martes, 21 de abril de 2026

LAS FUGAS, PEQUEÑAS VICTORIAS EN LOS CENTROS CLANDESTINOS

                                                                                                   Patricia Rodríguez

Los centros clandestinos de la dictadura fueron concebidos como una máquina de exterminio. Pretendían sustentar el poder omnipotente  de adueñarse no sólo de la vida de los cautivos, sino también de la muerte. El mecanismo de aniquilamiento que empleaban  intentaba succionar  la humanidad del detenido, despojarlo de su identidad, convertirlos en  “cuerpos sin identidad, cadáveres sin nombre” según analiza Pilar Calveiro en su libro “Poder y desaparición”. Sin embargo, a pesar de estas pretensiones del poder desaparecedor, la autora señala que se fueron dando pequeñas  resistencias, pequeños puntos de fuga que lograron restituir algo de la humanidad arrebatada. En este sentido, la autora destaca que la risa, el engaño, la simulación de colaboración, el hecho de no “cantar” durante la tortura o de dar información inútil y la fuga, constituyeron formas en las que los detenidos lograron quebrar  el poder desaparecedor.

La fuga de los centros clandestinos representó la ruptura de la relación poder-obediencia. Eran pequeñas victorias llevadas a cabo por los detenidos desaparecidos y el fracaso del poder represor y su sistema de dominación. Por consiguiente, luego de ocurrida la fuga, cerraban el centro clandestino, como el caso de automotores Orletti, desmantelado luego de la fuga de Graciela Vidaillac y José Ramón Morales. Ambos militantes de las Fuerzas Armadas de Liberación de Argentina, secuestrados el  2 de noviembre de 1976, por la patota de Aníbal Gordon y trasladados al centro clandestino Automotores Orletti. José llegó herido y lo recluyeron en una habitación contigua a Graciela que quedó colgada de las muñecas luego de la brutal tortura. Había amanecido cuando Graciela percibió que los torturadores dormían y decidió soltarse las ataduras para ir en busca de José.  Se produjo una balacera entre la patota y la pareja en la que Graciela resultó herida en el hombro. Corrieron hacia la calle hasta dar con las vías del ferrocarril Sarmiento y cruzar  antes de que pasara el tren. Ya exiliados, llegaron a Nicaragua donde José muere en una emboscada del dictador Somoza.

También,  tras la fuga de cuatro detenidos  desaparecidos, desarticularon e incendiaron el centro clandestino “Mansión Seré”, con el fin de borrar las marcas de su uso represivo. El día 24 de marzo de 1978, Claudio Tamburrini, Daniel Rusomano, Guillermo Fernández y Carlos García se escaparon, utilizando varias frazadas atadas en una de las ventanas del primer piso de la casa. Esposados y desnudos eludieron a la custodia. Pero, cuando se produjo el cambio de guardia, notaron el escape y  enviaron helicópteros que sobrevolaron el lugar por poco tiempo, porque la lluvia torrencial dificultaba el vuelo.  En plena noche corrieron hasta dar con una casa, donde Guillermo tocó  timbre, mientras el resto permanecía oculto. Una señora lo atendió, le permitió hacer una llamada telefónica y le ofreció ropa y dinero para el colectivo. Guillermo salió en busca de ayuda y a las horas, el padre de García, en su auto, rescataba al resto del grupo. 

La  fuga de Sergio Bufano permitió el cierre del centro clandestino Casa Franklin, en Caballito, dependiente de la Fuerza Aérea, y  vinculado a "Virrey Cevallos". El 8 de julio de 1976, Sergio Bufano y Guillermina Elsa Santamaría Woods, militantes de la Organización Comunista Poder Obrero fueron llevados a  Casa Franklin. Primero comenzaron torturando a Guillermina quien al informar sobre una dirección falsa, permitió que la patota abandonara el inmueble. En Franklin 943 quedaron solamente Sergio, Guillermina y dos guardias. Bufano inventó un padecimiento cardíaco y mintió sobre su filiación con el periodista del diario La Razón, Alfredo Bufano. Golpeado, vomitado y perdiendo sangre, logró que los militares le quitaran las esposas y, mientras el guardia entraba y salía del lugar, aprovechó para levantarse la capucha y mirar alrededor. Vio una escalera y un hueco que lo comunicaba al garaje donde había un Fiat 600. Buscó sin éxito algún arma, pero pudo notar que la puerta del lugar estaba cerrada con un destornillador. Logró abrirla y comenzó a correr. Ensangrentado y todo vomitado subió a un colectivo, se justificó ante el chofer, diciendo que había tenido un accidente. Apenas recuperado, buscó a sus compañeros y esa misma noche volvieron armados a Franklin 943 con la intención de liberar a Guillermina, pero el centro clandestino había sido abandonado por los militares. Bufano, en el exilio denunció ante los medios los secuestros y desaparición de personas en Argentina

La quinta de Funes en Santa Fe, se cerró en enero de 1978, luego de la fuga de Edgar “Tucho” Tulio Valenzuela. A principios de enero, Tucho,  su esposa Raquel Negro y el hijo de ella fueron secuestrados en Mar del Plata y trasladados a La Quinta de Funes. Tucho simuló estar quebrado, por lo tanto, los militares ponen en marcha la Operación México, que consistía en infiltrar a Valenzuela en la reunión que realizaría Montoneros en México y atentar contra los dirigentes de la organización. Para ello, junto a Tulio  viajaron un montonero "quebrado" (Carlos Laluf) y tres militares. Como garantía de que Valenzuela no se fugará, el Ejército retuvo como rehenes a su mujer e hijo. Raquel decidió su propio sacrificio y aceptó todas sus posibles consecuencias. Tulio logro fugarse de México y denunciarlos allí y en Europa generando un escándalo internacional. Al poco tiempo, Tulio regresó a la Argentina en el marco de la Primera Contraofensiva y, al verse cercado por integrantes de un grupo de tareas de la ESMA, se suicidó ingiriendo una pastilla de cianuro.

La otra pequeña victoria, encarnada por Víctor Hugo “Beto” Díaz, militante de la JP Montoneros, ocurrió  en febrero de 1977, cuando lo trasladaron al Regimiento 3 de Infantería de La Tablada, en el baúl de un auto. Luego de la tortura sufrió un desmayo, pero igual seguía escuchando. Atado, vendado en un catre logró liberarse de las ataduras con los dientes cuando escuchó los ronquidos del guardia. Le sacó el arma, le dio un golpe en la cabeza y le preguntó dónde estaba. Se puso la camisa del represor y corrió hasta un alambrado que trepó, mientras un centinela daba aviso al resto. En la calle siguió corriendo hasta dar con un empleado de la Serenísima que le indicó el camino. Cerca de unos monoblocks habló con un portero quien le dio su camisa y dinero para el colectivo. A los meses de escaparse, Beto continuó militando y en un operativo del Ejército, en la vía pública, junto a otros compañeros recibió varios disparos de bala en su espalda y en  el resto de su cuerpo. Herido y ensangrentando logró huir nuevamente y se exilió en Méjico para retornar con la contraofensiva. 

