Extraído del libro:
Esquema de una
interpretación de El Eternauta.
De: Miguel Mazzeo, Buenos Aires, Colihue,
2026.
Alfredo Astiz
lector de El Eternauta
...cabría decir que por el mundo
postraumático deambulan, sin ser “propiedad” de ningún individuo ni de ningún
grupo, los fantasmas del pasado, aparecidos sintomáticos que no hallan paz
porque hay una perturbación en el orden simbólico, un déficit en el proceso
ritual o una muerte tan atroz por injustificable y trasgresora que, en cierto
modo, excede los mecanismos de duelo existentes (y quizá, cualquier otro
posible). Si rondan una casa (una nación, un grupo) trastornan a todos los que
viven en ella y, quizá, los atraviesan.
Dominck LaCapra, Escribir la historia,
escribir el trauma.
(LaCapra, 2005: 217).
Boccanera contactó a Marcus a los fines de
conseguir una versión de primera mano de su testimonio e incluirlo en la
revista. Citamos a Marcus en extenso: “Caí en la ESMA el 26 de agosto de 1978.
Cuando llevaba cinco meses allí, Astiz me trajo un libro. Yo estaba en un
‘camarote’ ocupando la cucheta del medio –eran tres superpuestas– con otras dos
compañeras, y apareció él con un libro ¿para que me distrajera? Ya me había
acercado uno de Jean Larteguy [1920-2011], para que comprendiera de qué se
trataba el proceso de ‘recuperación’ de los subversivos, que se supone éramos
todos los que estábamos allí ‘alojados’. El libro hablaba sobre la experiencia
de Argelia y la experiencia de los franceses en Vietnam. Pero esta vez traía
otro, un volumen de historieta. Me dijo ‘esto te va gustar’ y me dejó El
Eternauta. Yo no lo conocía. Había visto los dibujos en una revista Scorpio
[sic], que los compañeros leían habitualmente. Cuando lo leí me impresionó
el paralelismo con lo que estábamos viviendo ahí; cerca de la ESMA estaba el
lugar donde habían llegado los invasores; los que sobrevivieron pudieron
construir una resistencia grupal basada en la solidaridad; los ‘ellos’ eran
invisibles y manejaban como marionetistas [sic] a quienes realmente habían
realizado la invasión. Yo no sabía que el autor estaba desaparecido, como sus
hijas y sus yernos…” (Marcus, apud: Boccanera, 2025: 2).
El cruce entre Astiz y El Eternauta es
demasiado inquietante como para pasarlo por alto. Es un cruce que provoca una
agitación en el plano individual y social. Astiz, además de recomendar la
lectura de El Eternauta, reconocía en Oesterheld a uno de los grandes
escritores de Argentina.
Se ha caracterizado al represor-perpetrador como
un “lector culto”, ilustrado, aficionado a la música clásica, a la pintura
hipersensible de Vincent van Gogh (1853-1890); como un gentelman que no
desconocía, ni el cine de Margarethe von Trotta, ni la literatura de Cortázar.
Pero no es descabellado sostener que solo era poseedor de una cultura módica,
aunque suficiente para destacarse intelectualmente en medio de los parvos
entornos en los que se desenvolvía. De todos modos, ese carácter relativamente
cultivado no hace más que acentuar un rasgo sádico. Por su parte, Uki Goñi, en
su libro El infiltrado. Astiz, las madres y Herald, señaló la “intensa
curiosidad por saber cómo era la vida de los militantes” que Astiz solía
demostrar. (Goñi, 2018:73). Un interés seguramente fundado en el motivo
profesional de conocer al enemigo, pero no exclusivamente.
