Hernán Cruz Ocantos
Lo único que le
interesa a Ramona es no quedarse sin trabajo. Sabe que si el doctor se muere,
ella se va a la calle. Por eso, y por otros tantos motivos, realiza sus tareas
con suma dedicación. También sabe que, dada la cantidad de años que el doctor
tiene, es probable que la muerte de este suceda más temprano que tarde. Ramona
piensa que si cumple con sus tareas cotidianas con un poco más de esmero cada
día, la familia del doctor la va a premiar contratándola más allá de la muerte
de él. Ramona es casi una integrante más de la familia, eso le dijo la hija del
doctor una vez, cuando la llamaron para que volviese a trabajar con ellos, tras
la interrupción de casi cinco años en la relación laboral. Un poco a pesar de
los dichos de la hija del doctor, Ramona a veces se dice que por qué la dejaron
tanto tiempo sin trabajo, pero antes que rencor, ella siente gratitud hacia
aquellas personas que le han cobijado durante más de treinta años. “Un trabajo,
una piecita, comida y una familia” se cuenta Ramona algunas noches en las que
extraña su casa, la verdadera.
La familia de
Ramona, la verdadera, tiene una vivienda bastante precaria en Villa Albertina,
en Lomas de Zamora, a casi dos horas de viaje en colectivo hasta la Recoleta
que es donde está ubicado el piso en el que trabaja. Ramona vuelve a casa los
sábados después del mediodía y regresa al departamento del doctor los domingos
a la tarde, después de la última ronda de mate con el Antonio, su marido. Y a
veces con la Nancy, una de sus hijas, y el Ezequiel, el único de sus nietos que
últimamente la va a visitar, el resto ya está grande. En varias ocasiones, la
familia la instó a quedarse algún domingo un rato más, o a pedirse el día
entero con la excusa de algún cumpleaños o de algún festejo similar, pero
Ramona jamás faltó, jamás llegó tarde a su trabajo. Para ella la vida es un
sacrificio, sin espacio para la recreación o los pasatiempos. Así fue educada.
Desde que
volvió a trabajar a casa del doctor, Ramona ha notado que está muy cambiado. Ya
no habla, solo formula algunos sonidos que no parecen palabras. Antes sí
hablaba, mucho, educado. Ramona nunca le comentó a nadie aquello que desde la
misma entrevista prelaboral le habían ordenado, aquello que ni siquiera le
había inspirado la menor objeción interna. Había una serie de reglas a cumplir,
la primera de ellas era la discreción. “Ramona, nada de lo que vea o escuche
puede comentar con nadie, ¿estamos?”, esas habían sido las palabras del doctor
y la señora (en ese tiempo vivía) como condición primordial para acceder al
puesto. Después le hicieron firmar una serie de papeles que ella apenas ojeó,
no por falta de interés o de cuidados: Ramona no sabía leer muy bien. Había
abandonado el colegio en segundo grado allá en Tavaí y nunca necesitó de la
palabra escrita para desenvolverse.
Ramona sabe
algo, un poco, sobre quién fue el doctor en su pasado, sabe que fue una persona
importante, sabe también que el parate de cinco años en la relación laboral se
debió a que el doctor estuvo preso. Ramona no juzga, ni siquiera prestó
atención a las noticias que mencionaban el apellido del doctor. En su casa, el
Antonio le decía que dejara ese trabajo, que se buscara otro, que no esperara
más, que seguro después de tantos años la podrían recomendar para otra casa.
Pero Ramona no quiso, ya la llamarían. En todo ese tiempo ni un peso le
pasaron, pero ella no juzga. Esa era una enseñanza que le había dejado su
madre, lejana, allá en el pueblo, antes de que Ramona se fuera tras los pasos
de pequeñas esperanzas de progreso.
Las razones por
las cuales el doctor estuvo preso fueron las mismas por las cuales ya lo habían
encerrado años atrás, un poco antes de que Ramona ingresara a vivir con él. A
poco de su detención, la hija del doctor le había dicho a Ramona:
—Ramona, como
sabrás mi padre no va a estar por acá durante cierto tiempo. Se trata de una
injusticia que pronto se arreglará. Nuestros abogados ya están trabajando en el
tema.
—Disculpe,
señora, pero a mí me preocupa la salud del doctor ¿Estará bien en ese lugar?
¿Lo cuidarán? ¿Sabrán atenderlo?
La mujer miró a
Ramona con un gesto de compasión e incredulidad:
—Tranquila,
Ramona, está muy bien allá. Le dan todo lo que pide, lo atienden a pie de rey,
como se lo merece una buena persona como él.
—Ah, qué bien
señora, gracias a Dios. Yo lo voy a poner en cadena de oración. Mi virgencita
de Caacupé lo va a ayudar.