Cacho Scarpati, militante Montonero, detenido el 2 abril de 1977, recibió 9 balazos al intentar resistirse. Lo llevaron a Campo de Mayo donde intentaron salvarlo para sacarle información. Intentó suicidarse, sin éxito,  dos veces como una forma de liberación. Igual lo torturaron con picana eléctrica y fue “interrogado” por Inteligencia del Ejército y por Inteligencia Naval. El 17 de septiembre de 1977 cuando ya llevaba cinco meses secuestrado, lo trasladaron al campo de concentración que llamaban “El Sheraton”. Allí le dijeron que Clemente, militante montonero, había declarado bajo tortura que posiblemente Scarpati, conociera una casa de La Plata donde funcionaba una emisora de Radio Liberación. Entonces, los  llevaron para que reconocieran el lugar. Clemente y Scarpati, estaban en el asiento de atrás de uno de los autos, mientras el otro coche que los acompañaba  debió desviarse hacia otro operativo por órdenes de sus superiores. Clemente y dos miembros de la patota bajaron para identificar la casa, mientras Cacho le arrebata el arma y reducía al que había quedado en el auto. Corrió y a punta de pistola se fugó en un auto. Antes de entrar en la Capital Federal lo abandonó y robó otro, pero en Constitución comenzó a perseguirlo un patrullero con quienes se tiroteó. Seguidamente fue hasta la casa de unos amigos para reencontrarse con su hijita. Scarpati se encargó de denunciar las violaciones a los derechos humanos, los nombres de represores y planos de  Campo de Mayo, en el exterior y en los juicios.

“Hay que ganarles la batalla” “Va a haber un Nuremberg para todos ustedes, asesinos” decía Horacio Maggio, militante Montonero, quien  logró fugarse de la ESMA, en abril de 1978. Secuestrado el 15 de febrero de 1977 había sido incluido en el “proceso de recuperación”, designación dada por los represores a quienes obligaban a realizar trabajo forzado en el sector de la Pecera, una parte del Casino de Oficiales. El 17 de abril fue enviado fuera de la ESMA a comprar bolígrafos y papel. Buscó un negocio que tuviera puertas que dieran a dos calles. Dejó al soldado que lo vigilaba en una puerta, y se escapó por la otra. Pudo reencontrarse con su familia. Redactó un documento denunciando y describiendo con detalles el funcionamiento del centro clandestino, las mecánicas de tortura, cautiverio y desaparición, los vuelos de la muerte. Dibujó planos e identificó a secuestrados y represores.  Fue entrevistado por Associated Press reiterando sus denuncias. La entrevista fue publicada en los principales diarios del mundo. El 4 de octubre de 1978 fue fusilado por el Ejército y su cuerpo exhibido como “trofeo” ante los secuestrados de la ESMA.

Suicidarse o fugarse fueron las opciones de Osvaldo Antonio López, mecánico de aviación de la Fuerza Aérea y militante del PRT cuando en  julio de 1977 lo secuestraron y lo trasladaron al Centro clandestino Virrey Ceballos. Luego de una semana de torturas logró zafarse de unas  esposas en mal estado y de un grillete que cerraba con alambre. Con un cañito para la luz que sobresalía del piso hizo palanca hasta hacer saltar la cerradura de la puerta y a través de un caño de agua trepó hasta el techo, luego saltó hacia la calle. Ya en libertad, se conectó con su familia quienes le relataron que habían sufrido allanamientos y hostigamientos. Su padre le aconsejó entregarse a la justicia. De este modo, Osvaldo acudió a presentarse y, sorpresivamente, el juez actuó con las garantías pertinentes. Se convierte en un preso legalizado por el PEN (Poder Ejecutivo Nacional) en la cárcel de Devoto. La condena del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, con fecha 23 de noviembre de 1978, fue de 24 años de prisión y penas accesorias de inhabilitación absoluta y degradación. Pese a la vuelta de la democracia en 1983, permaneció preso hasta noviembre de 1987.

El 15 de diciembre de 1977, Jaime Dri, militante Montonero, ex diputado provincial por el Chaco fue secuestrado a fines de 1977 en Montevideo y trasladado a la ESMA. Después de unos meses en la ESMA fue llevado al centro clandestino  que funcionaba en la Quinta de Funes, Rosario, luego devuelto a la ESMA. Transcurría el mes de julio de 1978 cuando la Marina ideó un operativo para capturar subversivos en la frontera con Paraguay y llevó a Jaime hasta un puesto en Puerto Pilcomayo donde convenció a un oficial de 18 años de cruzar la frontera en balsa para comprar cigarrillos más baratos. En un descuido, ya en tierra firme, Jaime se escapó por las calles paraguayas. Días después con ayuda del gobierno panameño llegó a Brasil y después a Panamá. Ya en el exterior, denunció todo lo vivido, alertando sobre el genocidio que se estaba implementando en la Argentina.     

Alfredo Ayala, dirigente villero de Montoneros, fue secuestrado en septiembre de 1977 y trasladado a la ESMA. Formó parte de  “La Perrada”, trabajos forzados que los militares obligaban hacer a los detenidos como el trabajo esclavo que realizaba en el taller de un tío del represor Jorge Radice. Allí lo dejaban a las 6 de la mañana y lo pasaban a buscar a las 6 de la tarde. Una tarde decidió regresar a la villa, pero fue recapturado semanas después. Finalmente, lo llevan a trabajar a las islas del Tigre donde los marinos comercializaban la madera de la zona. Permaneció varios días en el lugar, sin custodia, hasta que un lanchero lo trasladó al continente, previo pedido de Alfredo.

Si bien, durante la oscura noche de la dictadura se  fueron tejiendo pequeñas resistencias, pequeños triunfos, la tarea aún continúa. La lucha por sostener nuestra memoria colectiva, recuperando las  identidades de los 30.000, la lucha por instalar la verdad, la lucha por la justicia de ayer y de hoy, donde la igualdad de condiciones y posibilidades sea equitativa para todos es el nuevo desafío de nuestro tiempo.

sábado, 18 de abril de 2026

Alfredo Astiz lector de El Eternauta

 

Extraído del libro:

Esquema de una interpretación de El Eternauta.

De: Miguel Mazzeo, Buenos Aires, Colihue, 2026.

 

Alfredo Astiz lector de El Eternauta


...cabría decir que por el mundo postraumático deambulan, sin ser “propiedad” de ningún individuo ni de ningún grupo, los fantasmas del pasado, aparecidos sintomáticos que no hallan paz porque hay una perturbación en el orden simbólico, un déficit en el proceso ritual o una muerte tan atroz por injustificable y trasgresora que, en cierto modo, excede los mecanismos de duelo existentes (y quizá, cualquier otro posible). Si rondan una casa (una nación, un grupo) trastornan a todos los que viven en ella y, quizá, los atraviesan.  