¿Por qué el integrante del Grupo de Tareas 3.3.2
de la Armada; el admirador del régimen de Pretoria en Sudáfrica; el asesino de
la joven sueco-argentina Dagmar Hagelin (1959-1977); el infiltrado en el grupo
inicial de Madres de plaza de Mayo; el criminal que después sería condenado por
la justicia argentina por secuestrar, torturar, desaparecer y matar a personas
indefensas[1];
el militar que se rindió a las tropas británicas sin oponer resistencia armada
en las islas Georgias, podía reconocer el valor de una obra como El
Eternauta sostenida en una visión del mundo y de la vida que era
absolutamente antagónica a la suya? ¿Estamos frente a un caso de disociación?
Todo productor cultural carece del control del
sentido de sus obras. Todas las lecturas son bastardas, lo que nos interesa es
el sentido de la bastardía. Chartier
decía que el lector no está necesariamente sometido al mensaje ideológico, que
está lejos de someterse al autor y que, respecto de la obra, le caben muchas
posibilidades: la reapropiación, el desvío, la desconfianza... (Chartier, 1995:
68). Un poco de cada cosa –conjeturamos– pueden hallarse en la lectura que
Astiz hizo de El Eternauta.
No tiene misterio la lectura que Marcus, la
victima, hace de El Eternauta en el campo de concentración, desde una
conciencia política vinculada a un proyecto de liberación-emancipación que no
ha sido alterada a pesar de su condición de detenida-desaparecida, de las
torturas y vejaciones. ¿Cómo podía descifrar Astiz, el verdugo, una obra como El
Eternauta? ¿Desde qué universo fenomenológico? ¿Cuál era su código de
lectura? La clave contrainsurgente resulta insoslayable tratándose de un
oficial formado en la matriz narrativa paranoica y en los fundamentos inhumanos
de la Doctrina de la Seguridad Nacional (DSN), identificado con conceptos tales
como: fronteras ideológicas, guerra interior, enemigo interno, invasión
subversiva, conspiración mundial comunista, guerra contrarrevolucionaria,
civilización occidental y cristiana, etcétera.
In primis, la contrainsurgencia como ideología impuesta por el
imperialismo norteamericano, asumida y “enriquecida” por diversos actores
locales, jugaba una función justificadora del orden represivo. In secundis,
mediaba en las relaciones sociales, ocultando los antagonismos sustantivos o,
en su defecto, deformándolos. El propio peronismo, una de las víctimas
principales de la contrainsurgencia, se identificó con esta ideología y reprodujo
expresiones propias de la DSN; por ejemplo, cuando algunos de sus principales
referentes hablaban de “ideologías extrañas a la vida nacional” y se dedicaron
a denunciar a grupos dizque comunistas (en especial a los del peronismo de
izquierda, de la izquierda peronista y del peronismo revolucionario) por
mancillar la supuesta inocencia del proletariado argentino.
Al mismo tiempo, la contrainsurgencia como
ideología carecía de toda capacidad para representar la realidad del la otra/el
otro/el otre, por lo tanto, no podía representar la realidad como un todo.
(Adoue, 2011: 98). Finalmente, la contrainsurgencia servía para cebar a las
bestias. Conviene recordar que en El Eternauta la “zona de seguridad”
(la mencionada “área libre de nevada”) es una trampa de los invasores para acabar con las y los sobrevivientes, o para hacer de
ellas y ellos mujeres-robot y hombres-robot. Se ha trazado la analogía entre
esta zona y las “zonas liberadas” que, durante la última dictadura militar, las
fuerzas armadas y de seguridad le garantizaban a los “grupos de tareas” para
que estos desplegaran sin obstáculos su accionar ilícito.
De este modo, en torno a la DSN, en Argentina,
se fue construyendo una “normalidad” que sentó sus reales en el imaginario de
las clases dominantes, de las fuerzas armadas y de una parte de la sociedad.
