Jorge Montero
“Dejará la
memoria, en donde ardía”.
Francisco de Quevedo
Indicios,
informaciones de soslayo, algunas llamadas telefónicas de un laconismo
exasperante. Alertas casi telegráficas, mensajes que quedarán sin contestar. “No vayas a la casa de…, que es una
ratonera”. Se cargan en vilo a Haroldo Conti. Su compañera Marta Scavac
grita desesperadamente que no se lo lleven; después escapa con sus dos hijos
por una ventana. Rodolfo Walsh cae herido de muerte en el barrio de San
Cristóbal, la patota de la ESMA lo sube al auto. Su cuerpo nunca será
encontrado. A cada desaparecido
corresponden, en efecto multiplicador, otras desapariciones. Desaparición de la
libertad de pensar, de hacer pública nuestra opinión, libertad de actuar, de
producir, de crear. De la alegría. El resto es silencio.
Percepción
de que algo terrible, irremediable, está ocurriendo en las sombras. Las redes
de comunicación se disuelven en la noche pavorosa. El periodista Enrique Raab
desaparecido. A Rafael Perrota, editor de ‘El Cronista’, “se lo chuparon”. Paco Urondo muere acribillado en una emboscada en
Mendoza. ¿Dónde estarán esos cronistas, dónde esos poetas que como él, como
Roberto Santoro o Miguel Ángel Bustos, habían creído con Mayacovsky en un
futuro socialista? A los treinta y tres años, Bustos se preguntaba “¿A dónde me conducirá la locura que no sea
el corazón de los hombres?”. A Miguel Ángel lo arrancaron de su hogar una
noche de mayo del 76, encerrados en la cocina su compañera y el pequeño
Emiliano, hoy, como su padre, poeta. Un año después se llevaron a Roberto
Santoro de la Escuela Nacional de Educación Técnica N°25 del barrio de Once
donde trabajaba. Fundador de ‘El
Barrilete’, una de las revistas literarias más importantes de los años 60,
bajo el cimiento de que “Si mi poesía no
ayuda a cambiar la sociedad / No sirve para nada”.
Letras
con filo. Lucina Álvarez y su compañero Oscar Barros, asiduos colaboradores,
fueron secuestrados de su hogar en mayo de 1976 y jamás se supo de ellos. El
volumen ‘Palabra viva’, editado en
2005, compila trabajos de la pareja y de un centenar de autores desaparecidos,
algunos ya consagrados como Germán Oesterheld -guionista de historietas
inolvidables como ‘El Eternauta’-, y
muchos más que apenas habían comenzado a florecer. Tenía Alcira Graciela
Fidalgo veintiocho años cuando la secuestró una patota al mando de Astiz. Hija
del notable poeta jujeño Andrés Fidalgo, con voz propia escribe por la muerte
del Che, y tal vez por la suya: “Su cara
era lo único humano / entre tantos despojos. / (Una última y precaria pureza /
se inscribe para siempre.) / Nuestro final será / -de alguna forma- / el
encuentro de todos / con su oficio de aurora.”
Veinte
años, Marcelo Gelman, poeta y periodista, desaparecido con su compañera en
agosto de 1976. Su padre, el poeta Juan Gelman, pasaría años buscando a la
nieta nacida en cautiverio -Macarena- hasta encontrarla, ya adulta en Uruguay.
Otros treinta y dos escritores viven en aquel volumen, de quienes apenas puede
reconstruirse su biografía, y muy poco de la obra escrita, porque durante la
noche de los chacales, con la vida se perdía también la posibilidad de
trascender.
Para
los seres queridos comenzaba el calvario de la búsqueda, en medio de un pacto
de silencio impuesto a sangre y fuego por la corporación militar con la
complicidad de los grandes medios de prensa. La falta absoluta de información
sobre la suerte de cada desaparecido constituyó un elemento más de tortura
sicológica para la familia y los compañeros; nada más difícil de soportar que
una prolongada incertidumbre. Noche y niebla. La dictadura atornillaba su poder
no sólo por medio de la represión concreta, sino también a través de la
expropiación de la identidad y de la permanente intimidación colectiva. En
medio de la noche interminable, el 30 de abril de 1977 surgieron los
pañuelos/pañales blancos de las Madres de Plaza de Mayo, que así, poniéndole el
pecho al terrorismo de Estado, le pusieron nombre al genocidio. Y lo dieron a
conocer por todo el mundo.
Humberto
Costantini puede salvar la piel, huye con lo puesto hacia lo desconocido.