 

Dominck LaCapra, Escribir la historia, escribir el trauma.

(LaCapra, 2005: 217).

 


 En el año 2006, el escritor Jorge Boccanera formaba parte de un grupo que trabajaba en el lanzamiento de la revista Nómada de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). El primer número estaba dedicado a Oesterheld. Toda una declaración de principios. En ese contexto recordó que en el libro Ese infierno. Conversaciones de cinco mujeres sobrevivientes de la ESMA, de 2001, figuraba un párrafo en el que Adriana Marcus afirmaba que el genocida-perpetrador Alfredo Ignacio Astiz le había alcanzado un ejemplar de El Eternauta en ese centro clandestino de detención, tortura y exterminio. Marcus también era una sobreviviente de la Escuela de Mecánica de la Armada. Esta médica, radicada en la Patagonia argentina, había realizado su aporte al libro, aunque no es una de las cinco mujeres sobrevivientes mencionadas en la tapa. (Actis, Aldini, Gardella, Lewin, Tokar, 2001). 

 

Boccanera contactó a Marcus a los fines de conseguir una versión de primera mano de su testimonio e incluirlo en la revista. Citamos a Marcus en extenso: “Caí en la ESMA el 26 de agosto de 1978. Cuando llevaba cinco meses allí, Astiz me trajo un libro. Yo estaba en un ‘camarote’ ocupando la cucheta del medio –eran tres superpuestas– con otras dos compañeras, y apareció él con un libro ¿para que me distrajera? Ya me había acercado uno de Jean Larteguy [1920-2011], para que comprendiera de qué se trataba el proceso de ‘recuperación’ de los subversivos, que se supone éramos todos los que estábamos allí ‘alojados’. El libro hablaba sobre la experiencia de Argelia y la experiencia de los franceses en Vietnam. Pero esta vez traía otro, un volumen de historieta. Me dijo ‘esto te va gustar’ y me dejó El Eternauta. Yo no lo conocía. Había visto los dibujos en una revista Scorpio [sic], que los compañeros leían habitualmente. Cuando lo leí me impresionó el paralelismo con lo que estábamos viviendo ahí; cerca de la ESMA estaba el lugar donde habían llegado los invasores; los que sobrevivieron pudieron construir una resistencia grupal basada en la solidaridad; los ‘ellos’ eran invisibles y manejaban como marionetistas [sic] a quienes realmente habían realizado la invasión. Yo no sabía que el autor estaba desaparecido, como sus hijas y sus yernos…” (Marcus, apud: Boccanera, 2025: 2).

 

El cruce entre Astiz y El Eternauta es demasiado inquietante como para pasarlo por alto. Es un cruce que provoca una agitación en el plano individual y social. Astiz, además de recomendar la lectura de El Eternauta, reconocía en Oesterheld a uno de los grandes escritores de Argentina.

 

Se ha caracterizado al represor-perpetrador como un “lector culto”, ilustrado, aficionado a la música clásica, a la pintura hipersensible de Vincent van Gogh (1853-1890); como un gentelman que no desconocía, ni el cine de Margarethe von Trotta, ni la literatura de Cortázar. Pero no es descabellado sostener que solo era poseedor de una cultura módica, aunque suficiente para destacarse intelectualmente en medio de los parvos entornos en los que se desenvolvía. De todos modos, ese carácter relativamente cultivado no hace más que acentuar un rasgo sádico. Por su parte, Uki Goñi, en su libro El infiltrado. Astiz, las madres y Herald, señaló la “intensa curiosidad por saber cómo era la vida de los militantes” que Astiz solía demostrar. (Goñi, 2018:73). Un interés seguramente fundado en el motivo profesional de conocer al enemigo, pero no exclusivamente. 

 

¿Por qué el integrante del Grupo de Tareas 3.3.2 de la Armada; el admirador del régimen de Pretoria en Sudáfrica; el asesino de la joven sueco-argentina Dagmar Hagelin (1959-1977); el infiltrado en el grupo inicial de Madres de plaza de Mayo; el criminal que después sería condenado por la justicia argentina por secuestrar, torturar, desaparecer y matar a personas indefensas[1]; el militar que se rindió a las tropas británicas sin oponer resistencia armada en las islas Georgias, podía reconocer el valor de una obra como El Eternauta sostenida en una visión del mundo y de la vida que era absolutamente antagónica a la suya? ¿Estamos frente a un caso de disociación?

 

Todo productor cultural carece del control del sentido de sus obras. Todas las lecturas son bastardas, lo que nos interesa es el sentido de la bastardía.  Chartier decía que el lector no está necesariamente sometido al mensaje ideológico, que está lejos de someterse al autor y que, respecto de la obra, le caben muchas posibilidades: la reapropiación, el desvío, la desconfianza... (Chartier, 1995: 68). Un poco de cada cosa –conjeturamos– pueden hallarse en la lectura que Astiz hizo de El Eternauta.

 

No tiene misterio la lectura que Marcus, la victima, hace de El Eternauta en el campo de concentración, desde una conciencia política vinculada a un proyecto de liberación-emancipación que no ha sido alterada a pesar de su condición de detenida-desaparecida, de las torturas y vejaciones. ¿Cómo podía descifrar Astiz, el verdugo, una obra como El Eternauta? ¿Desde qué universo fenomenológico? ¿Cuál era su código de lectura? La clave contrainsurgente resulta insoslayable tratándose de un oficial formado en la matriz narrativa paranoica y en los fundamentos inhumanos de la Doctrina de la Seguridad Nacional (DSN), identificado con conceptos tales como: fronteras ideológicas, guerra interior, enemigo interno, invasión subversiva, conspiración mundial comunista, guerra contrarrevolucionaria, civilización occidental y cristiana, etcétera.

 

In primis, la contrainsurgencia como ideología impuesta por el imperialismo norteamericano, asumida y “enriquecida” por diversos actores locales, jugaba una función justificadora del orden represivo. In secundis, mediaba en las relaciones sociales, ocultando los antagonismos sustantivos o, en su defecto, deformándolos. El propio peronismo, una de las víctimas principales de la contrainsurgencia, se identificó con esta ideología y reprodujo expresiones propias de la DSN; por ejemplo, cuando algunos de sus principales referentes hablaban de “ideologías extrañas a la vida nacional” y se dedicaron a denunciar a grupos dizque comunistas (en especial a los del peronismo de izquierda, de la izquierda peronista y del peronismo revolucionario) por mancillar la supuesta inocencia del proletariado argentino.