Esa normalidad sirvió para relativizar el desquicio y el fundamentalismo. Esa
normalidad es exactamente la misma que torna insustanciales algunas
distinciones: entre burócratas y sádicos, entre autómatas y perversos, entre
racionales y fanáticos, entre tecnócratas y políticos, entre oportunistas y
convictos, entre observantes y trasgresores, entre cómplices y negadores, entre el acto de
torturar y el de silenciar, entre el objetivo de derrotar a las organizaciones
revolucionarias armadas y el de someter al conjunto de la sociedad civil
popular argentina. Así, los genocidas-perpetradores fueron aterradoramente
normales en su brutalidad y en su regocijo frente al sufrimiento ajeno. De
ningún modo fueron seres “crepusculares”, y solo excepcionalmente habitaron
alguna zona ambigua.
Por obra de la DSN, el “sentimiento patriótico”
de las fuerzas armadas (un modo de pensar que no lograba discernir entre
fuerzas armadas, patria, nación y tradición), malgastaba los escasos resquicios
de desinterés y quedaba absolutamente contaminado por el sentimiento de poder y
riqueza de las clases dominantes. Para Astiz, las fuerzas armadas trascendían a
la sociedad y expresaban una síntesis de la nacionalidad, eran las mejores
intérpretes del bien común y un deshecho de desinterés, un reservorio de moral,
etc. El elitismo, las aspiraciones aristocráticas, la autopercepción como
minoría selecta y otros hábitos propios de la Armada acentuaban esta
percepción. En los hechos, las fuerzas armadas no eran más que la expresión de
intereses contingentes y egoístas.
Si bien la DSN asignaba a las organizaciones
revolucionarias y a las organizaciones populares en general un carácter
extranjerizante y socialmente disolvente, lo cierto era que estas
organizaciones eran las únicas en proponer proyectos de país con contenidos
autónomos y soberanos. Mientras que el carácter extranjerizante y socialmente
disolvente fue el signo más representativo de las dictaduras del cono sur,
inspiradas en la DSN, durante décadas de 1960 y 1970.
Astiz se formó en el marco de una institución
totalmente adscripta a los valores de las clases dominantes: jerarquía, orden,
propiedad privada. Pero, además, se formó en un contexto histórico donde esta
institución (y el conjunto de las fuerzas armadas) se desligaban de la función
que justificaba su existencia: la defensa de la soberanía nacional. A lo que
cabría agregar: la adhesión a la rancia tradición liberal-conservadora
argentina, una reivindicación del país blanco y “civilizado”, el hondo
desprecio a los cabecitas negras (a las y a los marrones), el antiperonismo
esencial de algunas fracciones de la clase dominante argentina. Valores, valga
la aclaración, antagónicos a los de Juan Salvo/El Eternauta.
Astiz veía a la sociedad como una prolongación
de la naturaleza, o aspiraba a convertirla en eso, lo deseaba fervientemente.
El genocida-perpetrador estaba inmerso en una mitología reaccionaria y en el
lenguaje corrompido promovido por la DSN, se regía por un sistema moral en el
marco de un orden hegemónico. Sus ideas eran invulnerables a las razones.
Imposible captar las injusticias estructurales desde ese emplazamiento. Ese
orden era el que determinaba el bien y el mal. De este modo, en entornos de fetichismo
e idolatría, el genocida-perpetrador fue construido como un ser bestial,
incapaz de reconocer el mal (auto-reconocerse). Si además consideramos las
recomendaciones de lecturas del genocida-perpetrador previas a El Eternauta
(Larteguy), no caben dudas respecto de su clave de decodificación de El
Eternauta.
En 1962 el Círculo Militar había publicado el
libro Guerra revolucionaria comunista, del general Osiris Villegas
(1916-1998). Era el volumen 525 de la Biblioteca del Oficial. Un año después
sería reeditado, para el público en general, por el sello Pleamar. No fue
literatura de nicho. Varias generaciones de militares argentinos se formaron
con este texto contrainsurgente. Pero también abrevaron en él varias
generaciones de empresarios, dirigentes políticos y sindicales, periodistas,
etc. El libro convocaba a las y a los civiles a asumir el protagonismo en una
guerra de alcance universal y dejaba en claro que nadie iba a poder sustraerse
de ella.
