miércoles, 11 de marzo de 2026

Gajes del oficio - Cuento -

                                                                                          Hernán Cruz Ocantos

Lo único que le interesa a Ramona es no quedarse sin trabajo. Sabe que si el doctor se muere, ella se va a la calle. Por eso, y por otros tantos motivos, realiza sus tareas con suma dedicación. También sabe que, dada la cantidad de años que el doctor tiene, es probable que la muerte de este suceda más temprano que tarde. Ramona piensa que si cumple con sus tareas cotidianas con un poco más de esmero cada día, la familia del doctor la va a premiar contratándola más allá de la muerte de él. Ramona es casi una integrante más de la familia, eso le dijo la hija del doctor una vez, cuando la llamaron para que volviese a trabajar con ellos, tras la interrupción de casi cinco años en la relación laboral. Un poco a pesar de los dichos de la hija del doctor, Ramona a veces se dice que por qué la dejaron tanto tiempo sin trabajo, pero antes que rencor, ella siente gratitud hacia aquellas personas que le han cobijado durante más de treinta años. “Un trabajo, una piecita, comida y una familia” se cuenta Ramona algunas noches en las que extraña su casa, la verdadera.

La familia de Ramona, la verdadera, tiene una vivienda bastante precaria en Villa Albertina, en Lomas de Zamora, a casi dos horas de viaje en colectivo hasta la Recoleta que es donde está ubicado el piso en el que trabaja. Ramona vuelve a casa los sábados después del mediodía y regresa al departamento del doctor los domingos a la tarde, después de la última ronda de mate con el Antonio, su marido. Y a veces con la Nancy, una de sus hijas, y el Ezequiel, el único de sus nietos que últimamente la va a visitar, el resto ya está grande. En varias ocasiones, la familia la instó a quedarse algún domingo un rato más, o a pedirse el día entero con la excusa de algún cumpleaños o de algún festejo similar, pero Ramona jamás faltó, jamás llegó tarde a su trabajo. Para ella la vida es un sacrificio, sin espacio para la recreación o los pasatiempos. Así fue educada.

Desde que volvió a trabajar a casa del doctor, Ramona ha notado que está muy cambiado. Ya no habla, solo formula algunos sonidos que no parecen palabras. Antes sí hablaba, mucho, educado. Ramona nunca le comentó a nadie aquello que desde la misma entrevista prelaboral le habían ordenado, aquello que ni siquiera le había inspirado la menor objeción interna. Había una serie de reglas a cumplir, la primera de ellas era la discreción. “Ramona, nada de lo que vea o escuche puede comentar con nadie, ¿estamos?”, esas habían sido las palabras del doctor y la señora (en ese tiempo vivía) como condición primordial para acceder al puesto. Después le hicieron firmar una serie de papeles que ella apenas ojeó, no por falta de interés o de cuidados: Ramona no sabía leer muy bien. Había abandonado el colegio en segundo grado allá en Tavaí y nunca necesitó de la palabra escrita para desenvolverse.

Ramona sabe algo, un poco, sobre quién fue el doctor en su pasado, sabe que fue una persona importante, sabe también que el parate de cinco años en la relación laboral se debió a que el doctor estuvo preso. Ramona no juzga, ni siquiera prestó atención a las noticias que mencionaban el apellido del doctor. En su casa, el Antonio le decía que dejara ese trabajo, que se buscara otro, que no esperara más, que seguro después de tantos años la podrían recomendar para otra casa. Pero Ramona no quiso, ya la llamarían. En todo ese tiempo ni un peso le pasaron, pero ella no juzga. Esa era una enseñanza que le había dejado su madre, lejana, allá en el pueblo, antes de que Ramona se fuera tras los pasos de pequeñas esperanzas de progreso.

Las razones por las cuales el doctor estuvo preso fueron las mismas por las cuales ya lo habían encerrado años atrás, un poco antes de que Ramona ingresara a vivir con él. A poco de su detención, la hija del doctor le había dicho a Ramona:

—Ramona, como sabrás mi padre no va a estar por acá durante cierto tiempo. Se trata de una injusticia que pronto se arreglará. Nuestros abogados ya están trabajando en el tema.

—Disculpe, señora, pero a mí me preocupa la salud del doctor ¿Estará bien en ese lugar? ¿Lo cuidarán? ¿Sabrán atenderlo?

La mujer miró a Ramona con un gesto de compasión e incredulidad:

—Tranquila, Ramona, está muy bien allá. Le dan todo lo que pide, lo atienden a pie de rey, como se lo merece una buena persona como él.