 

Al mismo tiempo, la contrainsurgencia como ideología carecía de toda capacidad para representar la realidad del la otra/el otro/el otre, por lo tanto, no podía representar la realidad como un todo. (Adoue, 2011: 98). Finalmente, la contrainsurgencia servía para cebar a las bestias. Conviene recordar que en El Eternauta la “zona de seguridad” (la mencionada “área libre de nevada”) es una trampa de los invasores para acabar con las y los sobrevivientes, o para hacer de ellas y ellos mujeres-robot y hombres-robot. Se ha trazado la analogía entre esta zona y las “zonas liberadas” que, durante la última dictadura militar, las fuerzas armadas y de seguridad le garantizaban a los “grupos de tareas” para que estos desplegaran sin obstáculos su accionar ilícito.

 

De este modo, en torno a la DSN, en Argentina, se fue construyendo una “normalidad” que sentó sus reales en el imaginario de las clases dominantes, de las fuerzas armadas y de una parte de la sociedad. Esa normalidad sirvió para relativizar el desquicio y el fundamentalismo. Esa normalidad es exactamente la misma que torna insustanciales algunas distinciones: entre burócratas y sádicos, entre autómatas y perversos, entre racionales y fanáticos, entre tecnócratas y políticos, entre oportunistas y convictos, entre observantes y trasgresores, entre  cómplices y negadores, entre el acto de torturar y el de silenciar, entre el objetivo de derrotar a las organizaciones revolucionarias armadas y el de someter al conjunto de la sociedad civil popular argentina. Así, los genocidas-perpetradores fueron aterradoramente normales en su brutalidad y en su regocijo frente al sufrimiento ajeno. De ningún modo fueron seres “crepusculares”, y solo excepcionalmente habitaron alguna zona ambigua.

 

Por obra de la DSN, el “sentimiento patriótico” de las fuerzas armadas (un modo de pensar que no lograba discernir entre fuerzas armadas, patria, nación y tradición), malgastaba los escasos resquicios de desinterés y quedaba absolutamente contaminado por el sentimiento de poder y riqueza de las clases dominantes. Para Astiz, las fuerzas armadas trascendían a la sociedad y expresaban una síntesis de la nacionalidad, eran las mejores intérpretes del bien común y un deshecho de desinterés, un reservorio de moral, etc. El elitismo, las aspiraciones aristocráticas, la autopercepción como minoría selecta y otros hábitos propios de la Armada acentuaban esta percepción. En los hechos, las fuerzas armadas no eran más que la expresión de intereses contingentes y egoístas.

 

Si bien la DSN asignaba a las organizaciones revolucionarias y a las organizaciones populares en general un carácter extranjerizante y socialmente disolvente, lo cierto era que estas organizaciones eran las únicas en proponer proyectos de país con contenidos autónomos y soberanos. Mientras que el carácter extranjerizante y socialmente disolvente fue el signo más representativo de las dictaduras del cono sur, inspiradas en la DSN, durante décadas de 1960 y 1970. 

 

Astiz se formó en el marco de una institución totalmente adscripta a los valores de las clases dominantes: jerarquía, orden, propiedad privada. Pero, además, se formó en un contexto histórico donde esta institución (y el conjunto de las fuerzas armadas) se desligaban de la función que justificaba su existencia: la defensa de la soberanía nacional. A lo que cabría agregar: la adhesión a la rancia tradición liberal-conservadora argentina, una reivindicación del país blanco y “civilizado”, el hondo desprecio a los cabecitas negras (a las y a los marrones), el antiperonismo esencial de algunas fracciones de la clase dominante argentina. Valores, valga la aclaración, antagónicos a los de Juan Salvo/El Eternauta.

 

Astiz veía a la sociedad como una prolongación de la naturaleza, o aspiraba a convertirla en eso, lo deseaba fervientemente. El genocida-perpetrador estaba inmerso en una mitología reaccionaria y en el lenguaje corrompido promovido por la DSN, se regía por un sistema moral en el marco de un orden hegemónico. Sus ideas eran invulnerables a las razones. Imposible captar las injusticias estructurales desde ese emplazamiento. Ese orden era el que determinaba el bien y el mal. De este modo, en entornos de fetichismo e idolatría, el genocida-perpetrador fue construido como un ser bestial, incapaz de reconocer el mal (auto-reconocerse). Si además consideramos las recomendaciones de lecturas del genocida-perpetrador previas a El Eternauta (Larteguy), no caben dudas respecto de su clave de decodificación de El Eternauta. 

 

En 1962 el Círculo Militar había publicado el libro Guerra revolucionaria comunista, del general Osiris Villegas (1916-1998). Era el volumen 525 de la Biblioteca del Oficial. Un año después sería reeditado, para el público en general, por el sello Pleamar. No fue literatura de nicho. Varias generaciones de militares argentinos se formaron con este texto contrainsurgente. Pero también abrevaron en él varias generaciones de empresarios, dirigentes políticos y sindicales, periodistas, etc. El libro convocaba a las y a los civiles a asumir el protagonismo en una guerra de alcance universal y dejaba en claro que nadie iba a poder sustraerse de ella.

 

Astiz se movía en un mundo de abstracciones que le ratificaba una creencia y una auto-percepción: ellos, los militares argentinos, eran la encarnación de valores esenciales. De este modo se totalizaban: se creían dioses y afirmaban su señorío sobre las demás personas. Cuando los seres humanos se creen dioses, pasan a estar en disponibilidad para el mal absoluto y terminan arrogándose el derecho de destruir, arrasar, matar. Quien ejerce el mal absoluto ama el mal, se regodea en lo atroz que le confiere una felicidad que no es secreta sino pública; por eso promueve abiertamente las creencias y emociones más perversas de las personas, agita sus peores prejuicios, reivindica sus costados más mezquinos, crueles, impiadosos, da rienda suelta a la brutalidad y la sumisión. Ese ha sido, es (está a la vista) y seguramente será un procedimiento definitorio del fascismo.

 

Al mismo tiempo, los militares argentinos sustentaban una idea “ganadera” (típicamente argentina) del control social: estaban absolutamente convencidos de que solo podrían obtener “respeto” a través de la brutalidad. Implacables con el “enemigo interno”, incluso con el “enemigo” derrotado, caído y prisionero, los genocidas-perpetradores (Astiz en particular) fueron humillados por el enemigo exterior.

 

¿Entonces Astiz leyó “mal” a El Eternauta? Mejor preguntarse: ¿Desde dónde lo leyó? Lo leyó de una comunidad de genocidas-perpetradores. Lo leyó como cruzado e inquisidor. De esta manera, podría decirse que su condición lo inhibía para captar lo fundamental de El Eternauta: la clave resistente. En todo caso, de captar esa clave, no podía hacer otra cosa que repudiarla. ¿Cuál puede ser la clave de lectura de El Eternauta de las personas que explotan, oprimen, dominan, esclavizan y humillan a otras? Esa clave requiere que se le asigne a la víctima un carácter bárbaro, que se la deshumanice y, un elemento decisivo, que se sobredimensione su poder de agresión. La historia abunda en estas estrategias.     