Astiz se movía en un mundo de abstracciones que
le ratificaba una creencia y una auto-percepción: ellos, los militares
argentinos, eran la encarnación de valores esenciales. De este modo se totalizaban: se creían dioses y afirmaban su señorío sobre
las demás personas. Cuando los seres humanos se creen dioses, pasan a estar en
disponibilidad para el mal absoluto y terminan arrogándose el derecho de
destruir, arrasar, matar. Quien ejerce el mal absoluto ama el mal, se regodea
en lo atroz que le confiere una felicidad que no es secreta sino pública; por
eso promueve abiertamente las creencias y emociones más perversas de las
personas, agita sus peores prejuicios, reivindica sus costados más mezquinos,
crueles, impiadosos, da rienda suelta a la brutalidad y la sumisión. Ese ha
sido, es (está a la vista) y seguramente será un procedimiento definitorio del
fascismo.
Al mismo tiempo, los militares argentinos
sustentaban una idea “ganadera” (típicamente argentina) del control social:
estaban absolutamente convencidos de que solo podrían obtener “respeto” a
través de la brutalidad. Implacables con el “enemigo interno”, incluso con el
“enemigo” derrotado, caído y prisionero, los genocidas-perpetradores (Astiz en
particular) fueron humillados por el enemigo exterior.
¿Entonces Astiz leyó “mal” a El Eternauta?
Mejor preguntarse: ¿Desde dónde lo leyó? Lo leyó de una comunidad de
genocidas-perpetradores. Lo leyó como cruzado e inquisidor. De esta manera,
podría decirse que su condición lo inhibía para captar lo fundamental de El
Eternauta: la clave resistente. En todo caso, de captar esa clave, no podía
hacer otra cosa que repudiarla. ¿Cuál puede ser la clave de lectura de El
Eternauta de las personas que explotan, oprimen, dominan, esclavizan y
humillan a otras? Esa clave requiere que se le asigne a la víctima un carácter bárbaro,
que se la deshumanice y, un elemento decisivo, que se sobredimensione su poder
de agresión. La historia abunda en estas estrategias.
Probablemente Astriz haya leído El Eternauta
como una metáfora de la agresión de la “subversión” a la nación. Él consideraba
que a “los subversivos” les habían lavado el cerebro con el “verso” de la
justicia social.[2]
Si en la obra de Oesterheld el agresor externo va adquiriendo los rasgos del
imperialismo (rasgos que, como vimos, se acentúan en la segunda versión de la
primera parte y en la segunda parte) seguramente el genocida-perpetrador haya
decodificado al agresor externo en sentido inverso, esto es: como el
“comunismo”, atribuyéndoles a las organizaciones revolucionarias de la
Argentina (y a las organizaciones populares en general) un “comando”
extranjero: Unión Soviética, China, Cuba, etc.. Sabemos que fue exactamente al
revés. El genocida-perpetrador, va de suyo, difícilmente haya podido discernir
entre solidaridad internacional e injerencia extranjera. La “agresión
comunista”, el “peligro comunista” era una ficción paranoica; en cambio, el
vínculo de las clases dominantes con el capital monopólico trasnacional
(especialmente norteamericano en las décadas de 1960 y 1970), la intervención
de Estados Unidos a través de sus embajadas y sus diversas “oficinas”, eran (y
son) cosas bien concretas. Se trata de magnitudes y de efectos
incomparables.
Como decíamos unas páginas atrás, repeler una
agresión no necesariamente implica un acto de resistencia. Por lo general, no
resiste quien detenta el poder, quien cuenta con una desproporcionada
superioridad de medios y recursos. “Pacificar” no es resistir, es exactamente
lo contrario. Si hay matanza no hay combate. Formado en la tradición del
colonialismo interno de los “héroes del desierto” y alejado del sentido épico
de la praxis sanmartiniana, asumiendo como punto partida la defensa e
idealización de los engranajes que trituran la soberanía de la nación y la
dignidad de buena parte de sus habitantes, un genocida-perpetrador argentino
corre con desventaja a la hora de comprender la naturaleza de un acto heroico,
verdaderamente heroico, es decir, colectivo. Esa tradición es contraria a toda
épica.
