudiantil fue el Instituto Santa Lucía, que fundado en 1961, era uno de los pocos colegios de nivel secundario en Florencio Varela. Como escuela privada, el Santa (como suele denominárselo) tenía una matrícula compuesta mayoritariamente por hijos/as de comerciantes y profesionales del “centro” de la ciudad. Sin embargo, con los años y a falta de otras ofertas educativas (no existían todavía escuelas secundarias en los barrios) comenzaron a concurrir a ella hijos e hijas de la clase trabajadora, lo cual le brindó a la escuela una mixtura social particular en la que se expresarían también las pasiones políticas de la época.

   El colegio estuvo dirigido desde su fundación por el rector Modesto Evaristo Rodríguez, conocido comúnmente como Tino. Proveniente de una de las familias tradicionales del distrito, propietaria de comercios y tierras, Tino fue lo que se dice un tipo de “derecha”. El rector intentó hacer de la escuela un proyecto fascista exitoso, en el que su autoridad estaba por encima de todo, aunque brindaba ciertas libertades para el desarrollo de actividades deportivas e incluso culturales. Por ejemplo, todos los años se festejaba en el colegio la Fiesta de la Flor, un evento multitudinario que contaba con la participación activa del alumnado y de sus familias.

   La agitación social de los años 60 y 70 repercutió en la juventud de la época, la cual vivió un acelerado proceso de politización. Sin la participación de la juventud no puede explicarse un fenómeno fundamental de la vida política de nuestro país como el Cordobazo. A escala menor, el colegio Santa Lucía reflejaba en su alumnado las mismas pasiones que a nivel nacional. Entre sus alumnos y alumnas había quienes participaban de las diferentes variantes del peronismo, del radicalismo y de las distintas corrientes de izquierda. A medida que el clima represivo se hacía más fuerte a nivel nacional, a la par de la politización dentro del colegio, un grupo de alumnos de la promoción 1974 comenzó a cuestionar el accionar autoritario del rector a través del Gres (Grupo de Resistencia Juvenil) ligado al Partido Comunista Marxista Leninista (PCML). Como no podía ser de otra manera, la reacción de Tino fue violenta y propició la persecución de los supuestos revoltosos o “subversivos”, como a él gustaba llamarlos. El rector organizó grupos paralelos de estudiantes leales, en un símil de “centro estudiantil”, pero manejado por él, con el objetivo de apartar a los y las estudiantes del GRES de sus compañeros y compañeras.

   Con la llegada de la dictadura y sin la presencia de la combativa promoción 74, la institución tuvo todo el aval de las nuevas autoridades para hacer de la escuela un lugar donde la actividad política estuviera claramente vedada. Tino se jactaba de haber visto pasar por el pasillo a los demonios y ante el alumnado decía envalentonado que “por suerte hoy ven crecer los rabanitos desde abajo”. ¿A quienes se refería? A los 10 ex alumnos/as que entre los años 1976 y 1979 fueron secuestrados/as, llevados a centro clandestinos de detención y luego torturados/as, asesinados/as y desaparecidos/as. Las familias de dichos/as estudiantes solo han podido recuperar los cuerpos de dos de ellos: los nikkei Julio y Horacio Gushiken. Una investigación reciente titulada La ciudad flagelada (2024) agrega a nuestra investigación la desaparición de la profesora Beatriz Mariana Quiroga de Porfirio, que trabajó en el colegio desde el año 1969 hasta 1971 y otros casos similares dentro de nuestro distrito.

   Aunque a la vuelta de la democracia Tino Rodríguez fue denunciado por apología del delito por ex alumnos/as de la escuela y recibió el repudio del Concejo Deliberante varelense, el rector siguió manejándose con la impunidad de siempre hasta el día de su muerte. Entre otras cosas, fue parte de un grupo de varelenses que iban a visitar a la cárcel al genocida Videla. Gran parte de la comunidad santalucina lo defendió al momento de las denuncias judiciales, preanunciando las dificultades e idas y vueltas que sufre nuestro país a la hora de recuperar la memoria sobre lo ocurrido durante la dictadura. A 50 años del comienzo de la dictadura genocida y ante un gobierno nacional actual que hace del negacionismo uno de sus estandartes, ejercitar la memoria y recordar a quienes lucharon por la construcción de una sociedad sin explotación ni opresión es más que un acto de justicia, es una acto de rebeldía imprescindible.

 

Marzo de 2026

Pablo Carrera

Néstor Denza

 

 

 

 

 

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