 

Probablemente Astriz haya leído El Eternauta como una metáfora de la agresión de la “subversión” a la nación. Él consideraba que a “los subversivos” les habían lavado el cerebro con el “verso” de la justicia social.[2] Si en la obra de Oesterheld el agresor externo va adquiriendo los rasgos del imperialismo (rasgos que, como vimos, se acentúan en la segunda versión de la primera parte y en la segunda parte) seguramente el genocida-perpetrador haya decodificado al agresor externo en sentido inverso, esto es: como el “comunismo”, atribuyéndoles a las organizaciones revolucionarias de la Argentina (y a las organizaciones populares en general) un “comando” extranjero: Unión Soviética, China, Cuba, etc.. Sabemos que fue exactamente al revés. El genocida-perpetrador, va de suyo, difícilmente haya podido discernir entre solidaridad internacional e injerencia extranjera. La “agresión comunista”, el “peligro comunista” era una ficción paranoica; en cambio, el vínculo de las clases dominantes con el capital monopólico trasnacional (especialmente norteamericano en las décadas de 1960 y 1970), la intervención de Estados Unidos a través de sus embajadas y sus diversas “oficinas”, eran (y son) cosas bien concretas. Se trata de magnitudes y de efectos incomparables. 

 

Como decíamos unas páginas atrás, repeler una agresión no necesariamente implica un acto de resistencia. Por lo general, no resiste quien detenta el poder, quien cuenta con una desproporcionada superioridad de medios y recursos. “Pacificar” no es resistir, es exactamente lo contrario. Si hay matanza no hay combate. Formado en la tradición del colonialismo interno de los “héroes del desierto” y alejado del sentido épico de la praxis sanmartiniana, asumiendo como punto partida la defensa e idealización de los engranajes que trituran la soberanía de la nación y la dignidad de buena parte de sus habitantes, un genocida-perpetrador argentino corre con desventaja a la hora de comprender la naturaleza de un acto heroico, verdaderamente heroico, es decir, colectivo. Esa tradición es contraria a toda épica.

 

Cuando la historia confrontó a Astiz con un enemigo poderoso, cuando tuvo la posibilidad de medirse frente a un auténtico invasor, en Puerto Leith, en las islas Georgias, durante la guerra de Malvinas, el represor cometió una nueva infamia: a bordo del buque británico Plymouth, entre whisky y whisky, optó por firmar la rendición ante Her Britannic Majestys Royal Navy en la persona Nicholas John Barker (1933-1997), capitán del HBS Endurance, un 26 de abril de 1982. El cobarde podría haber concluido su trayectoria con un acto valeroso. No lo hizo.

 

Se rindió sin disparar un solo tiro, violando el artículo 751 del código militar que establece condenas para el militar que capitule ante un enemigo extranjero sin haber agotado las municiones o sin haber perdido dos tercios de los efectivos a sus órdenes. Era forma más coherente de coronar la que Tina Rosenberg en su libro Astiz. La estirpe de Caín definió como “una carrera militar basada en la victoria sobre los que no tenían defensa”. (Rosenberg, 1998: 68). Además, los ingleses representaban todo lo que él admiraba. Seguramente es de las personas que consideran que Waterloo fue una victoria. De todos modos, no hay nada computable como victoria en su biografía, dado que Astiz también fue derrotado por las Madres. 

 

Con la guerra de Malvinas, Astiz tuvo a mano la posibilidad de releer El Eternauta en otra clave, pero no estaba en condiciones de aprovecharla. Los frentes bélicos abiertos se presentaban como escollos inabordables para militares que se habían formado en un tipo de guerra que consistía en secuestrar, torturar y hacer desaparecer a enemigos civiles en situación de inferioridad o directamente indefensos. Un tipo de guerra que era una práctica asimilable al homicidio agravado.

 

¿Acaso Astiz desarrolló la conciencia de ser un mero instrumento en manos de otro poder superior, al modo de un Mano? No parece ser el caso. No estaba sometido a someter. Hizo lo que hizo con convencimiento y con entusiasta perversidad. Así lo demuestra su tendencia a la  exacerbación de la muerte, la opción por las formas de hacerla infame a fuerza de humillaciones y torturas, a fuerza de planificación y rutina. La condición de verdugo no respondía en él ni al azar ni al destino. Era absolutamente incapaz de convertirse en mártir o en héroe. Solo podía ser verdugo. Peor que un inquisidor. No fue un mero instrumento, fue (es) la cara visible del mal absoluto y del odio cósmico. No fue una víctima de un sistema de control. Fue parte fundamental del grupo que lo impone.

 

El Mano, cuando se le activa la “glándula del terror”, consciente de su final, pierde el miedo y aflora su bondad. Dice: —“Ellos son el odio cósmico. Ellos nos obligan a matar y a destruir a nosotros, los Manos, que solo vivimos pensando en lo bello”. (Oesterheld/Solano López, 2000: 176). En ese estado, ya fuera de combate y libre del sometimiento a los Ellos, el Mano se abre a la contemplación gozosa, percibe la belleza de los objetos de uso corriente, el costado artístico de una cafetera (“una escultura”), y cuando el final está cerca, entona un extraño y dulce canto de muerte: “mimnio....athesa... eioioio... mimnio”. (Oesterheld/Solano López, 2000: 174, 177).

 

El genocida-perpetrador nunca dejó de identificarse con el poder superior, por lo cual no cabe considerarlo un ser originalmente inteligente y sensible que fue degradado y convertido en agente del mal. El genocida-perpetrador, deshumanizado y deshumanizador del prójimo, cosificador de las otras/otros/otres, tiene un sentido de la justicia trastocado.

 

A diferencia del Sargento Kirk (que se sentía más cerca de los Pieles-rojas que de los Cara-pálidas), el genocida-perpetrador nunca tuvo cargos de conciencia por la matanza perpetrada. Todo indica que ningún dilema interno lo atravesó, que ningún trauma le provocó su experiencia, que jamás lo rozó algún destello de virtud. Todo esto confirma la inviabilidad de cualquier tipo de reconciliación entre las víctimas y los genocidas-perpetradores; asimismo, ratifica la incompatibilidad radical entre las identidades generadas por la empatía con las victimas y quienes, de un modo u otro, expresan continuidades con los agentes o beneficiarios indirectos del genocidio.  

 

La sociedad de Oesterheld con Pratt (recordemos: Ernie Pike, Ticonderoga, etc.) resultó tan productiva, entre otras cosas, porque ambos compartían lo que Masotta denominaba “un verdadero humanismo antropológico”, la adscripción a “un mundo rousseauniano”. (Masotta, 1982: 149). Ese humanismo genera un deber moral que es prioritario respecto de toda ley e implica una responsabilidad para con las otras personas, consideradas merecedoras de respeto y atención. Cabe señalar que el “mundo rousseauniano” de Oesterheld era incompatible con el “mundo hobbesiano” de Astiz y los genocidas-perpetradores. Oesterheld y sus personajes estaban abiertos al descubrimiento de hondas identidades humanas. Una disposición ajena a un militar contrainsurgente. Astiz y los genocidas-perpetradores seguían a pie juntillas el manual de la caza de brujas.    