Cuando la historia confrontó a Astiz con un
enemigo poderoso, cuando tuvo la posibilidad de medirse frente a un auténtico
invasor, en Puerto Leith, en las islas Georgias, durante la guerra de Malvinas,
el represor cometió una nueva infamia: a bordo del buque británico Plymouth,
entre whisky y whisky, optó por firmar la rendición ante Her Britannic
Majestys Royal Navy en la persona Nicholas John Barker (1933-1997), capitán
del HBS Endurance, un 26 de abril de 1982. El cobarde podría haber
concluido su trayectoria con un acto valeroso. No lo hizo.
Se rindió sin disparar un solo tiro, violando el
artículo 751 del código militar que establece condenas para el militar que
capitule ante un enemigo extranjero sin haber agotado las municiones o sin
haber perdido dos tercios de los efectivos a sus órdenes. Era forma más
coherente de coronar la que Tina Rosenberg en su libro Astiz. La estirpe de
Caín definió como “una carrera militar basada en la victoria sobre los que
no tenían defensa”. (Rosenberg, 1998: 68). Además, los ingleses representaban
todo lo que él admiraba. Seguramente es de las personas que consideran que
Waterloo fue una victoria. De todos modos, no hay nada computable como victoria
en su biografía, dado que Astiz también fue derrotado por las Madres.
Con la guerra de Malvinas, Astiz tuvo a mano la
posibilidad de releer El Eternauta en otra clave, pero no estaba en
condiciones de aprovecharla. Los frentes bélicos abiertos se presentaban como
escollos inabordables para militares que se habían formado en un tipo de guerra
que consistía en secuestrar, torturar y hacer desaparecer a enemigos civiles en
situación de inferioridad o directamente indefensos. Un tipo de guerra que era
una práctica asimilable al homicidio agravado.
¿Acaso Astiz desarrolló la conciencia de ser un
mero instrumento en manos de otro poder superior, al modo de un Mano? No
parece ser el caso. No estaba sometido a someter. Hizo lo que hizo con
convencimiento y con entusiasta perversidad. Así lo demuestra su tendencia a
la exacerbación de la muerte, la opción
por las formas de hacerla infame a fuerza de humillaciones y torturas, a fuerza
de planificación y rutina. La condición de verdugo no respondía en él ni al
azar ni al destino. Era absolutamente incapaz de convertirse en mártir o en
héroe. Solo podía ser verdugo. Peor que un inquisidor. No fue un mero
instrumento, fue (es) la cara visible del mal absoluto y del odio cósmico. No
fue una víctima de un sistema de control. Fue parte fundamental del grupo que
lo impone.
El Mano, cuando se le activa la “glándula
del terror”, consciente de su final, pierde el miedo y aflora su bondad. Dice:
—“Ellos son el odio cósmico. Ellos nos obligan a matar y a
destruir a nosotros, los Manos, que solo vivimos pensando en lo bello”.
(Oesterheld/Solano López, 2000: 176). En ese estado, ya fuera de combate y
libre del sometimiento a los Ellos, el Mano se abre a la
contemplación gozosa, percibe la belleza de los objetos de uso corriente, el
costado artístico de una cafetera (“una escultura”), y cuando el final está
cerca, entona un extraño y dulce canto de muerte: “mimnio....athesa...
eioioio... mimnio”. (Oesterheld/Solano López, 2000: 174, 177).
El genocida-perpetrador nunca dejó de
identificarse con el poder superior, por lo cual no cabe considerarlo un ser
originalmente inteligente y sensible que fue degradado y convertido en agente
del mal. El genocida-perpetrador, deshumanizado y deshumanizador del prójimo,
cosificador de las otras/otros/otres, tiene un sentido de la justicia
trastocado.
