R. Horacio Monzón
"Me
despertaron los gritos y los golpes en la puerta de la casilla"
Las luces de
las avenidas camino Gral. Belgrano por el oeste y Calchaquí por el este, por
contraste, hacían más fantasmal las penumbras que envolvían las pocas casas y
el cerco de árboles que rodeaba la casaquinta, que ocupa un cuarto de manzana.
Las figuras se movían sigilosamente amparadas por la oscuridad de la noche.
Rodearon en silencio la casilla, ubicada en la calle "cortada"
por la casaquinta, que dividía en dos el
nuevo loteo de terrenos, donde se erigían algunas pocas casas, de los vecinos
que despaciosamente se asentaban en él. Esa noche dormía junto a mi compañera,
"La Negrita". Al lado de la cama matrimonial, la cuna donde
descansaba plácidamente nuestro hijo Marcelo, de tan solo un año de edad. La
noche discurría en silencio. En un barrio de calles de tierra, no había ruidos
de tránsito. Solo se podía oír un rumor de motor cuando pasaba algún colectivo
por la avenida más cercana, avenida Calchaquí, que corre de norte a sur,
cruzando el partido de Quilmes.
Al barrio
"El Socorro", le da el nombre, la antigua iglesia Nuestra Señora del
Perpetuo Socorro, (antigua porque consiguió su erección canónica en noviembre
de año 1941). Ubicada en la intersección de las avenidas Calchaquí y Francia,
donde todavía está ubicada la casilla que ocupábamos en familia.
Un barrio de
trabajadores cerca de la avenida. Pero olvidado del progreso. Es allí donde con
la Negra encontramos la oportunidad de comprar en cuotas, un pedazo de tierra.
Me despertaron los gritos y los golpes en la puerta de la casilla. Como todas
las noches dormía profundamente después de un ajetreado día. Repartía mi tiempo
entre el trabajo y la militancia. Militaba en "JTP" (Juventud
Trabajadora Peronista) con los compañeros metalúrgicos, aun después de
renunciar a los Talleres Metalúrgicos Adabor. Renuncié en febrero. Se aunaron
problemas personales con los rumores de "golpe". En la metalúrgica me
desempeñaba como oficial rectificador. Fui a trabajar a una curtiembre donde ya
trabajaba "Guille", Guillermo había aparecido en la casilla con una
muda de ropa y una bolsa de dormir, diciéndome que se venía a militar a
Quilmes. Era de Palermo, hijo del contador de la metalúrgica en la cual yo
trabajaba y donde nos conocimos. Al poco tiempo se integró al ejercito
Montonero. Recuerdo que "Paco" (Néstor De Vicente) que era oficial,
lo nombra cabo en una estación de servicio. El grupo estaba compuesto por
"Burrito" trabajaba en Metalsina, "Fierrito" de Senna. El
sobrenombre se lo ganó cuando agarro un fierro y se "reventó" un
dedo, lo estaban por cesantear por activista pero por convenio estando
accidentado, no lo pudieron hacer. "Camporita" de la fábrica Johnson
y "Willy" que trabajaba en Faraday, el responsable del grupo era
"El Colorado de Solano". Esa noche estuve hojeando el nuevo número de
Evita Montonera antes de dormir. Era costumbre, desde chico le quitaba un poco
de tiempo al sueño y leía algo, fue la forma de instruirme trabajaba desde los
nueve años, pero al terminar sexto grado tuve que ir a trabajar tiempo
completo. No pude hacer el secundario.
CONOCE AL
ENEMIGO Y CONÓCETE A VOS MISMO. (Rezaba el título de la nota).
Comencé a leer:
En la frase del título está contenido el conocido consejo de Sun Tzu, para
"librar cien batallas sin conocer la derrota" Pero seguir ese consejo
cuando las fuerzas enfrentadas no son ejércitos convencionales, sino clases
sociales y sus expresiones políticas, económicas y militares, no es cosa fácil.
Hay que saber definir la contradicción principal que opera en la realidad y
determinar en consecuencia la composición de los dos grandes campos enfrentados
(él propio y el enemigo), y de las fuerzas o sectores fluctuantes que conviene
ganar o neutralizar. No pude seguir leyendo. Se cerraban mis ojos de sueño. Me
dormí pensando que en el día de mañana tendría que comenzar con el reparto de
los materiales, que me habían alcanzado para su distribución como encargado de
prensa del grupo. Cuanto menos los tuviera en la casilla, mejor. Menos mal que
"Guille" escuchando los ruegos de todo el fin de semana, el lunes se
había llevado el bolso marinero con todos los "fierros". La
"Evita Montonera" quedó arriba de la pequeña mesa de luz, al lado de
la lamparita que oficiaba de velador.