 

En los entornos más violentos, en el fragor de los combates más encarnizados, los diversos personajes de Oesterheld siempre encuentran un instante para reflexionar sobre la humanidad del “enemigo”. Son personajes capaces de descubrir la humanidad del otro. Tienen compasión. La conciencia ética se impone a toda moral ascética, a la moral de la dominación que considera que el cuerpo de las otras/los otres/les otres, carece de valor. Ese gesto, tan básico, también resultó inaccesible para Astiz y los genocidas-perpetradores, insertos en un orden institucional, ideológico y discursivo que les impedía desarrollar este tipo de sentimientos. Por eso, para estos últimos, la insensibilidad fue la única respuesta frente a la sensibilidad ajena.

 

Reproductor de Auschwitz en la ESMA, el represor tampoco estaba en condiciones de captar el horror frente a las masacres burocratizadas que subyace en El Eternauta. Es más factible que, al modo de un “nazi refinado”, haya compuesto (y comprendido) sus infamias bajo el criterio de lo “sublime negativo” o la “sacralización desplazada”, con su “fascinación por el exceso y la trasgresión sin precedentes”. (LaCapra, 2005: 47, 112). Se aproxima bastante al personaje de Hans Landa, ese oficial de las SS inteligente, ilustrado, políglota, y despiadado hasta lo indecible, interpretado brillantemente por el actor Christoph Waltz en la película Inglourius basters (Bastardos sin gloria) del director Quentin Tarantino, del año 2009.  

 

Una hipótesis a modo de cierre de este capítulo. En el reconocimiento de Astiz hacia El Eternauta y hacia Oesterheld puede verse también el grado de fascinación que la víctima le generaba al victimario. La fascinación entendida aquí como atracción morbosa que, de ningún modo puede confundirse con empatía, dado que esta implica una relación afectiva y el respeto por la otra/el otro/le otre. Esa fascinación se activaba preferentemente cuando la víctima era de clase media o alta, blanca e ilustrada; o sea, “cercana”, en algunos aspectos “objetivos”; estéticamente afín a sus concepciones racistas y clasistas de la “integridad” y de la “belleza moral”. Con las y los cabecitas negras, con las y los marrones, incluso con las judías o los judíos, la fascinación del teniente alto, rubio de ojos celestes, solía disminuir, dado que se trataba de figuras alejadas de su imagen de lo sublime.

 

En síntesis: el victimario no podía dejar de reconocer el valor de lo que objetivaba y suprimía, la potencia de aquello que la víctima atesoraba, la riqueza de su mundo material, social y simbólico. De este modo, el genocida-perpetrador era plenamente conciente de lo que estaba destruyendo y, en su omnipotencia, creía que con esa destrucción no hacía más que corroborar un destino. Concebía a la destrucción como una mera acción demostrativa. El “triunfo”, su “triunfo”, se concretaba en el castigo sobre el cuerpo de la víctima. Resulta evidente la dimensión monstruosa de los genocidas-perpetradores. Oesterheld había creado personajes donde el bien y el mal aparecían relativizados. Los buenos tenían dobleces, los malos alguna emotividad. Pero los genocidas-perpetradores encarnaron el mal absoluto y el odio cósmico.

 

 

Bibliografía citada

 

Actis, Munú; Aldini, Cristiana; Gardella, Liliana, Lewin, Miriam y Tokar, Elisa, Ese infierno. Conversaciones de cinco mujeres sobrevivientes de la ESMA, Buenos Aires, Sudamericana, 2001.

Adoue, Silvia Beatriz, Walsh, el criptógrafo. Escritura y acción política en la obra de Rodolfo Walsh, Buenos Aires, Dialektik, 2011.

Boccanera, Jorge: “¿Alfredo Astiz leyó El Eternauta?”. Disponible en: La tecl@ Eñe Revista, 2025: https://share.google/db7zaLXvYhzsu9i7 [Chequeado el 29 de julio de 2025].   

Chartier, Roger, El mundo como representación: historia cultural, entre práctica y representación, Barcelona, Gedisa, 1995.

Goñi, Uki, El infiltrado. Astiz, las Madres y El Herald, Buenos Aires, Ariel, 2018.

LaCapra, Dominick, Escribir la historia, escribir el trauma, Buenos Aires, Nueva Visión, 2005.

Masotta, Oscar, La historieta en el mundo moderno, Barcelona, Ediciones Paidós, 1982.

Oesterheld, Héctor, Germán y Solano López, Francisco, El Eternauta, Barcelona, La Biblioteca Argentina, Serie Clásicos, Diario Clarín, 2000. Colección dirigida por Ricardo Piglia y Osvaldo Tcherkaski.   

Rosenberg, Tina, Astiz. La estirpe de Caín, Buenos Aires, Documentos Página/12, 1998. 

                                                                                                                                           Miguel Mazzeo

Profesor de Historia y Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires. Docente de la UBA y la UNLA. Autor de libros, ensayos y artículos en publicaciones nacionales y extranjeras sobre diversos pensadores y problemáticas latinoamericanas. Entre sus principales libros se cuentan: Marx populi (2018), El socialismo enraizado (2013), Poder popular y nación. Notas sobre el bicentenario de la Revolución de Mayo (2011), Invitación al descubrimiento: José Carlos Mariátegui y el socialismo de Nuestra América (2009), El Sueño de una cosa. Introducción al poder popular (2007), ¿Qué (no) hacer? Apuntes para una crítica de los regímenes emancipatorios (2005).



[1] Astiz fue condenado “a la pena de prisión perpetua por el delito de homicidio calificado reiterado en doce oportunidades; en perjuicio de Alice Domon, Ángela Auad, Esther Ballestrino de Careaga, Raquel Bulit, Gabriel Horane, Patricia Oviedo, María Eugenia Ponce de Bianco, Remo Berardo, José Julio Fondovila, Horacio Elbert, Azucena Villaflor de De Vincenti y Léoni Duquet. (Sentencia Causa Esma, 28 de diciembre del 2011, apud, Goñi: 2018: 218).   

[2] En 2026, a cincuenta años del golpe de Estado de 1976, en Argentina, tanto en el Estado como la sociedad, proliferan una serie de discursos y de relatos que denigran la idea de la justicia social. 

CHARLAS SOBRE LOS 50 AÑOS DEL GOLPE DE ESTADO

El viernes 20 de marzo se llevó adelante las charlas de un panel con protagonistas del los años ´70. Fueron militantes de las organizaciones PRT ERP, PST y de Montoneros. Nos contaron sus experiencias, sobre las tareas políticas que llevaron adelante y sus balances históricos y del por qué terminamos gobernados por un gobierno que reivindica el terrorismo de estado de la última dictadura.

Desde ya, son testimonios y voces que nos ayudan a entender aquellos años y buscar respuestas para el presente.