Aunque la “suerte” acompañe al exiliado en tierras lejanas, la vivencia nodal
será el desgarro, el extrañamiento, el injerto con dolor. David Viñas consigue
una cátedra, pero es en Copenhague. A pesar de todo llevará en alto su solemne
pobreza y dos heridas que no cerrarán, una por cada hijo desaparecido, y para
vivir dará clases o recogerá cosechas, en Italia, Francia, Alemania o España.
Desde el destierro escribe ‘Cuerpo a cuerpo’,
arremetiendo a cuchillo contra la dictadura. Héctor Tizón sólo consigue empleos
de temporada. Daniel Moyano, escapado de La Rioja, trabaja en una fábrica,
consumiéndose lentamente bajo el fuego de la nostalgia. Antonio di Benedetto, con cuatro simulacros
de fusilamiento a cuestas y el más viejo de todos, en una revista médica.
Honestos oficios terrestres, mientras esperan recuperar algún día la profesión
de escritor. La lista es inmensa dentro del desorden del exilio: Vicente
Battista, Osvaldo Bayer, Jorge Boccanera, Nicolás Casullo, Griselda Gambaro,
Juan Gelman, Leónidas Lamborghini, Blas Matamoro, Néstor Perlongher, Pedro
Orgambide, Cristina Siscar, Osvaldo Soriano, Alberto Szpumberg, continúan los
nombres.
Y no
falta quien, superado el primer desgajo, se pierda en el desexilio, el retorno.
La segunda y problemática inserción. Lo llamaban “el juglar de la Revolución”.
Corrían los años 60 y había cambiado Ciesler, su apellido europeo, por Huasi
-“la casa de todos”-. Julio Huasi visitador de fábricas en huelga y cárceles
con presos políticos, como él mismo lo fuera en otra dictadura. Cortázar le
escribe: “Querido tocayo: (...) Te
imaginas lo que siento al leer ‘Asesinaciones’, lo que puede sentir un
argentino ante cada uno de esos poemas. Y digo cada uno porque es así, porque
no hay ni uno solo que salga de esa línea espantosamente lúcida(...). Y cuando
llegué al ‘El Gurí’ se me aflojó la canilla, que querés, la presión de todo lo
ya leído me cayó en la espalda”.
En ‘El
Gurí’ Huasi cierra: “mi pibe, cabrito,
chango, botija, gurí, chaval, le hablo en mil idiomas, / tu hermana está muy
lejos tras un mar nos miramos en silencio, / papá les dejará un tesoro bárbaro
de herencia, / siete versos inservibles, una navaja que cojea, / las banderolas
del pantalón, cáscaras de ilusos delirios / pero antes de eso les prometo un
buen bailongo, una gran / fogarata, y los niños serán reyes y las patrias
alegrías, / no te aflijas, guachito, total qué si venceremos, / nunca estuvo más
oscuro que antes de atacar”.
Rabia,
angustia, desesperación. Impotencia. Al cabo de su exilio español, encuentra en
Buenos Aires un trabajo en la revista ‘Punto Final’, y una militancia en el
periódico de las Madres de Plaza de Mayo. Aun así, no acierta un horizonte para
soñar. Y un día de marzo de 1987, el descubridor de neologismos, “matria mía”, “serumano”, “yanquería”, “gardelaire”,
“asesinaciones”, decide irse de todo
y de todos en la soledad de una pieza de alquiler.
“Sin embargo / no crean / A veces hay
relámpagos. / Son breves, pero existen. / Se fraguan por abajo…”, así dice Armando Tejada Gómez.
Lo secuestraron en Rosario. Se lo encontró malherido a un costado de la ruta a
Buenos Aires. El poeta se exilió en España con su amigo Hamlet Lima Quintana.
Pero ninguno resistió el extrañamiento, y retornaron los dos a la Argentina
para inventarse un exilio interno. Exilio que Armando ponía en riesgo al
distribuir soterradamente sus poemas escritos en dictadura, y que reunirá más
tarde en un libro, ‘Bajo estado de
sangre’.
Dispersos,
desolados, desnudos en la pesadilla, escondiéndose del monstruo de mil cabezas,
otros decidieron permanecer aquí, porque estaban anclados en afectos que no
podían dejar, por mera obstinación, por ingenua omnipotencia, o simplemente
porque no pudieron trepar al tren del exilio; se inventaron nuevos nombres y
lugares secretos bajo la superficie incendiada de la gran capital. Algunos se
armaron una nueva vida en estado latente bajo el precario sosiego, siempre
sospechoso, de los pueblos pequeños.