― ¡Entrégate
“Bigote”!- ¡Perdiste “Bigote”!.
Al son de los
gritos arreciaron los golpes en la endeble puerta de chapa. Pegué el salto de
la cama y alcance a ponerme los pantalones. Es una característica mía de
despertar con los cinco sentidos. Me calcé los "mocasines" y corrí
hacia el baño ubicado en el fondo de la pequeña casilla. El baño contaba con
una puerta hacia el terreno del fondo, por donde pensé escapar. De pronto sentí
que algo me retenía por el cinturón. Volví la cabeza desesperado y oigo a la
“Negra” que me dice imperativa:
― ¡No salgas,
te van a matar!
La puerta se dobló
por la mitad como una hoja de papel, cedió a tantas patadas y saltó la
cerradura. Entraron varias personas, cinco o seis. Algunos de ellos con
pasamontañas cubriéndoles la cabeza. En segundos estuvieron sobre mí, me
tiraron al piso. El contrapiso sin alisado me lastimaba la mejilla. Apretado
con manos y rodillas contra el contrapiso me sacaron el cinto y ataron mis
manos a la espalda. Los golpes arreciaron de todos lados, levantándome de los
pelos un rostro se me puso delante y dijo:
―“Cantá
“Bigote”, ¿Dónde están las armas? No mientas sabemos que tenés armas aquí”.
Pensé en el
embute del patio donde había escondido a instancia de mi mujer un 22 corto que
nos había regalado mi suegra y era más viejo que la escarapela. Pero la “Negra”
decía que era comprometedor tenerlo dentro de la casa. Fue solo un instante
porque un nuevo golpe me partió el labio. El gusto a sangre inundó mi boca, me
escuché decir:
―No tengo
armas, señor.
Se oyó una
nueva voz, era de un canoso vestido de saco sport que con una mano en el
bolsillo de pantalón, dijo:
―No te hagas
pegar "al pedo” “Bigote”, cantá y no te va a pasar nada.
Mientras tanto
la patota registraba todo. La “Negra” sentada en la cama tenia a nuestro hijo
de apenas un año en el regazo, consolándolo para que no llorara. Mientras lo
hacía le corría un hilo de sangre por la comisura de la boca, también a ella le
pegaron. El de campera de cuero que había preguntado por las armas, se acercó
hacia la “Negra” y apoyando el caño de su arma en la cabeza de mi niño,
exclamo:
―Te pregunto de
nuevo “Bigote", ¿dónde están las armas?, te pregunto por última vez”.
Con un sollozo
de impotencia que me desgarraba las entrañas, contesté entre lágrimas:
― ¡No tengo
armas, no hay armas aquí!
Alguien grito
en el dormitorio,
― ¡Aquí esta,
ya lo tenemos!
Agitaba una
revista en la mano, era el ejemplar de “Evita Montonera” que había estado
leyendo antes de dormir, dejándola en la mesita de luz.
―Vamos― Dijo el
de campera de cuero, la "Negrita" alcanzó un “pullover”, la noche de
octubre era fresca y se dio cuenta que solo vestía una remera. Uno de ellos me colocó
el pullover en la cabeza atando las mangas alrededor del cuello, me sacaron a
empujones. Me subieron a la parte de atrás de un auto y partimos con rumbo
desconocido.
Parte 2 del
libro “El Chupadero de Malvinas” R. Horacio Monzón
R. Horacio
Monzón
Nació en Sabá
Z. Hernández. Nogoyá. Entre Ríos. Trabajador metalúrgico, militó en la Juventud
Trabajadora Peronista- Montoneros. Sobreviviente del Chupadero Malvinas hoy llamado Pozo de
Quilmes. Trabajador por cuenta propia
1977—1983. 1984 participa en la recuperación de la seccional de la UOM.
Quilmes, por Francisco “Barba” Gutiérrez.
En el año 1987 integra la cooperativa de trabajo Gral. Mosconi. Fábrica
recuperada por la UOM. Cofundador y primer presidente de FE.COO.TRA.
Federación de Cooperativas de Trabajo de
la prov. de Bs. As. 1988—2000. Monta un taller de chapa y pintura en 2001—2006.
En el 2007, Director de Memoria y Justicia en la sub secretaria de DD.HH. de
Quilmes
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