A diferencia del Sargento Kirk (que se sentía
más cerca de los Pieles-rojas que de los Cara-pálidas), el genocida-perpetrador
nunca tuvo cargos de conciencia por la matanza perpetrada. Todo indica que
ningún dilema interno lo atravesó, que ningún trauma le provocó su experiencia,
que jamás lo rozó algún destello de virtud. Todo esto confirma la inviabilidad
de cualquier tipo de reconciliación entre las víctimas y los
genocidas-perpetradores; asimismo, ratifica la incompatibilidad radical entre
las identidades generadas por la empatía con las victimas y quienes, de un modo
u otro, expresan continuidades con los agentes o beneficiarios indirectos del
genocidio.
La sociedad de Oesterheld con Pratt (recordemos:
Ernie Pike, Ticonderoga, etc.) resultó tan productiva, entre
otras cosas, porque ambos compartían lo que Masotta denominaba “un verdadero
humanismo antropológico”, la adscripción a “un mundo rousseauniano”. (Masotta,
1982: 149). Ese humanismo genera un deber moral que es prioritario respecto de
toda ley e implica una responsabilidad para con las otras personas,
consideradas merecedoras de respeto y atención. Cabe señalar que el “mundo
rousseauniano” de Oesterheld era incompatible con el “mundo hobbesiano” de
Astiz y los genocidas-perpetradores. Oesterheld y sus personajes estaban
abiertos al descubrimiento de hondas identidades humanas. Una disposición ajena
a un militar contrainsurgente. Astiz y los genocidas-perpetradores seguían a
pie juntillas el manual de la caza de brujas.
En los entornos más violentos, en el fragor de
los combates más encarnizados, los diversos personajes de Oesterheld siempre
encuentran un instante para reflexionar sobre la humanidad del “enemigo”. Son
personajes capaces de descubrir la humanidad del otro. Tienen compasión. La
conciencia ética se impone a toda moral ascética, a la moral de la dominación
que considera que el cuerpo de las otras/los otres/les otres, carece de valor.
Ese gesto, tan básico, también resultó inaccesible para Astiz y los
genocidas-perpetradores, insertos en un orden institucional, ideológico y
discursivo que les impedía desarrollar este tipo de sentimientos. Por eso, para
estos últimos, la insensibilidad fue la única respuesta frente a la
sensibilidad ajena.
Reproductor de Auschwitz en la ESMA, el represor
tampoco estaba en condiciones de captar el horror frente a las masacres
burocratizadas que subyace en El Eternauta. Es más factible que, al modo
de un “nazi refinado”, haya compuesto (y comprendido) sus infamias bajo el
criterio de lo “sublime negativo” o la “sacralización desplazada”, con su
“fascinación por el exceso y la trasgresión sin precedentes”. (LaCapra, 2005:
47, 112). Se aproxima bastante al personaje de Hans Landa, ese oficial de las
SS inteligente, ilustrado, políglota, y despiadado hasta lo indecible,
interpretado brillantemente por el actor Christoph Waltz en la película Inglourius
basters (Bastardos sin gloria) del director Quentin Tarantino, del
año 2009.
Una hipótesis a modo de cierre de este capítulo.
En el reconocimiento de Astiz hacia El Eternauta y hacia Oesterheld
puede verse también el grado de fascinación que la víctima le generaba al
victimario. La fascinación entendida aquí como atracción morbosa que, de ningún
modo puede confundirse con empatía, dado que esta implica una relación afectiva
y el respeto por la otra/el otro/le otre. Esa fascinación se activaba
preferentemente cuando la víctima era de clase media o alta, blanca e
ilustrada; o sea, “cercana”, en algunos aspectos “objetivos”; estéticamente
afín a sus concepciones racistas y clasistas de la “integridad” y de la
“belleza moral”. Con las y los cabecitas negras, con las y los marrones,
incluso con las judías o los judíos, la fascinación del teniente alto, rubio de
ojos celestes, solía disminuir, dado que se trataba de figuras alejadas de su
imagen de lo sublime.