Sobrevivir
en emergencia. Cambiar abruptamente de domicilio, a menudo en préstamo; cambiar
también de nombre, inventarse nuevos oficios, por lo común con pagos “en negro”
y una escuálida relación de dependencia, lejos de los lugares de concentración
de trabajadores. Corretajes, artesanados, colaboraciones periodísticas bajo
seudónimo, labor de “escritor fantasma” que reescribe textos de novatos, o
pergeñar alguna experiencia de autogestión. Y cuando no, comer salteado. No
intimar con vecinos, pero sin mostrarse huraños, por las dudas. Visitar
familiares o amigos fieles recorriendo antes y después calles, para confirmar
no ser seguidos y no “quemar” domicilios. Enterrar con premura en jardines los
libros y discos amados, cada vez el aire se enrarece todavía más.
La
poeta Diana Bellessi busca refugio en una isla del delta del Paraná. En sus
fugaces retornos a la ciudad, graba entrevistas a las Madres de Plaza de Mayo y
remite el material al exterior. Poeta y editor empedernido, José Luis Mangieri
envía a su familia a casa de parientes en provincia y vive confinado en un
modesto cuarto de Parque Patricios. La anécdota no tiene desperdicio: Estando
en la clandestinidad, se arriesgó a visitar a su madre ya mayor, que vivía en
el caserón familiar de Floresta. Lo hizo con tal suerte que llegó en el mismo
momento en que el ejército estaba realizando un procedimiento en la casa, lo
buscaban a él. Tocó el timbre, vio a su madre que abrió la puerta sin decir
palabra, rodeada de militares, y Mangieri dijo: “Señora, soy el electricista. Veo que está ocupada. ¿Le parece que pase
en otro momento?”. “Sí, por favor, venga más tarde”, fue la respuesta de la
madre, que no en vano había criado a ese hijo. Y así Mangieri se salvó de un
destino probablemente fatal.
Leonor
García Hernando talentosa, de enorme voluntad de trabajo. Era adolescente
cuando dejó su Tucumán natal, cuyos montes el general Bussi convirtió en un
pequeño Vietnam, como sangriento preámbulo de la dictadura del 76. Eligió
quedarse en Buenos Aires, vendió libros para sostenerse, cumplir una labor
militante en las Nuevas Promociones, espacio abierto en la SADE (Sociedad
Argentina de Escritores), al impulso de un colectivo de jóvenes que querían
reunirse, respirar algo de oxígeno. Y leer sus poemas y relatos ante un público
dispuesto a desafiar las recomendaciones de recluirse en casa. “Tuvimos un tiempo raro / encarnábamos la
historia agria de traición / en todo caso / nuestros cuerpos fueron la pampa de
los matarifes / y, es cierto, nuestra piel era tensa como tela a punto / de
rajarse. / La noche sería de lápices rotos en los estuches / de lámparas
pesadas como un rastrojero / en el barro / un celofán cubría las bocas / el
escribiente tardaba en cerrar los envases de tinta / del pupitre / y todavía la
sangre recibía una linfa de amapolas”,
describió Leonor esa época.
Leer y
escribir, leer y escribir. Andrés Rivera se mete de lleno en una literatura que
no olvida ni por un segundo la política. “Viví
en Córdoba de 1970 a 1974. Fui un testigo privilegiado de las luchas obreras y
de la represión descargada contra ellas. Conocí a muchos dirigentes de
Sitrac-Sitram y salvamos varias veces nuestras vidas por azar. De haber seguido
en Córdoba, ninguno de nosotros estaría vivo. Nuestro teléfono estaba en las
agendas de todos. Susana -su compañera-
viajaba una vez por mes de Buenos Aires a Córdoba a llevar dinero para las
mujeres de los dirigentes del Sitrac que estaban presos. Esos hombres, ahora,
hoy, son hombres olvidados, viejos, cansados”. En 1972, Rivera publica los
cuentos de ‘Ajuste de cuentas’. Y
después, el silencio: “vino la dictadura,
y yo no podía publicar por dos razones. Primero: ningún editor habría querido
hacerlo. Segundo: si publicaba, iba a dar lugar a equívocos peligrosos. Pero
escribí ‘Nada que perder’ y ‘Una lectura de la historia’. Allí estaba el trabajo
de diez años de silencio forzado. El mismo silencio que le ocurrió a muchos”.