JORGE MONTERO, ex militante del PRT ERP y en la actualidad participa de la Asamblea barrial de Cláypole.



ALBERTO ZAPATA, ex militante del PST y en la actualidad participa de la Asamblea barrial de Cláypole.


RAMONA ALBORNOZ, ex militante del PRT ERP, actualmente participa del movimiento feminista.



JORGE FALCONE, ex militante de Montoneros y hermano de Claudia Falcone, desaparecida en la Noche de los Lápices, actualmente participa de la Asamblea barrial de La Plata norte.


INTERVENCIONES VARIAS Y CIERRE MUSICAL DE LA CHARLA CON EL DUO FERNANDEZ - ARCE







EL TERRORISMO DE ESTADO EN CLÁYPOLE

 




 Héber Osmar Coitiño Cebey

El Terrorismo de Estado fue la característica principal de la última dictadura en Argentina. ¿Por qué lo afirmamos con tanta seguridad? Es que ese modus operandis fue lo que ratificó la justicia en los juicios contra las juntas militares que condenaron a cadena perpetua a los máximos responsables.

Todo estaba bajo la práctica criminal, no se podía denunciar ningún hecho delictivo, secuestro u homicidio, todos los estamentos del estado estaban comandados para aplicar el terror. Si ibas a la comisaría te podías encontrar a quienes llevaron adelante el delito, si lo hacías en algún tribunal te cajoneaban la demanda y si algún jurista tomaba el caso y actuaba como corresponde, lo más probable era que pague con su integridad física.

El pueblo argentino estaba ajeno a la dimensión que conllevaba el plan siniestro de la dictadura, pero conocía algunos casos que les tocaban más o menos cerca, como para ser atrapado por el miedo que pretendían imponer con el fin de paralizar a toda la sociedad.

Puedo recordar siendo un niño de 6 o 7 años los gritos de la madrugada que me despertaron cuando se llevaban a un vecino, que varios años después me enteré era delegado de la fábrica de vidrios Cristalux en Gerli, puedo recordar que en la guardería que concurría ingresaron varias veces a robar, ésta estaba a cargo de un sacerdote rebelde a los ojos de quienes gobernaban el país, el padre Vicente Re.

Estos hechos que recuerdo en mi experiencia personal, acompañada del temor que tenía mi madre hasta que mi hermano mayor, aun adolescente, no llegaba de trabajar de la pizzería a la madrugada, solo es una pequeña muestra de lo que ocurría en un Cláypole, más parecido a un pueblo que a una ciudad.

Barrio El Trébol



En ese Cláypole paseaban los tanques militares por los barrios o transitaban frecuentemente en caravanas con camiones verde oliva por la ruta 4. Uno de los barrios más visitados por estas incursiones fue “El Trébol”, era un barrio muy humilde y montonero. Allí la organización político militar tenía desarrollado el trabajo territorial, realizaban peñas, jornadas festivas por el día de la niñez o conseguían “donaciones” de los camiones asaltados a las grandes empresas. Todavía se recuerda cuando hacían cola para llevarse latas de dulce de batata y otros productos que repartían para el barrio.

Tenemos la información chequeada que de ese barrio fueron desaparecidas varias personas, el “loco” Orlando Bastarrica, Miguel Ángel Romero, Julio Godoy (16 años) y Julio Arena (18 años).

El tucumano Bastarrica tenía 31 años y fue asesinado en el arroyo San Francisco al intentar huir cuando cayó un allanamiento de militares e integrantes de la comisaría 6ta de Cláypole, su cuerpo fue enterrado como NN en el cementerio municipal del distrito de Alte. Brown.

Romero y Godoy eran primos, Ana Romero, hermana del primero cuenta que su casa fue requisada en varias oportunidades buscando a su hermano que estaba en la clandestinidad; ella apenas adolescente fue abusada y el resto golpeados en esas incursiones. Miguel Ángel y Julio permanecen desaparecidos.

Una noche mientras esperaba en la parada del colectivo 160 a su madre que llegase de trabajar de empleada doméstica, Julio Arena fue secuestrado y desaparecido hasta que pasado el mes fue encontrado asesinado en un descampado de San Vicente.

En el Barrio se recuerda, como lo cuentan en las entrevistas de familiares y vecinos, la denodada participación en la búsqueda de solución de las necesidades vecinales. Copa de leche, festivales para recaudar fondos, campeonatos de fútbol, construcción de puentes sobre el arroyo San Francisco, veredas, etc. 

El Trébol es un barrio que surgió de un loteo en la década de 1950, habitado principalmente con migración interna y de países limítrofes. Familias trabajadoras que buscaban una mejor calidad de vida y se organizaban para ello.

Barrio Don Orione

Sobre la ruta 4, la Monteverde, a la altura de la curva una supuesta fábrica de tornillos encubría la construcción de un túnel que conectaba a la red de túneles que recorren el distrito, una experiencia que implementaron a partir de la suma de tupamaros que se escaparon de la dictadura uruguaya que se inició en 1973.

En el túnel armaron un polígono, antes de llegar al descender por la escalerita, había un descanso en el cual un pequeño escritorio con una silla, estaba acompañado de una estrella con las siglas del ERP sobre la pared. Podemos suponer que esta “tatutera” era, además de ser utilizada para la práctica de tiro, una vía de escape ante un posible allanamiento.

El lugar fue destruido el 9 de diciembre 1975 por las fuerzas militares, reducido a escombros, se llevaron a les militantes que encontraron, pero no poseemos información de cuántos eran, ni sus nombres.

                                                                                                                                          

                                                                                                                                          Verónica Ríos

Barrio Mariano Moreno

Cerca de allí, a diez cuadras, enfrente del Camping Los Gráficos, vivían Humberto Pedregosa y su compañera Andrea Justina Carrizo Zelarrayan, alias Tina; ambos oriundos de Tucumán, Tina era de Tafi Viejo. Se conocieron militando en el PRT ERP.

Ella era ama de casa y trabajaba como empleada doméstica en la casa de una familia vinculada a altos mandos militares, cumpliendo un rol fundamental como informante. Humberto se encontraba en Tucumán, en la compañía de monte cuando en febrero de 1976 será secuestrada en su casa.

Fue vista en el centro clandestino de detención Miguel de Azcuénaga en la provincia de Tucumán, sus restos fueron hallados en julio de 2013 en la fosa común “Pozo de Vargas”.

https://www.blogger.com/profile/00558317847442264389 BLOG "CON NOMBRE Y MILITANCIA", más información sobre estos casos.

La casa de la calle Alcorta

El 20 de abril de 1978 a las dos de la mañana el ejército irrumpe violentamente en una casa de la calle Alcorta,  allí vivían Marta Beatriz Severo Barreto junto a su marido Hugo Martínez, su hija Verónica, que entonces tenía 45 días de nacida, y el hermano de Marta, Carlos de 16 años, en el momento del ataque se encontraba de visita Rosa Álvarez, tía de Marta.