La hija del
doctor, sin prestarle mucha atención, observaba su teléfono. De pronto, como si
recordara una cosa de poca importancia, volvió a dirigirse a la empleada:
—¿Cómo estamos
con vos, Ramona? Al salario me refiero.
—Al día,
señora, como siempre.
—Mirá, acá me
envían desde el estudio jurídico este documento para que firmes. Y acá tenés el
mes entero. Ni bien tengamos novedades sobre el regreso de mi padre, te
llamamos para que vuelvas a trabajar con nosotros.
—Gracias,
señora. Disculpe, señora, ¿usted sabe más o menos cuándo sería eso?
—Estamos
poniendo todos nuestros recursos para que su liberación se dé lo antes posible.
La mujer
atendió un llamado. Ramona estaba en negro. Al cortar, le recordó que la
llamarían ni bien tuviesen novedades. Ramona lagrimeaba por la suerte del
doctor:
—Chau, señora.
La mujer
correspondió al saludo con indiferencia.
Durante esos
cinco años, Ramona revendió cosméticos y bombachas, cosió remeras, limpió
casas, cortó pastos. La pobreza era una palabra que no cabía en su universo,
para ella la vida era la obligación de trabajar para poder comer. Eso era lo
que les había enseñado a sus hijos, a sus siete hijos, y lo que nunca se
cansaba de repetir. Esa era su forma, creía poseer una sabiduría heredada de su
madre, compuesta por frases hechas. Y cuando sus esperanzas de volver a servir
en casa del doctor estaban casi apagadas, el llamado llegó:
—Ramona, te
esperamos el lunes para que vuelvas a atender a papá.
El mensaje
apelaba al poder de síntesis de las órdenes. Se puso contenta Ramona: volvería
a trabajar para el doctor. Y aunque en su casa ya se habían acostumbrado a su
presencia, también se pusieron contentos.
A pesar de las
advertencias que la hija le había comentado acerca de los cambios que el tiempo
había operado tanto en la persona como en el cuerpo del doctor, al principio a
Ramona le costó adaptarse a la nueva rutina. Además del habla, el doctor había
perdido el porte de hombre buen mozo. En su lugar se imponía una postura
jorobada, deforme, resbaladiza, casi animal. La silla de ruedas tampoco lo
ayudaba a mantener la elegancia de antes.
—Cuando lo
bañes, Ramona, tené cuidado con la tobillera electrónica, que no se moje.
Unas semanas
después, la hija le ordenó que sacara a pasear al doctor una vez por día, que
no se preocupara por el dispositivo, que estaba todo arreglado. Ramona, a
menudo, se preguntaba qué le habrían hecho en la cárcel al pobre doctor.
Los días de
Ramona, salvo las nuevas demandas de su patrón, no habían variado mucho desde
su ingreso a la casa. Preparar el desayuno, hacer las compras, limpiar,
preparar el almuerzo, dormir una hora de siesta, preparar la merienda, lavar,
planchar, preparar la cena, hacer un llamadito al Antonio, dormir. Desde el
primer día, tanto el doctor como su esposa habían puesto especial énfasis en
que las fotos, las condecoraciones y, especialmente, el marco dorado que
protegía el uniforme, debían estar siempre relucientes, sin dedos ni marcas en
los cristales. Parecía mucho trabajo para una sola persona y lo era. Durante un
corto período hubo una chica, jovencita, que la ayudó, pero no duró.
Y si bien todo
era bastante parecido, lo diferente era que ahora estaba siempre sola con el
doctor, en silencio. La hija hacía semanas que no lo visitaba, la última vez
había ido a verla a ella para decirle que tenía quedarse los domingos también.
Hasta que una
mañana el doctor volvió a hablar. A Ramona le habló. Ella había observado, tras
el cambio matutino de pañales (últimamente las incontinencias fecales eran más
frecuentes), que los ojos del doctor habían amanecido con el antiguo brillo de
la felicidad. Ramona se encontraba untando la mermelada de naranja de Duerr’s,
cuando la voz del doctor reapareció:
—Hablá, putita,
hablá si no querés que te metamos más picana por la concha.
El doctor habló
cuchillo en mano, apuntando hacia la entrepierna de Ramona. Ella, fuerte como
era, logró frenarlo a tiempo, antes de cualquier daño. Tras unos segundos de
forcejeo, él pareció retornar al estado vegetativo previo. A Ramona, a pesar
del temblequeo de sus manos, no le costó retirar los restos del desayuno.
Tampoco cepillar los dientes del doctor antes de ir a dar el paseo cotidiano.
Porque a ella, a Ramona, lo único que le interesa es no quedarse sin trabajo
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