El silencio de diez años de Rivera, entre 1972 y 1982, fue el silencio de un
país, el silencio de las mayorías desposeídas. Andrés Rivera tomó nota de ese
silencio. Leer y escribir. Lacónico. “La
izquierda lee, la derecha asesina”.
También
están los otros. Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, el sacerdote Leonardo
Castellani, el presidente de la SADE Horacio Ratti, asisten a un almuerzo muy
particular. El 19 de mayo de 1976 los recibe en la Casa de Gobierno, Jorge
Rafael Videla. Tiende una línea de “diálogo” con intelectuales insospechados de
colaborar con la “subversión”. Borges y Sábato, terminado el ágape, elogian al
anfitrión ante la prensa.
A
comienzos de los 70, la revista faro era ‘Crisis’.
Muy pronto tuvo sus desaparecidos, entre ellos Haroldo Conti, por lo que debió
cerrar en agosto de 1976. Y Eduardo Galeano, Aníbal Ford y Zito Lema, de su
mesa de redacción tuvieron que exiliarse entre gallos y medianoche. Una mañana, algunos meses antes, Juan Gelman
apareció en la revista y dejó sobre el escritorio de Galeano un paquete
envuelto en papel de diario y atado con piolines. “Me tuve que mudar de casa. No sé adónde. Salgo a buscar. Cuidame las
pertenencias”. La próxima noticia de Gelman llega en carta desde Roma,
donde lo dejó el avión que lo salvó raspando de la condena a muerte: “Como ves, soy jodido para querer. La mayor
parte del tiempo, me basta con hacerlo. Sé que no es suficiente. Somos muchos
los que andamos con el cariño estropeado, pero hay que tener valor para sacarlo
de adentro con estropeaduras y todo”.
Después
de un año y medio de dictadura, la escena no resultó extraña a los atemorizados
vecinos del barrio de Once. El reloj de Federico Manuel Vogelius, editor de ‘Crisis’, marcaba poco más de las cuatro
de la tarde cuando fue interceptado por una patota del Primer Cuerpo de
Ejército, y secuestrado con fines extorsivos. Seis meses después pudo escapar.
Pero Fico, “el mecenas florentino del
subdesarrollo”, no pudo aventar su destino y en 1978 fue nuevamente
detenido y puesto ahora a disposición del PEN. La campaña oficial “Los argentinos somos derechos y humanos”
estaba en su apogeo.
Simultáneamente,
en Rosario, crepitaban a manos de los émulos locales del III Reich, libros
reunidos con esfuerzo por la Biblioteca Popular Vigil, con un ambicioso
proyecto de difusión de la lectura, en escuelas, cooperativas y un
observatorio. El 30 de agosto de 1980, se repetía el rito en un baldío de la
periferia bonaerense. Ardían más de un millón y medio de libros y revistas del
Centro Editor de América Latina (CEAL), fundado por Boris Spivacov. Al día
siguiente, treinta mil obras publicadas por la Editorial Universitaria de
Buenos Aires (Eudeba) se incineraban en los cuarteles militares de Palermo. Los
chacales satisfechos. Para Julio Cortázar un “genocidio cultural”.
En
junio de 1976, antes de partir a su exilio en México, Carlos Patiño le pide a
Roberto Santoro -su compañero del ‘Barrilete’-que
también él deje el país: “Esta guerra
está perdida. No vamos a poder enfrentarlos, nos van a matar a todos. Cuando
vengan, ¿con qué les vas a tirar? ¿Con libros?”. Santoro no se va. Apenas
20 días antes de ser secuestrado, escribe: "Qué
desgracia que no alcance el tiempo y uno tenga que remar como un esclavo en
medio de este trabajo que no da ni para llegar a fin de mes, sabiendo encima
que existe la posibilidad de caer en cualquier momento y por cualquier cosa. El
ruido de las sirenas lo tenemos de música de fondo. Dale que dale, como un
organito represor y desesperado. Oh, el mundo occidental y cristiano. Un día
florecerá la vida y el sol tendrá el color que se merece. (...) Cada día se
necesita más aliento. Vivir se ha puesto al rojo vivo, así dice Blas de Otero.
Vale. Están todos presentes. También los otros. El recuerdo es una aguja
permanente que nos está cosiendo y descosiendo el alma. (...) El futuro me
acompaña. Es el amor permanente, fiel, que nunca me abandona. No le pienso dar
tregua."
Es duro
el corazón de la verdad. Pero ineludible. Para poner el pasado en tiempo
presente, y así ganar el futuro. Para que el resto no sea silencio.
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