 Estuvieron dos horas en la casa destruyendo todo lo que podían, una mujer que formaba parte del grupo de tareas  le prepara la mamadera a la beba.

Se los llevan a todos encapuchados. Verónica es dejada en la casa de una vecina, quien avisa a la madre de Marta lo sucedido, y va en busca de su nieta, la rapidez con que llegó a buscarla evito, que al otro día la niña fuera secuestrada, ya que volvieron por ella.

Rosa es liberada después de 23 días de haber estado detenida desaparecida en el  CCD pozo de Quilmes.

La familia Severo Barreto - Martínez era oriunda de Uruguay, de Bella Unión, allí los Severo Barreto eran parte de una numerosa familia de cañeros que participaban activamente en las luchas sindicales, denunciando la explotación a la que eran sometidos los trabajadores rurales.

Marta Beatriz creció en un clima de lucha y aprendió de pequeña a aborrecer la injusticia. Era una muchacha alegre, siempre estaba riendo, cuenta su hermana Matilde.

Su hermano Ari Severo será apresado a los 15 años,  allí en la cárcel conoce a Hugo Martínez, un joven estudiante de agronomía  que militaba en Tupamaros, encarcelado por repartir volantes. En la cárcel Marta que iba acompañando a su madre a visitar a su hermano conoce a Hugo.

La situación en Uruguay era complicada para los militantes, por eso deciden venir a la Argentina en enero de 1974, aquí entran en contacto con el ERP.

Aquí el brazo de la dictadura finalmente los alcanzaría en la localidad de Cláypole cuatro años después.

El 24 de abril de 1978 también será secuestrado Ari Barreto.

Se cree que la familia  fue trasladada en el tercer vuelo de la muerte el 20 de mayo de 1978.

Barrio Horizonte

En el Barrio Horizonte, detrás de la Secundaria 8, hay una casa señalizada. De esa casa fueron secuestrados y desaparecidos Lucia del Valle Lozada Giménez, Lucinda Delfina Juárez Robles con su hijo Ariel Sebastián Juárez  de 3 años y el matrimonio compuesto por Sara Ayala y Pedro Morel junto a su hija Viviana de tan solo un año y 1 mes.

Lucia del Valle Lozada era una médica tucumana de 22 años, militante del PRT - ERP, fue parte de la Compañía de Monte donde conoció a Humberto Pedregosa, quien había perdido a su compañera en manos de la triple A.

En noviembre de 1975 alquila una casa en Cláypole para resguardarse de la persecución estatal.

A esa misma casa llegarán Lucinda Delfina Juárez Robles con su pequeño hijo.

Lucinda, también militante del PRT, vivía en Córdoba con su compañero Carlos con quién tenían un niño.

Carlos es secuestrado en 1977 por las fuerzas represivas  en Pergamino provincia de Buenos Aires, Lucinda huye con su pequeño a la casa de Barrio Horizonte.

Los Morel Ayala eran oriundos de Formosa, tuvieron que huir de allí porque eran buscados por el ejército. Pedro era secretario general del gremio de judiciales y ambos militaban en el PRT pasaron a Goya donde formaron parte de las Ligas Agrarias.

 El 12 de mayo de 1977 finalmente llegan a  la casa del Barrio Horizonte en Cláypole, como se hizo tarde se quedaron a dormir.

En la madrugada del 13 de mayo de 1977, aproximadamente a las tres de la mañana un grupo del ejército con uniformes verdes oliva ametrallan  el frente de la casa e irrumpen violentamente destrozando todo lo que podían.

Lucinda descansaba junto a su hijo; en la habitación contigua estaban Sara, Pedro y su beba.

Los pequeños Sebastián y Viviana serán dejados en la casa de unos vecinos.

Durante horas se escuchó en el barrio como Lucia, Lucinda, Sara y Pedro fueron torturados, hasta que los sacaron en bolsas y cargados en un camión del ejército.

Lucinda fue vista en  el Regimiento 9 de Infantería de Corrientes, y en el Regimiento 29 de Infantería de Monte de la provincia de Formosa.

Aún continúa desaparecida.

Ariel Sebastián Juárez y Mabel Viviana Morel son entregados al juzgado  de la reaccionaria doctora  Marta Delia Pons, jueza de menores de Lomas de Zamora. Viviana fue restituida a su abuela materna en diciembre de 1977 gracias a la ayuda de los vecinos que la habían cuidado y la insistencia de sus abuelos. Ariel tuvo que esperar 7 años para reencontrarse con su familia a pesar de que llevaba una medallita con sus datos. La jueza Pons hizo todo lo que pudo para evitar que los niños vuelvan con sus familias, a pesar de conocer su verdadera identidad.

Lucia tenía 27 años cuando fue secuestrada, y llevaba en su vientre un embarazo de dos o tres meses, un bebé buscado según su compañero. Su hijo debió nacer entre noviembre y diciembre de 1977.

Luego del operativo en el que secuestraron a Lucia no se supo nada ni de ella ni de su bebé.

Pedro y Sara fueron vistos por última vez en la Brigada de investigaciones de Resistencia.

El trato que recibió  Sara Ayala fue tan brutal, que su caso fue testigo para declarar los ataques sexuales como forma de tortura.

Sara cursaba 5 meses de embarazo cuando fue secuestrada.


Nieto 133: Daniel Santucho Navajas
A metros de la intersección de las calles Trípodi y Alsina, el hijo nacido en cautiverio de Cristina Navajas y Julio Santucho, vivió con la familia que lo apropió cuyo supuesto padre era policía. 
Nació el 10 de enero de 1977, sin embargo le trucharon la partida de nacimiento con fecha de nacimiento el 24 de marzo. 
En el año 2023 recibió la noticia de su verdadera identidad y en la actualidad se dedica a dar testimonio de su vida, sobre todo en las escuelas.
en su juventud jugaba al fútbol en la canchita ubicada frente a la primaria 42, ahí él atando cabos recuerda cómo sus amigos y supuestos primos con quienes formaba el equipo, cuando jugaban contra el equipo del apropiador, ellos le tiraban indirectas sobre su complicidad con la dictadura y las mentiras que rodeaban a la apropiación de Daniel.
Estudió en la primaria 63 y la secundaria 9. Con la verdad conseguida sobre su familia biológica, entendió el por qué de una relación áspera con su apropiador, sobre todo lo que no le cerraba, como que su supuesta hermana le llevara tantos años y que su supuesta madre lo haya tenido con casi 50 años de edad. 
Su abuela materna integraba las Abuelas de Plaza de Mayo, Nélida falleció en 2012 sin poder conocer a su nieto. El lugar de su abuela lo ocupó su hermano Miguél "Tano" Santucho, siguiendo la búsqueda que finalmente lo consiguió.   

 

LAS FUGAS, PEQUEÑAS VICTORIAS EN LOS CENTROS CLANDESTINOS

                                                                                                   Patricia Rodríguez Los centros clandestin...