—Ah, qué bien señora, gracias a Dios. Yo lo voy a poner en cadena de oración. Mi virgencita de Caacupé lo va a ayudar.

La hija del doctor, sin prestarle mucha atención, observaba su teléfono. De pronto, como si recordara una cosa de poca importancia, volvió a dirigirse a la empleada:

—¿Cómo estamos con vos, Ramona? Al salario me refiero.

—Al día, señora, como siempre.

—Mirá, acá me envían desde el estudio jurídico este documento para que firmes. Y acá tenés el mes entero. Ni bien tengamos novedades sobre el regreso de mi padre, te llamamos para que vuelvas a trabajar con nosotros.

—Gracias, señora. Disculpe, señora, ¿usted sabe más o menos cuándo sería eso?

—Estamos poniendo todos nuestros recursos para que su liberación se dé lo antes posible.

La mujer atendió un llamado. Ramona estaba en negro. Al cortar, le recordó que la llamarían ni bien tuviesen novedades. Ramona lagrimeaba por la suerte del doctor:

—Chau, señora.

La mujer correspondió al saludo con indiferencia.

Durante esos cinco años, Ramona revendió cosméticos y bombachas, cosió remeras, limpió casas, cortó pastos. La pobreza era una palabra que no cabía en su universo, para ella la vida era la obligación de trabajar para poder comer. Eso era lo que les había enseñado a sus hijos, a sus siete hijos, y lo que nunca se cansaba de repetir. Esa era su forma, creía poseer una sabiduría heredada de su madre, compuesta por frases hechas. Y cuando sus esperanzas de volver a servir en casa del doctor estaban casi apagadas, el llamado llegó:

—Ramona, te esperamos el lunes para que vuelvas a atender a papá.

El mensaje apelaba al poder de síntesis de las órdenes. Se puso contenta Ramona: volvería a trabajar para el doctor. Y aunque en su casa ya se habían acostumbrado a su presencia, también se pusieron contentos.

A pesar de las advertencias que la hija le había comentado acerca de los cambios que el tiempo había operado tanto en la persona como en el cuerpo del doctor, al principio a Ramona le costó adaptarse a la nueva rutina. Además del habla, el doctor había perdido el porte de hombre buen mozo. En su lugar se imponía una postura jorobada, deforme, resbaladiza, casi animal. La silla de ruedas tampoco lo ayudaba a mantener la elegancia de antes.

—Cuando lo bañes, Ramona, tené cuidado con la tobillera electrónica, que no se moje.

Unas semanas después, la hija le ordenó que sacara a pasear al doctor una vez por día, que no se preocupara por el dispositivo, que estaba todo arreglado. Ramona, a menudo, se preguntaba qué le habrían hecho en la cárcel al pobre doctor.

Los días de Ramona, salvo las nuevas demandas de su patrón, no habían variado mucho desde su ingreso a la casa. Preparar el desayuno, hacer las compras, limpiar, preparar el almuerzo, dormir una hora de siesta, preparar la merienda, lavar, planchar, preparar la cena, hacer un llamadito al Antonio, dormir. Desde el primer día, tanto el doctor como su esposa habían puesto especial énfasis en que las fotos, las condecoraciones y, especialmente, el marco dorado que protegía el uniforme, debían estar siempre relucientes, sin dedos ni marcas en los cristales. Parecía mucho trabajo para una sola persona y lo era. Durante un corto período hubo una chica, jovencita, que la ayudó, pero no duró.

Y si bien todo era bastante parecido, lo diferente era que ahora estaba siempre sola con el doctor, en silencio. La hija hacía semanas que no lo visitaba, la última vez había ido a verla a ella para decirle que tenía quedarse los domingos también.

Hasta que una mañana el doctor volvió a hablar. A Ramona le habló. Ella había observado, tras el cambio matutino de pañales (últimamente las incontinencias fecales eran más frecuentes), que los ojos del doctor habían amanecido con el antiguo brillo de la felicidad. Ramona se encontraba untando la mermelada de naranja de Duerr’s, cuando la voz del doctor reapareció:

—Hablá, putita, hablá si no querés que te metamos más picana por la concha.

El doctor habló cuchillo en mano, apuntando hacia la entrepierna de Ramona. Ella, fuerte como era, logró frenarlo a tiempo, antes de cualquier daño. Tras unos segundos de forcejeo, él pareció retornar al estado vegetativo previo. A Ramona, a pesar del temblequeo de sus manos, no le costó retirar los restos del desayuno. Tampoco cepillar los dientes del doctor antes de ir a dar el paseo cotidiano. Porque a ella, a Ramona, lo único que le interesa es no quedarse sin trabajo

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