En síntesis: el victimario no podía dejar de
reconocer el valor de lo que objetivaba y suprimía, la potencia de aquello que
la víctima atesoraba, la riqueza de su mundo material, social y simbólico. De
este modo, el genocida-perpetrador era plenamente conciente de lo que estaba
destruyendo y, en su omnipotencia, creía que con esa destrucción no hacía más
que corroborar un destino. Concebía a la destrucción como una mera acción
demostrativa. El “triunfo”, su “triunfo”, se concretaba en el castigo sobre el
cuerpo de la víctima. Resulta evidente la dimensión monstruosa de los
genocidas-perpetradores. Oesterheld había creado personajes donde el bien y el
mal aparecían relativizados. Los buenos tenían dobleces, los malos alguna
emotividad. Pero los genocidas-perpetradores encarnaron el mal absoluto y el
odio cósmico.
Bibliografía citada
Actis, Munú; Aldini, Cristiana; Gardella,
Liliana, Lewin, Miriam y Tokar, Elisa, Ese infierno. Conversaciones de cinco
mujeres sobrevivientes de la ESMA, Buenos Aires, Sudamericana, 2001.
Adoue, Silvia Beatriz, Walsh, el criptógrafo.
Escritura y acción política en la obra de Rodolfo Walsh, Buenos Aires,
Dialektik, 2011.
Boccanera, Jorge: “¿Alfredo Astiz leyó El
Eternauta?”. Disponible en: La tecl@ Eñe Revista, 2025: https://share.google/db7zaLXvYhzsu9i7 [Chequeado el 29 de julio de 2025].
Chartier, Roger, El mundo como
representación: historia cultural, entre práctica y representación,
Barcelona, Gedisa, 1995.
Goñi, Uki, El infiltrado. Astiz, las Madres y
El Herald, Buenos Aires, Ariel, 2018.
LaCapra, Dominick, Escribir la historia,
escribir el trauma, Buenos Aires, Nueva Visión, 2005.
Masotta, Oscar, La historieta en el mundo
moderno, Barcelona, Ediciones Paidós, 1982.
Oesterheld, Héctor, Germán y Solano López,
Francisco, El Eternauta, Barcelona, La Biblioteca Argentina, Serie
Clásicos, Diario Clarín, 2000. Colección dirigida por Ricardo Piglia y
Osvaldo Tcherkaski.
Rosenberg, Tina, Astiz. La estirpe de Caín,
Buenos Aires, Documentos Página/12, 1998.
Miguel Mazzeo
Profesor de Historia y Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires. Docente de la UBA y la UNLA. Autor de libros, ensayos y artículos en publicaciones nacionales y extranjeras sobre diversos pensadores y problemáticas latinoamericanas. Entre sus principales libros se cuentan: Marx populi (2018), El socialismo enraizado (2013), Poder popular y nación. Notas sobre el bicentenario de la Revolución de Mayo (2011), Invitación al descubrimiento: José Carlos Mariátegui y el socialismo de Nuestra América (2009), El Sueño de una cosa. Introducción al poder popular (2007), ¿Qué (no) hacer? Apuntes para una crítica de los regímenes emancipatorios (2005).
[1] Astiz fue condenado “a la pena
de prisión perpetua por el delito de homicidio calificado reiterado en doce
oportunidades; en perjuicio de Alice Domon, Ángela Auad, Esther Ballestrino de
Careaga, Raquel Bulit, Gabriel Horane, Patricia Oviedo, María Eugenia Ponce de
Bianco, Remo Berardo, José Julio Fondovila, Horacio Elbert, Azucena Villaflor
de De Vincenti y Léoni Duquet. (Sentencia Causa Esma, 28 de diciembre del 2011,
apud, Goñi: 2018: 218).
[2] En 2026, a cincuenta años del
golpe de Estado de 1976, en Argentina, tanto en el Estado como la sociedad,
proliferan una serie de discursos y de relatos que denigran la idea de la
justicia social.
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